17. No estás bien de la cabeza
No estás bien de la cabeza
En la elaboración del perfil preliminar del individuo al que buscábamos trabajaba la subteniente Castro y nos apoyaba una subinspectora de la Policía Nacional; el último en conectarse a la reunión fue mi jefe.
A Castro la conocía sobradamente; a la poli no tenía el gusto.
Me sorprendió para bien ese alarde de colaboración tan rápida entre cuerpos y, sobre todo, que mi superior la hubiera respaldado, reticente como era a abrirse a la ayuda ajena, sobre todo cuando esta venía de la competencia.
Con lo poco que teníamos, habían comenzado ya a trazar una suerte de perfil del asesino.
Hablaban de una muy posible conexión entre ambos casos, cometidos probablemente por la misma persona, o por alguien de envergadura y fuerza similares.
Casi seguro hombre, teniendo en cuenta la violencia ejercida y que las dos víctimas también lo eran.
Me atreví a abrir el debate sobre la cuestión sexual, entendía que debíamos poner ese aspecto en cuarentena.
La conclusión de mis colegas, ambas también especialistas en perfilación criminal, fue que, de ser mujer, debía de ser fuerte y de proporciones generosas.
«Casi tan grande y fuerte como una osa», pensé yo.
Después, les hablé de los escenarios de los crímenes, ambos de carácter religioso, y de la leyenda de Lebeña sobre la historia de amor del conde y su esposa:
—Alfonso de Liébana era de ascendencia celta; ella, andaluza, añoraba el sol del sur, así que él le había plantado allí un olivo para aliviarle la tristeza.
—El mismo olivo, casi irreconocible como tal por su asalvajado aspecto, junto al que mi compañero y yo habíamos posado el día antes—.
El conde lo plantó allí junto a un tejo en representación de la historia de amor y de la cultura de ambos.
El cuento, que yo relataba embelesada, a mi jefe le estaba pareciendo una soberana gilipollez, a juzgar por la cara que le veía a través de la pantalla.
Mis compañeras lo oyeron con mayor interés, sabiendo también que en cualquier detalle podía esconderse la clave que nos permitiera aproximarnos a las motivaciones y a las decisiones del objetivo.
Todos, incluido el teniente coronel, apostábamos por que nos encontrábamos casi seguro ante la obra de un mismo ejecutor.
—No hemos localizado por el momento ningún otro caso que podamos relacionar con estos.
Dando por bueno que Miloslav Lovrić fue la primera víctima y Yeray Santana la segunda, de forma aún muy preliminar, e insisto en lo de preliminar , podríamos estar hablando de un asesino en serie en fase inicial o al comienzo de la etapa intermedia —argumentaba la subteniente Castro—, predominantemente organizado y que está perfeccionando su modus operandi .
—Eso significa que podemos esperar una nueva víctima y en un plazo menor, ¿me equivoco? —auguré yo.
—Aunque todo es muy prematuro, las pocas pistas que nos ha dejado hasta ahora apuntan por desgracia a una suerte de plan —apoyó la policía—.
El ocho en números romanos pintado en la piedra nos tiene un poco descolocadas.
No hay nada que indique que esta es su octava víctima, eso no encaja en absoluto; debe tener necesariamente otro significado.
—De eso quería hablaros. Ayer fotografiamos una marca similar en Áliva. Os enviaré las fotos por mail, pero os adelanto que es un seis.
—¿Un seis? ¿No vieron esa marca en su momento?
—Quizá la pasaron por alto o no le prestaron atención. Era muy pequeña y estaba retirada de donde apareció el cuerpo.
—Muy bien, tenemos otro acertijo para entretenernos, pero ¿cuándo creéis que volverá a actuar? —preguntó exigente mi jefe.
—Lo siento, no hay una respuesta precisa a esa pregunta. No existe una regla fija, lo mismo en un mes que en un año.
—¿No podéis afinar un poco? —insistía él disconforme.
—Teniendo en cuenta que entre las dos primeras víctimas corrieron tres meses, me atrevería a decir que en un mes aumenta la probabilidad de que aparezca una tercera —aventuró Castro.
La hipótesis de Castro se alineaba con lo que dicen los manuales en cuanto a los períodos de actividad y de enfriamiento de los asesinos en serie, en la teoría.
Como teoría, no podía discutirse. Sin embargo, siempre he confiado más en las escenas que deja y en las prácticas que muestra el individuo, pues me resultan más informativas que las estadísticas, que a la postre se basan en las circunstancias, comportamientos y perfiles de los sujetos que han sido capturados y que no contemplan las de sus homólogos sin identificar.
—Otro aspecto al que debemos prestar atención es al perfil victimológico —dije tomando el relevo—. Tenemos dos estudiantes foráneos: uno pintor; el segundo, escultor. Y ambos atacados y abandonados junto a iglesias. Es decir, los lugares que elige también encierran un componente estético.
—Ese interés por cuidar la forma es habitual en los asesinos en serie —apuntó la subinspectora.
—Tanto o más que el hecho de que presenten algún tipo de psicopatía o pasado truculento. Pero aquí parece ir más allá.
—¿Qué quieres decir? —me preguntó mi jefe.
—Me refiero a algún tipo de vinculación con el ámbito artístico. Esos chavales no eran famosos. Quien sea que lo esté haciendo, no anda muy lejos de ese círculo.
—Pero ¿por qué? ¿Qué gana haciendo esto?
—Aún no tengo esas respuestas, jefe. Pero las tendré.
Fui sincera, no tenía qué responder a sus preguntas, en las que yo también sabía que podía estar la clave para acorralarlo.
Al final, se trataba de indagar en su psicología, en su modus operandi y, sobre todo, en su firma: sus hábitos, sus patrones y la expresión de sus fantasías.
De que fuéramos capaces de leer todo eso, de entender el relato que capítulo a capítulo nos estaba dejando, dependería nuestro éxito en su captura.
En el rato siguiente buceé en internet buscando más información acerca de la osa de la que primero Mateo Cayón, después Mansilla y, por último, los pastores de Áliva nos habían hablado.
Tenía poco tiempo hasta la reunión que había fijado con mi equipo, pero encontré algo que alteró mis planes.
Resultaba que podía verse una representación del teriomorfo, de ese ser medio bestia medio humano, en una ruta mitológica situada unos kilómetros desfiladero arriba.
Parecía el lugar perfecto para hacerme una idea de la imagen que Mateo Cayón tenía formada de la Osa de Ándara y, con suerte, entender qué fue lo que pudo relacionar con esa osa de la persona que vio salir con prisas del entorno de la iglesia de Santa María de Lebeña.
Sin dudarlo, llamé a Salva para posponer la reunión con el equipo y pedirle que me acompañara a la senda. Una vez que logré dar con él, en el cuarto o quinto intento de llamada, le expliqué que íbamos a visitar un lugar que se había mencionado en la videoconferencia, lo cual no era cierto.
Tras hacerme esperar un buen rato en el que consiguió terminar de desesperarme, pasó a recogerme.
Volvimos a tomar la carretera que discurría por La Hermida hasta alcanzar una salida que nos adentró en el corazón del desfiladero.
Unos cuantos kilómetros después, la vista se abrió y las curvas se suavizaron, regalándonos imponentes panorámicas de prados abiertos y de los resquicios de una montaña que ya casi quedaba a nuestra altura.
Dejándonos llevar por la intuición, y por las conclusiones que extraía como podía del mapa que había dejado de actualizar nuestra posición por las idas y venidas de la red móvil, tuvimos que asumir que nos habíamos pasado el desvío al monte Hozarco.
—Date la vuelta, Salva. No estaba tan lejos.
—En cuanto pueda, no tengo espacio y no veo lo que puede venir de frente. Seguro que hay algún pueblo cercano para cambiar de sentido.
—Joder, ¿tú qué sabes dónde está el siguiente pueblo? Se nos va a ir la mañana —lamenté.
—¿Quieres conducir tú, Maca? —me dijo elevando el tono, como dejándome claro que le estaba tocando los cojones con las órdenes y la impaciencia.
Me obligué a cerrar la boca y, concentrada en el teléfono, traté de situarnos, resignada a que Salva ignorase mi premura.
Poco después detuvo el vehículo con seguridad valiéndose de un ensanchamiento al paso de la carretera por un municipio que, como había vaticinado, no tardamos en toparnos.
Cuando levanté la vista de la pantalla, sobresaltada por el frenazo algo brusco, me di de bruces con la fachada de una pequeña y perfecta iglesia románica.
—Espera, espera, quiero ver esto.
—¿Ya no tienes prisa? —preguntó con sorna.
Me apeé del coche ignorando las quejas de mi compañero, que no se bajó y me miraba desde el interior como dándome por imposible.
Las dos veces que me volví a buscar su complicidad para que me acompañase, obtuve sendos gestos de su mano derecha invitándome a regresar.
Lejos de hacerle caso, abrí la pequeña verja del vallado que rodeaba la iglesia para verla de cerca.
La puerta principal, con arco de medio punto, subsistía bajo una alta espadaña que albergaba dos campanas.
A través de los huecos de las dos troneras podían verse el cielo y las nubes, que se desplazaban rápidas.
Según el cartel explicativo, la iglesia de Santa Juliana de Lafuente era el mejor exponente románico de toda la comarca Saja-Nansa y había sido restaurada tras el incendio que sufrió durante la guerra civil española.
En otro panel se contextualizaba el municipio de Lamasón como lugar de paso hacia Liébana; un esquema representaba la ruta peregrina hasta su última etapa en el monasterio de Santo Toribio.
Volví al coche para hacerme con mi teléfono con la intención de fotografiarlos.
—¿No me acompañas? Hay una puerta abierta en el lateral. Voy a echar un vistazo.
—Maca, ¿pretendes encontrar algo aquí o es que ahora estamos de turismo?