La Osa de Ándara 17. No estás bien de la cabeza #2
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17. No estás bien de la cabeza #2

—Será un momento. ¿Quién te dice que no pueda ser este el próximo escenario? En ese cartel pone que es la mejor iglesia románica de la comarca.

—A saber quién da esos títulos... Si quieres que busquemos el monte ese, deberíamos ir tirando, parece que sí que nos hemos alejado bastante.

—No tardo nada.

—Haz lo que quieras, yo paso. Te espero aquí.

Ignorando otra vez las prisas de Salva, flanqueé el templo hasta el acceso lateral entreabierto que quedaba bajo el pórtico.

Como si me estuviera esperando, una señora que quitaba el polvo de los bancos de la iglesia me miró sonriente sin sobresaltarse.

La saludé y, cuando ya hube entrado, le pregunté si podía pasar.

—Mañana hay entierro —dijo por respuesta.

—Vaya, lo siento. ¡Qué bonita es! —opiné con sinceridad.

La iglesia era hermosamente tosca. El olor a cerrado y a piedra húmeda contribuía a imprimirle autenticidad y misterio.

—Lo más interesante es el arco triunfal. —La mujer se me acercó y llamó mi atención sobre el arco que daba paso a la bóveda del altar. Un humilde crucificado presidía la piedra desnuda del ábside—. La decoración de los capiteles es muy original.

—¿Qué representan?

—Ese de ahí, la adoración de los Reyes Magos. Y en este otro, una especie de ritual.

—¿Un ritual?

—Sí, o eso dicen. Si se fija bien, verá que la figura del centro sostiene una bandeja y sobre ella un libro, ¿lo ve?

—Pero ¿qué significa? ¿Qué clase de ritual?

—Ah, eso habría que preguntárselo al cantero —concluyó irónica.

—¿Y viene mucha gente a ver esta iglesia?

—No mucha, no, y en estas fechas menos. La iglesia no se abre más que cuando hay misa y en estas ocasiones —explicó refiriéndose al sepelio que iba a celebrarse y retomando su tarea—. En verano hay más gente por aquí.

—Entiendo que también vendrán estudiantes y expertos en esto del románico, seguramente.

—Sí, a veces vienen. Hará un par de días vino un joven que pidió permiso para entrar y hacer fotos.

—Vaya, qué casualidad. ¿No le diría su nombre?

La mujer me miró entonces con gesto extrañado.

—No, no me lo dijo. ¿Por qué le interesa?

No me quedó más remedio que explicarle que era agente de la Guardia Civil y que estaba investigando la muerte de un estudiante canario en Liébana.

La mujer sabía de la noticia por los medios de comunicación, pero no alcanzaba a entender qué podía tener que ver con mi interés por la iglesia de su pueblo.

Salimos del templo y la acompañé en busca de otro vecino que también había coincidido con el joven y que entonces pasaba el rato sentado al sol con otros dos de su misma quinta, en un banco de una pequeña plaza.

Sin dejar de apuntarse y robarse la palabra el uno al otro, trataron de describir al hombre que dos días antes había pasado por Lafuente y fotografiado detalles del interior y, sobre todo, del exterior de la iglesia.

—Yo estaba aquí sentado, lo vi bajar al lavadero y cuando volvió venía con la cara y las manos mojadas —me detallaba el vecino, que debía de tener entre ochenta y noventa años, en tono punzante y despreocupado.

Los otros dos lo miraban con una sonrisa tan socarrona que me hacían dudar de la veracidad del testimonio.

—¿Llegó usted a hablar con él, caballero?

—Me quedé mirándolo así fijamente y él me dijo algo de la pila, ni me enteré bien. Entonces yo le dije: «¿No la habrás bebido?». —Se rio con ganas rememorando la escena; los amigos lo siguieron. La mujer de la iglesia, Teresa se llamaba, me miraba entre escéptica y avergonzada.

La cosa fue que el hombre no llegó a saber si había cometido la temeridad de ingerir el agua de la fuente, pero a juzgar por la cara de pasmo que, según él, puso, estaba convencido de que sí, que la bebió.

—Me preguntó si yo era del pueblo, fíjese la ocurrencia, a ver si no qué iba a hacer aquí —continuó explicando mi informante—. Y, después, que si sabía si se podía entrar en la iglesia.

Entonces, él mismo lo había guiado hasta casa de Teresa para que se la abriera y ambos lo acompañaron durante el rato que estuvo dentro.

No llegaron a preguntarle cómo se llamaba ni de dónde era, pero dieron por hecho, por el habla, que cántabro seguro que no.

Fue casi en lo único que se mostraron unánimes.

Por lo demás, ningún rasgo del desconocido se libró de la confrontación: moreno, según Teresa; él no se había fijado.

Alto, dijo ella; no tan alto, dijo él. Guapo, según la mujer; el hombre no le había visto la guapura.

«Un poco raro, quizá. Como muy formal», entendió Teresa.

«Sí, demasiado bien puesto. Me olió raro cuando empezó a hacer fotos de cosas sin importancia.

Y, ahora que lo pregunta, más raro me parece», sentenció el señor.

—¿No pensarán que fue él quien mató a ese joven que me decía? ¡Jesús! —me preguntó Teresa con más curiosidad que miedo.

—¡Ese no ha matado a nadie, mujer! Pierde cuidado —la tranquilizó su vecino.

—¿Qué sabrás tú? Si acabas de decir que no te gustó.

—¡Pero eso no! Quita, quita... Ese no tenía cara de haber roto un plato.

—Lo más seguro es que no tenga nada que ver —la calmé—, pero estaría bien identificarlo para hablar con él, por descartar. Así que les voy a dejar mi teléfono directo —les tendí una tarjeta a cada uno—, y si vuelve por aquí o recuerdan algo más, me llaman de inmediato. ¿De acuerdo?

—Desde luego, descuide. ¡Jesús! —repitió ella lastimosa.

El hombre se quedó mirando la tarjeta y me preguntó con sorna que, si de recordar algo, podía escribirme mejor por guasá , poniendo mucho acento en la última «a» y haciendo un guiño a sus acompañantes.

Ya no supe si creerme lo que me habían contado o bajar a beber agua de la fuente para que terminaran de reírse de mí.

Le dije que como si quería escribirme por Instagram.

Cuando regresé al coche, el humor de Salva había trascendido de la impaciencia al cabreo.

—¿Qué estabas haciendo? ¿Adónde has ido con esa mujer?

—Ah, así que me has visto. ¿No has pensado que igual te necesitaba?

—Si me hubieras necesitado, habrías venido a buscarme. ¿Podemos irnos ya?

Retomamos en sentido contrario el camino que por error nos había llevado hasta Lamasón y, dándolo por bueno, le conté lo que había averiguado.

A Salva no le parecía más que una oportuna coincidencia.

Podía ser que no significara nada, pero no dejaba de resultarme extraño que, justo en esos días, un tipo se hubiera presentado en una iglesia remota de un pueblo perdido en la montaña para fotografiar detalles sin importancia. Se me ocurrió entonces una idea.

—¿Y si localizamos las iglesias más significativas de la zona y nos acercamos a preguntar si han visto a alguien merodeando y haciendo fotos? Podríamos instalar cámaras en las más importantes. ¿Qué te parece? —le propuse.

—Lo que me parece es que has abusado de Netflix durante la excedencia.

—Oye, estás un poquito insoportable hoy.

—Me has pedido mi opinión y te la he dado, pero haremos lo que tú digas y yo te apoyaré, como siempre, aunque no me cuentes lo que estás tramando.

—Salva, no te estoy ocultando nada.

—Ah, ¡que no, dice! Maca, estás muy rara. Te encierras en tu habitación sin dar señales para reunirte con el jefe, te vas a las montañas con la capitán y te llevas al último mono del equipo. Desde que hemos llegado vas por libre y no me cuentas nada.

—Pero ¿qué dices?

—Digo que solo te acuerdas de mí para que te acompañe en tus ideas peregrinas —me soltó.

—¿Cómo que voy por libre? ¿Cómo que ideas peregrinas? ¡Te estás pasando siete pueblos! Y deja de llamar a Lavalle capitán, ¡que es una tía!

—No hay quien te entienda, Maca, pero si no la puedes ver.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¿Qué es lo que hay en el monte ese que te interesa tanto? ¡Dime!

Dudé de si responderle con la verdad o inventarme cualquier cosa.

—Una senda mitológica. Hay una representación de la Osa de Ándara.

—¿La osa de qué? —Me miró atónito.

—La Osa de Ándara, Salva. Una criatura mitológica de la tradición cántabra. La que Mateo Cayón aseguró haber visto en Lebeña y de la que ayer nos hablaron unos pastores en los Picos —le expliqué como si fuera la cosa más lógica del mundo.

—¿En serio? ¡Tú no estás bien de la cabeza!

Creo que a él le dolió más que a mí el comentario.

Después de que lo dijera, se instauró en el interior del coche un silencio pastoso que persistió el tiempo que tardamos en regresar a Potes.

Tras la discusión, ya no me apetecía recorrer el monte Hozarco en búsqueda de la Osa, o al menos no con él.

Terminé con dolor de cuello de forzarlo para no encontrarme con su mirada.

La idea de compartir los aproximadamente tres kilómetros de subidas y bajadas que suponían adentrarse en la senda no era el mejor plan para compartirlo con un amigo que acaba de escupirte a la cara lo que piensa de ti: como poco, que eres una inepta que no está haciendo bien su trabajo, o que directamente estás chalada.

Lo que no me había dicho aquella noche en la que vio cómo encañoné al mierda de Dávila tras el numerito de la Fanta, me lo dijo entonces.