La Osa de Ándara 16. Áliva
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16. Áliva

Áliva

Un helicóptero iba a recogernos a las ocho de la mañana en el parquin de Fuente Dé para subirnos a Áliva.

Lavalle me escribió un mensaje a las seis para decirme que pasaba a buscarme; a punto estuve de decirle que había cambiado de opinión.

Esa noche apenas había dormido y unas extrañas pesadillas me habían atormentado durante la madrugada.

Como si hubiera presentido que al día siguiente iba a subir al macizo, había soñado con la montaña.

Las montañas, esas que desde que había llegado a Liébana veía por todas partes, mirara donde mirase, se habían convertido en mis sueños en una cárcel de roca.

Descalza, con los pies y las manos ensangrentados, escalaba exhausta la ladera, desesperada por alcanzar una figura sin rostro que me llamaba desde la cima.

Pero la cima se hacía más alta a medida que ascendía y, cuando creía que iba a lograrlo, caía. Una vez, dos, tres, sin éxito.

Leí el mensaje sobresaltada y resolví responderle que nos veíamos directamente en el punto de encuentro.

Con evidente desagrado encajó la capitana verme aparecer con el cabo Millán, lo cual me importó muy poco.

Sabía que a Millán le hacía ilusión, y la ilusión era algo tan difícil de encontrar en el gremio como escasas las ocasiones para premiarla.

Así que decidí darle el gusto y, de paso, comenzar el día contradiciendo las preferencias y deseos de mi superiora, que, tras la primera reacción, hizo un notable esfuerzo por disimular el disgusto.

Millán, por su parte, me agradecía el gesto sin esconder su entusiasmo.

—No me importaría a mí tener un destino de estos. No me malinterpretes, estoy muy a gusto en la unidad, pero es que esto es alucinante —me iba diciendo el cabo mientras ascendíamos en paralelo a la pared vertical del gran circo glaciar.

Desde la aeronave podíamos distinguir a un reducido grupo de excursionistas madrugadores en el interior de una de las dos cabinas del teleférico, que salvaba en minutos los más de setecientos metros de desnivel del muro de piedra.

El motivo de la movilización esa mañana del helicóptero era acompañar a una unidad del grupo de rescate en montaña durante una ruta de reconocimiento del macizo central.

Era 12 de octubre, día de nuestra patrona, pero también era el día grande del municipio de Camaleño, razón por la que muchos excursionistas se animaban a recorrer las rutas de altura, lo que recomendaba no bajar la guardia.

Nosotros, que no estábamos para fiestas, nos sumamos para que yo pudiera satisfacer la necesidad de ver de cerca el lugar en el que había aparecido en julio el cuerpo del belga Milo Lovrić.

Si aquel crimen y el que nos acontecía eran efectivamente obra del mismo asesino, explorar los lugares en los que este había actuado era crucial para indagar en sus motivaciones y descifrar su modus operandi .

De no haberme interesado tanto subir allí, con gusto hubiera mandado de paseo a Lavalle esa mañana.

Verle la cara a la capitana cruel era lo último que me apetecía, por lo que traté de evitar la conversación con ella y me entregué a la charla con los pilotos y los especialistas, que ejercían de anfitriones y nos iban dando detalle de cuanto sobrevolábamos:

—Desde aquí a los Puertos de Áliva hay unos cuatro kilómetros —explicaba uno de ellos mientras rebasábamos El Cable, el final del trayecto del teleférico—. Habéis tenido suerte porque hoy apenas hay nubes.

—Esta es la forma más fácil de acceder a Áliva. Muchos suben por aquí el día de la Fiesta de la Salud en julio, pero tradicionalmente se sube a pie —sumaba Lavalle hilando con el caso, en lo que me parecía un evidente esfuerzo por congraciarse conmigo.

La ermita de la Santuca de Áliva se situaba en el macizo central, el de los Urrieles, el más extenso y con las mayores alturas de los Picos de Europa, que abarcan territorio asturiano, leonés y cántabro; las tres regiones confluyen en el Pico Tesorero.

La inmensidad de piedra caliza que la naturaleza desplegaba ante nuestros ojos me resultaba muy angustiosa.

Un terreno que debía de volverse intratable al quedar cubierto de nieve.

Entonces, el tiempo aún era suave y no eran pocos los montañeros que recorrían alguna de las rutas.

El piloto se detuvo sobre un par de ellos que llamaron su atención para asegurarse de que estuvieran bien. Pulgares arriba, les hicieron un gesto de okey y prosiguieron.

—La mayoría de los montañeros sabe lo que hace, pero cada vez hay más gente que viene aquí sin saber muy bien dónde se mete —nos explicó—.

La montaña puede ser muy traicionera y los Picos son los Picos.

Ese de ahí es Torrecerredo, Asturias, es el más alto.

Y ahora os vamos a enseñar el verdadero símbolo del macizo: el Picu Urriellu.

—El Naranjo de Bulnes —apuntó Lavalle—. En días claros se ve desde San Vicente.

—¿Y esas construcciones, mi teniente? —preguntó Millán al oficial del GREIM que se sentaba junto a él.

—Refugios de montaña. ¿Os apetece desayunar?

—Estará de broma —supuse.

—Nada de bromas, compañera. Hay un refugio que funciona como hotel en temporada, aún está abierto y tiene restaurante; queda cerca de vuestro destino. Os dejamos ahí y os recogemos en hora y media en la ermita, os gustará.

El hotel refugio era, durante el período de apertura, centro neurálgico de la actividad en los prados de Áliva, en las faldas de Peña Vieja, el pico más alto de Cantabria. Allí no se alojaban exclusivamente alpinistas, sino también turistas y montañeros ocasionales en busca de retiro.

—Muchos huéspedes se limitan a quedarse por aquí, disfrutando de los alrededores. Se van satisfechos si consiguen fotografiar una manada de rebecos —bromeaba el director del hotel, que nos atendió.

Nosotros y otros dos hombres que tomaban café en la barra, que parecían autóctonos, éramos los únicos en el bar. Le pedí a Millán que se acercara y les sacara conversación.

—Vamos tirando, ve al encuentro —le propuse cuando Lavalle anunció que debíamos salir ya. Teníamos una caminata de unos tres kilómetros hasta la ermita de la Santuca.

—¿Estás segura? Lo último que necesitamos es que se pierda aquí —dudó la capitana.

—No se preocupe, ahora pido que me guíen —respondió el cabo haciendo un guiño a los lugareños con los que charlaba.

Las charlas con el paisanaje no suelen ser una pérdida de tiempo, por eso la provoqué.

—No te demores mucho y ve con cuidado —le pedí.

Lavalle y yo enfilamos la pista que trazaba entre los prados el camino desde el refugio hasta nuestro destino.

No tardamos en intuir a lo lejos la capilla de piedra que resguardaba durante el verano a la patrona de Camaleño.

Entonces ya no estaba allí, hacía pocos días que había sido trasladada a su morada invernal en el pueblo de Pembes, antes de que aquello se convirtiera en un mar de nieve.

—A la Virgen la traen a finales de mayo, cuando suben al ganado de los pueblos del valle. Se supone que lo protege mientras está aquí arriba —me iba explicando la capitana muy amable, no sé si por darme información o más bien para tratar de distender la tirantez entre ambas.

La oía sin más respuestas por mi parte que movimientos de cabeza y casi inaudibles interjecciones.

Me costaba mantener la conversación, primero por la falta de interés, y después por la falta de oxígeno.

Era la primera vez que subía a un lugar tan radicalmente alto e inhóspito que, lejos de resultarme liberador, me provocaba bastante claustrofobia.

Solo me aportaba algo de tranquilidad saber que el helicóptero no andaba lejos, porque la sensación era de estar aislada y sin salida.

La ausencia de cualquier atisbo de conexión con el mundo que quedaba casi dos kilómetros por debajo era angustiosa; podría estar ocurriendo cualquier cosa en ese tiempo en el que yo era ajena a la realidad.

No podía evitar agobiarme por lo que pudiera encontrarme cuando regresara al mundo civilizado, el mismo del que esa noche había tratado de escapar trepando a los confines en los que ahora me encontraba, aturdida por la altura y el aire viciado.

Tampoco lograba sacarme de la cabeza el comportamiento de Lavalle en la víspera; seguía teniendo las mismas ganas de hostiarla que me había provocado la noche antes.

Los ojos de la madre de Yeray recibiendo sus golpes dialécticos como estacazos me martilleaban el cerebro.

Y, entre eso, el mal de altura y mi prolífica actividad mental cuando de torturarme se trataba, caminando unos metros por detrás de la capitana, comenzó a invadirme la paranoia.

Como si aquel cóctel de circunstancias estuviera despertando instintos sociópatas en mí.

Fue cuando Lavalle se agachó que aprecié la silueta de su arma bajo la ropa.

Como por instinto palpé la mía. «¿Y si ahora sacara la pistola y la posara en su cabeza?

». No sé a qué vino eso. Puede que fueran las ganas de hacerle pagar por su ruin actuación; o quizá la reacción a destiempo desmedida por mi falta de valor para rebelarme ante ella, habiendo demostrado, por el contrario, una absoluta tibieza cómplice.

No sé a qué vino, pero vino. «¿Y si incluso se la volara?

, ¿qué probabilidad habría de que pudieran probar que he sido yo?

¿Qué opciones tengo de encontrar a quien mató aquí hace tres meses a Milo Lovrić?

¿Y si en verdad solo soy una sociópata buscando un lugar en el que comportarme como tal? ».

Una concatenación de pensamientos ilógicos que terminó por hacerme sentir al unísono insegura, incapacitada e imbécil por haber promovido esa excursión. Y que otra vez me hacía perder el control. De nuevo el vil comportamiento ajeno me poseía y hacía aflorar mi peor versión.