La Osa de Ándara «El puerto de Ancares»
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«El puerto de Ancares»

El puerto de Ancares

Al tercer día amaneció solo en el refugio. Estaba seguro de que los ladridos no habían sido imaginaciones suyas; casi podía todavía saborear el café. Pero, más allá de en su recuerdo, no había rastro de pelos del animal sobre sus ropas ni indicio alguno de haber tenido compañía.

Descendió del altillo para comprobar las marcas que había grabado cada mañana sobre uno de los listones que hacían de suelo del catre y de techo del banco de madera.

Junto a la erre, las tres rayas que atesoraban las jornadas que llevaba de retiro.

Dos de los tres bocadillos yacían duros y mohosos sobre la mesa de madera y una de las botellas de agua aún intacta. Se sentía cansado y desorientado.

Emprendió la senda por la que tres días atrás había llegado hasta alcanzar de nuevo el puerto de Ancares, todavía parcialmente cubierto de blanco, y descendió por el arcén despejado por las quitanieves.

Tras más de cuatro horas de caminata aliviada por las pendientes, llegó exhausto al restaurante donde había quedado con el guardia.

Era un restaurante humilde, anexo a una posada rural que quedaba a pie de carretera.

En el interior del local, una señora menuda de expresión agradable atendía la barra y un grupo de tres hombres veía despreocupado la televisión; comentaban los deportes.

Pidió un café y un bocadillo y se dejó reconfortar por la cercanía de las voces y el olor a comida casera.

Dos de los tres hombres que formaban la tertulia abandonaron el local y el tercero, demasiado joven aún para el bastón con el que se ayudaba para caminar, salió del bar y se apostó solo en una de las mesas de la terraza.

Al poco, oyó que llegaba un coche del que se apearon al menos dos personas que le preguntaron al señor del bastón si allí se servía comida.

Cuando estos entraron en el bar, los reconoció de inmediato como guardias civiles.

Sí, eran dos, ambos con marcado acento andaluz.

El mayor rondaría los cuarenta y algo; el compañero era notablemente más joven.

Se sentaron en una mesa próxima a la que él ocupaba y hablaron con la mujer que regentaba la barra acerca de la posibilidad de alojarse ahí mismo si no encontraban nada más cerca del destino al que se dirigían.

No tuvo ninguna duda del motivo que los había llevado allí.

El de mayor edad de la pareja se le quedó mirando y se dirigió a él:

—¿Qué hay, amigo? ¿Es usted de la zona?

—Del otro lado del puerto —reconoció.

—¿De paso?

— A un traballo —zanjó en gallego. Justo al tiempo que vio el todoterreno del guardia, que llegaba a su encuentro.

Se despidió tímidamente, dejó el cambio de propina y se esfumó para siempre de Ancares.