La Osa de Ándara «El niño»
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«El niño»

El niño

Al niño le gustaban los barcos de piratas. No había forma de hacerle entender que los piratas que usaban los barcos que él fabricaba no eran como los de las películas, ni siquiera como los piratas más malos de estas; eran mucho peores.

—Pero ¿por qué son malos? ¿Matan a la gente? —le preguntaba el niño.

—A veces, sí, matan a la gente. Y se la llevan a lugares horribles sin que se den cuenta, los llevan allí con mentiras y ya no pueden volver.

—¿Y por qué no pueden volver? ¿No conocen el camino?

—Porque los dejan sin fuerzas para el viaje, les quitan la energía. Por eso tienes que buscarte otro oficio. Ser pirata no te conviene.

Entonces, el niño decía que sería conductor de barcos. Roque le insistía en que no, que nada de eso, si acaso marinero, pescador, pero nada de conducir barcos.

—Ni se te ocurra repetir eso, que yo no vuelva a oírte hablar de conducir barcos.

—Pero ¿por qué? ¿También son malos los conductores de barcos?

El niño no entendía nada.

—Los piratas, a veces, también se llevan a lugares horribles a los conductores de barcos, ¿sabes? Es mejor que te busques un trabajo que no tenga nada que ver con los barcos.

—Pero tú trabajas haciendo barcos, Roque.

—Por eso mismo, sé lo que te digo. Tú mejor estudia para maestro, o hazte barrendero, lo que sea, pero nada de barcos, ¿me oyes? Los barcos no son un buen negocio, créeme.

—Pero es que a mí me gustan los barcos, Roque. Me gusta este sitio lleno de piezas de barcos.

El niño guardaba en un armario de la nave en la que él trabajaba su pañuelo y su parche de pirata para que su madre no los viera.

A veces, usaba el mismo armario como escondite, se metía allí, se quedaba dormido y Roque tenía que devolverlo en brazos a su casa.

Algunas mañanas, cuando Roque llegaba a la nave, oía ruidos, buscaba el origen de esos sonidos que eran como golpes, sin saber de dónde provenían.

Una de esas mañanas, cuando entró en la nave aún de noche, Roque oyó uno de esos ruidos, un golpe, después otro, y estuvo seguro de que había alguien dentro.

Dio las luces y agarró un palo que le sirviera para defenderse.

Le pareció que los golpes salían del armario.

Cuando abrió de un tirón la puerta metálica, vio al niño abrazado a sí mismo y temblando de frío dentro del mueble.

Roque nunca supo si se quedó allí encerrado por descuido o si había sido adrede, ni cuántas veces lo había hecho antes. Lo obligó a prometerle que no volvería a ocurrir.

—Es muy peligroso, ¿me oyes? ¡Puedes morirte aquí!

En una pared de la nave escribieron el juramento pirata. El niño lo firmó, Roque lo firmó.

Varias semanas estuvo Roque revisando el armario al final de su jornada antes de marcharse a su casa, hasta que se convenció de que el niño cumpliría el juramento. Y dejó de hacerlo.