La Osa de Ándara 16. Áliva #2
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16. Áliva #2

Fue en ese momento, a mil seiscientos metros de altura, con la vista nublada y un intenso pitido en los oídos, cuando dudé de mí hasta el punto de darme miedo.

Dejé de ver lo que tenía a medio metro, pero vi la película de aquella maldita noche con inédita nitidez.

Dávila provocándome, sacando lo peor de mí con sus bromas de mierda y las risas cómplices de quienes se hacían llamar compañeros; Dávila apresurándose en llegar a la máquina de bebidas antes que yo.

Yo, allí arriba, sintiendo la misma falta de aire que entonces.

Dávila sacando la última Fanta de limón.

Lavalle metiendo el dedo en la herida de la familia de la víctima.

El chasquido de aquella lata al abrirse liberando el gas.

Dávila, que no tenía ni puta idea de hasta qué punto yo estaba al borde del colapso.

Mis ganas de hostiarlo. Macarena perdiendo los papeles.

Macarena desenfundando la pistola. Macarena estampándola contra su cabeza.

—¡Ya estoy con ustedes, mi capitán, brigada!

—La voz de Millán anunciando que nos alcanzaba y tendiéndome una botella de agua fue como un bálsamo que me hizo regresar.

Como si en el cabo se hubiera personificado la mismísima patrona protectora de la Benemérita para salvarnos a la capitana y a mí de mí misma, su presencia me hizo recobrar la compostura y la conciencia.

Millán siguió caminando unos metros por delante de nosotras. Su cuerpo, a diferencia del mío, que era preso de una fatiga que me devoraba, parecía fluir en el inhóspito medio.

Cuando al fin logré recuperar la calma, me esforcé en retomar la conversación con Lavalle, como si no acabara de fantasear con volarle los sesos.

—¿Indagasteis quién se alojó en el hotel la noche que mataron a Milo Lovrić?

—Nos facilitaron la lista de huéspedes. Hay pocas habitaciones y pudimos hablar con todos. Los montañeros que encontraron el cuerpo por la mañana habían dormido en el refugio, pero durante la noche nadie había visto nada.

El ruido ensordecedor del helicóptero irrumpió mientras inspeccionábamos el punto en el que habían encontrado el cuerpo del belga, en una pequeña hondonada del terreno a unos doscientos metros de la ermita.

Tal y como Lavalle había mantenido desde el principio, ver aquello no nos decía mucho.

Dos por dos metros de suelo que podían ser casi como cualquiera de los seiscientos kilómetros cuadrados de macizo.

Cuando estaba maldiciendo mi suerte y la ocurrencia de haber despilfarrado tiempo y recursos en la expedición, llamó mi atención una suerte de pintada sobre uno de los pilares que soportaban el murete y la verja que rodeaba la capilla.

Lavalle y Millán ya estaban señalizando el aterrizaje a los pilotos.

Los guardias del GREIM descendieron de la aeronave y se sumaron al grupo.

—Todo aquello es el macizo de Ándara. —Uno de los especialistas nos llamó la atención sobre la panorámica que ofrecía el enclave.

Me resultaba fascinante su dominio de la montaña, podía distinguir cada pico y cada collado del perfil.

Cada irregularidad de aquel terreno tenía un nombre común y otro propio, y esos tipos los conocían todos.

—¿Ahí es donde vive la Osa? —preguntó Millán bromista.

—Los osos suelen estar en cotas más bajas —respondió—. Diez minutos y nos vamos —apremió.

Lavalle, Millán y yo nos apartamos para terminar de examinar el terreno.

—Acompáñame un momento, Millán.

El cabo me siguió hasta el punto donde había visto la pintada. De cerca, pude distinguir el motivo: una «v» y una «i» mayúsculas tan pequeñas que casi pasaban inadvertidas. Vi con claridad el número pintado en la piedra.

—Es un seis. Fotografíalo. No le digas nada a Lavalle.

—A tus órdenes —acató formalmente, sin disimular que no le agradaba ocultar información a nuestra superiora.

—No es por nada, es solo que quiero asegurarme —me excusé, aunque la verdad era que no me apetecía compartir nada con ella ese día.

Él obedeció y me guardó el secreto.

—Oye, ¿qué es eso de la Osa que has dicho antes? —le pregunté a continuación. Había hilado su comentario con el testimonio de Mateo Cayón.

—Los dos con los que acabo de hablar en el bar del hotel eran pastores de cabras.

Por lo visto, las suben aquí a pastar en verano y ahora las bajan para el invierno.

Dicen que antiguamente vivían en cuevas y pasaban meses sin pisar sus casas, se dedicaban a cuidar al ganado y a hacer queso.

Los domingos, con suerte, alguien de la familia subía a traerles comida.

—¿Y de lo nuestro? Porque les has preguntado, ¿verdad?

—Que a ver si eso no fue cosa de la Osa de Ándara. ¿Te parece importante?

Lavalle, que ya estaba a nuestra altura, se entrometió:

—No hagas caso, cabo, creo que te han tomado el pelo. La Osa de Ándara es un ser mitológico.

—Mateo Cayón, el de Lebeña, nos dijo que la noche antes de encontrar el cuerpo de Yeray Santana había visto a la misma osa o, al menos, la llamó igual —le discutí.

—Macarena, la Osa de Ándara no existe, es una leyenda. Y, si algún día existió, no creo que siga viva —concluyó ella acomodándose en el helicóptero para regresar.

Sugerí que nos dejaran en El Cable para hacer la bajada en el teleférico.

Lavalle aceptó a regañadientes y Millán, encantado.

Compartimos cabina con otros tres senderistas: una pareja joven con aspecto de nórdicos —que nos miraban con la típica sonrisa de quien no entiende ni una palabra— y otro hombre solo que sí era español, con un sutil acento gallego y sumamente atractivo.

Este se presentó y conversó con nosotros durante los pocos minutos que estuvimos a bordo del aparato.

Al final, abstraída en la charla con él, casi no reparé en la vista desde la cabina.

—¿No nos hemos cruzado antes con ese hombre? Me suena su cara —me dijo Millán una vez que nos hubimos bajado del teleférico.

—Ni idea, igual lo has visto arriba.

—Diría que es de otra cosa; lo habré confundido con otra persona.

Cuando llegamos al coche y retomé la cobertura, después de asegurarme de que no tuviera ninguna llamada perdida que indicase tragedia, les puse un mensaje a todos para decirles que podían disfrutar de lo que quedaba de festivo y tomarse el resto del día libre.

Entre cómo se había complicado la tarde previa en Santander y la imprevista excursión de la mañana, aún no había revisado el informe que el equipo de Lavalle había preparado sobre el contenido del móvil de Yeray Santana.

Además, había quedado en reunirme por videoconferencia al día siguiente a primera hora con mi jefe y las especialistas que ya trabajaban en el perfil del individuo al que buscábamos; tarea a la que tenía que sumarme.

De modo que decidí recluirme en la habitación del hotel para despachar esos asuntos y preparar la reunión.

Comencé centrándome en ampliar la documentación sobre el lugar en el que habían matado al artista canario, la iglesia de Santa María de Lebeña.

Tras visitar el macizo y el entorno de la pequeña capilla de Áliva, la curiosidad que ya me había producido el enclave no había hecho más que acrecentarse.

Después, me ocupé del informe del contenido del teléfono de Yeray.

Lo más significativo era que el joven había abandonado sin explicaciones un grupo de WhatsApp que integraban otros artistas.

Se habían localizado algunos chats privados en los que le preguntaban por las razones de su salida del foro, a lo que él respondía con argumentos como que la hipocresía no iba con él.

Anoté los nombres por los que tenía guardados esos números de teléfono para localizarlos y buscar posibles coincidencias en la lista de contactos que María Hueso nos había facilitado.

Todo me resultaba susceptible de esconder algo concluyente, pero nada que por el momento tuviera la fuerza suficiente como para guiar nuestros pasos en una dirección clara.

Llevábamos seis días en Cantabria y aún no teníamos ningún sospechoso.

Por no tener, no teníamos ni líneas de investigación; y lo más parecido a un testigo achacaba el crimen a un ser fabuloso.