La Osa de Ándara 14. Madres #2
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14. Madres #2

La virgen que presidía el altar, una virgen lactante, había sido también objeto de la actividad delictiva; robada y ocho años después recuperada por la Guardia Civil.

Una sonrisa de orgullo hacia el Cuerpo se dibujó al unísono en el rostro de los dos guardias que éramos.

El regreso de la Virgen debió de suponer un enorme consuelo para los vecinos, que habían visto como poco antes se venía abajo el tejo que era seña de identidad de Lebeña.

La Virgen estaba allí, y el tejo había vuelto en forma de esqueje del mismo árbol que un vecino trataba de recuperar.

La guía nos habló también del olivo, que había sido traído hasta Liébana desde al-Ándalus para complacer a doña Justa, la esposa del conde Alfonso.

Salimos entusiasmados de la visita, tanto me gustó que casi me olvidé del motivo por el que estaba allí.

Eso sí, sin nada que pudiera hilar con lo que nos apremiaba: encontrar alguna pista que explicara el hecho de que la iglesia prerrománica de Santa María de Lebeña se hubiera convertido en el escenario de la muerte violenta de Yeray Santana.

Una vez fuera, bajo el olivo, que era junto conmigo lo más andaluz del lugar, Salva y yo nos hicimos un selfie .

—Esta de recuerdo del primer asesino en serie que vamos a coger, Maca —me dijo mi compañero al oído, posando bajo el árbol.

Había recibido dos llamadas del juez Mora mientras visitábamos el templo y tenía varias perdidas de Lavalle; a Salva lo había llamado María Hueso.

Mi compañero me informó de que la mujer le había enviado por mail una lista de personas que tenían contacto con el escultor, las fotografías de las dos piezas que Yeray había vendido en la muestra y los nombres de los compradores de las obras.

Le pedí que le pasara la información a Millán para que Mansilla y él buscaran cualquier cosa que chirriara.

En cuanto a las llamadas del juez y de la capitana, como intuí que esta me llamaba por lo mismo que el primero, preferí enterarme por ella de lo que fuera.

Como consecuencia del encargo del juez, Lavalle y yo nos veíamos obligadas a cambiar los planes y desplazarnos esa tarde hasta el Anatómico.

Le pedí a Salva que me acompañara, pero se excusó y me pidió permiso para tomarse el resto del día libre con la idea de ocuparse de unos asuntos personales.

Aunque no me hizo puñetera gracia ni entendía qué asuntos eran esos que iba a atender en la distancia, le dije que sí, que no se preocupara, sin poder ocultar la decepción que me suponía que me dejase sola y que no me diera más detalles de cuáles eran esos asuntos, ni en ese momento ni las veces que lo llamé después con pretextos varios.

La excusa de Salva me obligó a enfrentar con una extraña una de las situaciones que más había temido durante los meses que había estado de baja forzosa.

Afrontar según qué tragos, especialmente aquellos para los que se necesita entereza, era una de las funciones de mi puesto para las que todavía no me sentía preparada.

El motivo por el que el juez me había llamado, y que Lavalle me transmitió, era que el instructor había autorizado la entrega del cuerpo de Yeray Santana a la familia e iba a ser trasladado esa misma tarde a Tenerife.

La situación que se detonó después y la capitana Laura Lavalle fueron las que me dieron una lección que nunca olvidaría, para mal.

Cuando llegamos a Santander, los padres y la hermana de Yeray llevaban varias horas aguardando a que se cerraran los trámites del traslado del cuerpo por vía aérea.

Sabía que enfrentarme a ellos no iba a ser agradable.

La madre soportaba la espera con una media sonrisa que reconocí de inmediato como su expresión natural.

Hay personas que tienen los ojos tristes aun cuando ríen y otras, era el caso, que ni en las peores circunstancias alcanzan a transmitir desagrado.

Lo malo de eso es cuando quien se te pone enfrente lo detecta como un punto débil y aprovecha para hacerse fuerte en tu debilidad.

Que fue justo lo que hizo con ella Laura Lavalle.

No sabía entonces de dónde ni por qué salió la inquina que la capitana vomitó sobre la familia de Yeray Santana, a pesar de la colaboración que mostraban para las circunstancias.

Rotos de dolor, parecían aceptar la muerte violenta de Yeray estoicamente, como quien está acostumbrado a recibir golpes.

Había sido yo quien había comenzado con las preguntas.

Aunque no era el momento más adecuado, necesitábamos hablar con ellos antes de que se marcharan.

Traté de mostrarme prudente y comprensiva, de no preguntar más de lo estrictamente necesario, centrándome en la hermana, que era quien estaba algo más al tanto de cómo pasaba Yeray los días, dado que lo había visitado en un par de ocasiones y había conocido a algunos de sus amigos en la Península.

Pero ellos, los padres, era la primera vez que visitaban Cantabria y no estaban muy al tanto de la vida que hacía allí su hijo, ni tampoco de su actividad artística.

Nada dijeron, en todo caso, que justificase las inquisitivas preguntas que tuvieron que soportar de boca de mi compañera, y menos sus juicios por la falta de información.

«¿Cómo es posible que no tengan respuesta a ninguna de nuestras preguntas?

¿Es que no tienen ni la menor idea de con quién se relacionaba?

... ¿No mantenían contacto habitual con él?

... Me cuesta entender que no estuvieran al tanto de sus problemas, de si había habido algún enfrentamiento con alguien...

Ahora pretenderán que nosotros hagamos nuestro trabajo, pero si la familia no colabora...

Les estamos preguntando por su hijo, no por el vecino de arriba...

». Y otras preguntas y deliberaciones en la línea ante las que yo no acerté más que a guardar silencio para que aquello acabase cuanto antes.

Como si no fueran ellos los primeros interesados en que se arrojara luz, como si no fueran víctimas colaterales; también víctimas.

Había visto más veces de las que me gustaría a compañeros comportarse como verdaderos hijos de puta, pero nunca me había sentido cómplice de una situación tan injusta con quienes habían sufrido la peor bofetada que te puede dar la vida.

Era una mujer jugando con ventaja contra otra mujer, para más saña.

Yo también era madre y, aunque no fuera la mejor, podía ponerme en su lugar.

Lamenté profundamente haberlo permitido.

Aquel jueves iba a terminar para mí con el mismo runrún que había comenzado leyendo el periódico: madres llorando a hijos desaparecidos, muertos; obligadas a aceptar una verdad antinatura y a seguir viviendo.

Y madres revictimizadas al ser juzgadas por quienes se supone que deben ponerse de su lado cuando les han arrancado el sentido de sus vidas.

Tuve que esforzarme esa noche para evitar que mis hijos notaran que las lágrimas me caían a borbotones mientras hablaba por teléfono con ellos.

En lo único que pude encontrar algo de consuelo fue en la determinación de que iba a llevar ante la justicia al responsable de la muerte de Yeray Santana.