La Osa de Ándara 14. Madres
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14. Madres

Madres

La noche había caído totalmente cerrada cuando llegamos a Potes.

Habíamos hecho una parada para cenar algo rápido a mitad de camino y, cuando al fin estuvimos en la villa, nos fuimos a dormir.

El hotel quedaba a solo unos metros del puesto, por lo que casi no fuimos conscientes de dónde estábamos.

En mi caso, lo de irme a dormir fue contrariada después de la conversación con mi ex, que me llamó para interesarse por cuándo iba a regresar a Madrid, ya que los niños —a quienes les tocaba conmigo— seguían con sus padres, que era lo que supuestamente le preocupaba.

—Pues si no vas a poder ocuparte de ellos, dímelo cuanto antes para que yo me organice.

Con Mario sí que no me molestaba ya en contenerme. Sabía que, tras su aparente intranquilidad por cualquier persona que no fuera él mismo, siempre había alguna otra razón que le inquietaba más.

—Si tienes que hacer algún plan, hazlo. Ya me las apañaré yo con los niños si tus padres no pueden hacerse cargo. —Fue lo último que le dije antes de despedirme.

Al final, me metí en la cama decidida a pedirles a los míos el favor de que se fueran unos días a mi casa a cuidar de sus nietos.

Sintiéndome fatal por la conversación, por lo que había quedado de nuestra relación, por los años que teníamos por delante de llamadas acusatorias y porque, en el fondo, no podía evitar sentirme mal por lo mismo que me estaba recriminando.

Lo peor no era lo que él pensara, sino lo que pensaba yo misma.

Potes era la capital y centro neurálgico de la comarca de Liébana.

Lo recordaba animado y concurrido de las ocasiones en que hacía ya bastante lo había visitado.

Pero en ese jueves de octubre, y a la hora a la que amanecí, era fácil trasladarse a la Edad Media deambulando por aquel fuerte de piedra.

Me calcé las zapatillas y vagué sin rumbo por las sombrías y empedradas calles húmedas.

Hacía frío. Me adentré unos metros en el paseo que discurría paralelo al río.

Después, me acerqué hasta la torre que era santo y seña del lugar, Mario y yo teníamos una foto delante de ella en la que nos mirábamos —aún lo hacíamos entonces—, como si el mundo sobrara a nuestro alrededor.

Regresé a la habitación y repetí el ritual de la mañana anterior.

Me sumergí bajo el chorro de la ducha hirviendo; cuando salí del baño, casi había terminado de amanecer.

Desde la ventana de mi habitación, que ocupaba la última planta del hotel, podía ver los Picos de Europa.

Se tornaban de un sutil sepia al alba, iluminados por los primeros rayos del día que convertían el paisaje en un claroscuro en cuya sombra me hallaba.

Había algo en aquellas montañas que me atraía y me inquietaba al mismo tiempo.

Volví a salir en busca de algún sitio donde tomarme el primer y único café que tenía pensado permitirme.

Me acomodé en la mesa de una terraza que quedaba frente a la estación de autobuses.

El sol, aún discreto, empezaba a entibiar la mañana.

En el grupo de WhatsApp dejé un mensaje al resto para que fueran a mi encuentro y el encargo de que avisaran a Mansilla, y me enfrenté temerosa a la prensa digital del día.

Albergaba la esperanza de que, si salía algo del caso, al menos no hubiera trascendido demasiado.

O, mejor, de que hubiera alguna noticia gorda que lo eclipsara: una moción de censura, un gran narcotraficante detenido...

Cualquiera de esos bombazos más o menos recientes me hubiera venido muy bien para que no se hablara de mis asuntos.

Era la absolución por prescripción en el primer juicio de un caso por bebés robados que se celebraba en España lo que copaba las portadas.

Recibí un mensaje de mi jefe informándome de que iba a solicitar comenzar a trabajar en el perfil del posible asesino en serie.

Me rogaba prudencia. Prudencia pero eficacia, haz sin que se note, investigarlo pero no.

Cómo se hacía eso. Suerte que llegaron mis compañeros para devolverme a la realidad de la que estaba levitando presa de mis pensamientos, casi tan abstractos como las horrendas esculturas de Yeray Santana.

Desayunamos y nos pusimos en marcha. El plan para la mañana: hacernos fuertes en un rincón con suficiente intimidad en el puesto de Potes para poner en común las averiguaciones del día anterior y repartir las tareas de la jornada.

Salva y yo volveríamos a Lebeña, quería ver el interior de la iglesia.

A Mansilla y Millán iba a tocarles meter las narices en las vidas de las víctimas en busca de conexiones que hasta entonces se nos hubieran escapado. Tenía que haberlas.

En el puesto nos recibieron con tratamiento de estrellas.

Tanto que llegué a arrepentirme de la idea de habernos trasladado allí.

Me tranquilizó comprobar que a puerta cerrada de esa habitación no salía ni medio decibelio; aquellos muros de piedra hacían de la sala un búnker.

Pedí todas las copias de la llave y me encargué de que quedase claro que allí no se entraba ni para limpiar.

Otra filtración era lo último que necesitábamos.

—Y bien, ¿cómo fue en la universidad? —pregunté a Millán y a Mansilla, que habían estado en la facultad hablando con los compañeros y profesores de Yeray Santana.

—Poco que rascar —resumió el cabo—. Han llenado las paredes de fotos del escultor y han colocado una suerte de altar con velas, flores y mensajes raros.

Hablamos con el decano y con el director del máster que iba a cursar este año.

Con la del que cursó el año pasado no pudimos hablar porque ya no está en la universidad, se rumorea que la han despedido.

La verdad es que la sensación que tuvimos fue de que ni le ponían cara a Yeray Santana antes de este episodio.

Esos cargos, ya se sabe, a veces son más burocráticos que otra cosa.

Todos lo conocen de vista, pero no parece que fuera muy activo en cuanto a la vida en el campus.

—¿En el campus? ¿Tú estudiaste en Harvard o qué? —No pude evitar provocarlo. Me hacía gracia ese tono interesante que empleaba para dar cuenta de sus gestiones.

—Yo, en la Complutense —respondió un tanto avergonzado.

—Era una broma mala, perdona. No me lo tengas en cuenta.

—Según nos dijeron, no pasaba demasiado tiempo allí. Iba a clases, porque ahora es obligatorio, pero estaba muy centrado en la producción artística —añadió.

—La presidenta de la asociación de artistas nos dijo que frecuentaba a menudo sus instalaciones, varias veces por semana. Por lo que se ve, pasaba bastante tiempo en Comillas —apuntó Salva.

—Quedó en facilitarnos la lista de contactos y las fotos de las dos obras que Santana vendió en la exposición de la iglesia. ¿Te ha llamado? —pregunté yo.

La conversación se interrumpió y todos nos giramos ante unos insistentes golpes en la puerta de la sala, tras la que hizo aparición estelar una irreconocible Laura Lavalle.

La capitana, que lucía un aspecto radiante esa mañana, maquillada y peinada con esmero, entró con cara de victoria.

Mansilla, que hasta entonces había permanecido mudo, se levantó para saludarla como mandan los cánones del Cuerpo. Los demás no pudimos evitar reírnos.

—Capitana, me alegro de verte. No te esperaba por aquí tan temprano. Toma asiento, por favor, acabamos de empezar.

—Seguid por donde ibais, no quiero interrumpir, aunque traigo noticias.

—Pues dispara.

—La hermana de Yeray Santana conocía el patrón de desbloqueo del teléfono, así que cuando quieras nos podemos poner con eso.

—¿Confías en tu gente para la tarea?

—Sí. Bueno..., supongo que sí, claro.

—Confiamos, entonces. Que vayan tirando, nosotros no podemos con todo. ¿Tendremos pronto un informe con lo que tengan?

—Cuenta con ello.

—Bien. Debemos centrarnos en resolver el caso de Yeray Santana con lo que tenemos de Yeray Santana, pero no podemos olvidarnos del croata.

—Belga —me corrigió Lavalle—; el croata es el padre.

—Perdona, belga. No es ninguna novedad que ambos casos pueden ser obra del mismo indeseable.

—O sea, que reconocemos que estamos buscando a un asesino en serie —quiso confirmar Mansilla.

Todos lo recriminaron con la mirada.

—No seáis bien puestos, hacedme el favor —los reprendí—.

Mansilla tiene razón, hemos de ser conscientes de lo que tenemos entre manos y esa es la principal hipótesis que barajamos.

Una cosa es evitar filtraciones y otra que no llamemos a las cosas por su nombre.

Oídme bien, estamos más que preparados para esto.

Y es lo que quiero que busquéis. Os vais a quedar aquí estrujándoos el cerebro y buscando cualquier nuevo detalle que apoye la conexión entre ambos casos, por peregrino que pueda parecer. Soler y yo vamos a volver a la iglesia.

Salva y yo pusimos rumbo a Santa María de Lebeña para visitar el interior del templo.

La iglesia se había reabierto tras retirarse la tarde anterior el cordón policial.

Con más o menos afluencia de público, mantenía horario de apertura durante todo el año; entonces éramos nosotros los únicos visitantes.

Pagamos la simbólica entrada religiosamente, que es como se pagan las cosas en una iglesia, y durante unos veinte minutos disfrutamos de la visita guiada.

Nos hablaron de su estilo arquitectónico: prerrománico, tradicionalmente vinculado al llamado arte mozárabe; de los pilares con columnas adosadas y de otras soluciones constructivas que después serían habituales en el románico.

Inmersos como estábamos en una investigación con tanta connotación artística, prestábamos especial atención a esos pormenores.