13. Abstractismo orgánico
Abstractismo orgánico
La asociación de artistas cántabros no podía presumir de sede.
En un acto de inocencia, los había imaginado situados en el ático de un edificio histórico en plena ruta modernista mirando al mar, en uno de los palacios que confluyen en el parque Güell o en la propia universidad.
Pero no. Cantabria no era Ámsterdam, seguramente aquella asociación sufría las penurias habituales en esos colectivos y se las veía y deseaba para hacerse con recursos.
Se conformaban con una nave en un polígono industrial de las afueras, adonde fuimos directos siguiendo el GPS sin pasar por el centro.
Allí nos esperaba su presidenta, que, amable, restó importancia al retraso con el que llegábamos a la cita.
María Hueso, la presidenta de la asociación, tendría unos cincuenta años o algo más, calculé, mal disimulados por una estética alternativa y un corte de pelo asimétrico.
La acompañaban otros dos miembros de la agrupación, ambos ataviados con un anorak para protegerse del frío que hacía en las instalaciones.
La nave estaba repleta de obras de arte, unas sirviendo de decoración, otras a medio terminar.
O eso parecía, a saber. En una zona despejada en el centro del espacio se amontonaba un buen puñado de esculturas que estaban embalando cuando llegamos; las obras de la exposición de Lebeña, según nos explicó María Hueso.
Habían tenido que recogerlas a la carrera cuando les dieron permiso y se afanaban en clasificarlas y protegerlas para devolverlas a sus autores, a quienes nuestros compañeros de Cantabria no habían dejado acceder a la zona acordonada.
—En esas cajas están apartadas las de Yeray. No nos hemos atrevido a entregárselas a la familia hasta hablar con ustedes, aunque ya nos han llamado reclamándolas.
—Muy acertado. Nos gustaría verlas, pero antes háblenos de la asociación. ¿Cuáles son sus fines? ¿A qué se dedican? Le pido que disculpe nuestra ignorancia, no sabemos mucho de arte.
—Con que lo llame arte, ya nos sentimos congratulados, créame, la gente no suele valorar los movimientos artísticos actuales. ¿Sabe cuántas obras se vendieron en Lebeña?
—Dígamelo usted.
—Cuatro. Tanto trabajo y la mayoría de los expositores se fueron con las manos vacías.
—Y para uno que vendió algo... —apuntó uno de los chicos, que empaquetaba esculturas con la antena puesta en la conversación.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Salva.
—Dos de las cuatro obras que se vendieron fueron esculturas de Santana —explicó la presidenta—, pero no es de extrañar. Yeray era uno de los artistas más destacados del cartel, solía ser el que mejor escapaba siempre.
—¿Organizan este tipo de exposiciones con frecuencia? Yeray Santana había participado en otras muestras, entiendo por lo que dice.
—Somos bastante activos. Aquí hay todos los días movimiento.
Tenemos talleres, cursos, clases magistrales de artistas que nos visitan...
Fuera de aquí intentamos que haya al menos dos actividades cada mes.
El problema es que trasladar las obras no es tan fácil.
En cuanto a Yeray, desde que llegó a Cantabria y nos conoció estuvo muy vinculado a la asociación.
Era un chico muy participativo y también un artista muy generoso.
Daba clases como voluntario un día a la semana.
De esos cursos que nuestros artistas imparten de forma altruista es de donde proviene la mayor parte de nuestra financiación.
—¿No tienen fondos públicos?
—Tenemos cedido el uso de esta nave, aunque nosotros pagamos los suministros.
Los socios pueden utilizar las instalaciones libremente para trabajar sin coste alguno, e incluso almacenar aquí las obras durante algún tiempo.
No tenemos cuotas. Los artistas sobreviven a duras penas, como para cobrarles.
—¿Sin nada a cambio? —pregunté yo extrañada.
—El único compromiso que adquieren es ceder un pequeño porcentaje de todas las obras que se venden en las muestras, que oscila entre el diez y el veinte por ciento, según el precio de venta. Así vamos manteniendo esto como podemos.
—Vaya, qué bien pensado lo tienen todo —opiné sincera—. Ha dicho que Yeray Santana vendió dos esculturas en la exposición de Lebeña. ¿Por casualidad tienen un registro de los compradores?
—¡Guau!, nunca se me habría ocurrido pensar en eso —respondió ella asombrada.
—Ni a mí tallar una zanahoria con cola —resolví, aludiendo a la hortaliza de piedra que los otros dos metían en una caja en la que figuraba el nombre de María Hueso—.
Por eso usted es artista y nosotros, investigadores de homicidios —bromeé.
Ella rio la ocurrencia—. ¿Tienen los nombres de los compradores, entonces?
—No siempre. Solemos pedirlos para seguir el rastro a las obras e invitarlos a nuestros eventos, pero hay gente que se muestra reticente a dar sus datos, así que no insistimos. En todo caso, eso lo gestiona la secretaria de la asociación. Puedo preguntarle a ella.
—Pues se lo agradeceremos mucho. —Salva le tendió una tarjeta—. ¿Mantenía usted una relación cercana con Yeray Santana? ¿Sabe si tenía problemas con alguien?
—Yeray llegó a la asociación a los pocos días de estar en Cantabria, hace algo más de un año. Vino con una compañera de universidad que era socia nuestra. No le digo que nos viéramos a diario, pero sí cada pocos días. Era un chico estupendo y estaba muy bien integrado en el círculo de artistas.
—¿Y la chica que lo trajo?, ¿ya no es socia? —retomé el testigo.
—Lina. Estuvieron juntos un tiempo, nada serio, pero ella se fue de España.
Vive en los Países Bajos desde hace unos meses.
Ayer hablé con ella, trabaja en una galería y le va bastante bien allí.
La llamé para contarle lo de Yeray. Si quieren les puedo facilitar también su contacto, aunque me dijo que hacía más de un mes que no hablaba con él.
Hacerle más preguntas a María Hueso habría conferido al encuentro casi apariencia de interrogatorio, así que le pedimos que hiciera una lista de todas las personas con las que supiera que el escultor tenía contacto más o menos estrecho y que anotara cualquier otro detalle que le pareciera importante o llamara su atención.
Además, nos interesaba mantener la cordialidad con ella.
A poco que la noticia sobre la posible conexión entre los dos casos tomara fuerza públicamente, podríamos preguntarle si también conocía a Milo Lovrić.
Antes de marcharnos vimos las esculturas que Yeray Santana no había vendido en la muestra. De las dos que vendió, María Hueso nos mostró unas fotos que tenía en su móvil y que también quedó en enviarnos. Eran todas obras en la línea de las que habíamos visto en su casa.
—Abstractas orgánicas. Un trabajo interesante —apuntó Salva, como si supiera de lo que hablaba.
Tuve que hacer un esfuerzo para no descojonarme.
A Salva la presidenta de la asociación no le había causado muy buena impresión.
Toda esa cantinela de la solidaridad con los artistas y el altruismo le olía mal, según me dijo en cuanto emprendimos camino.
Estaba convencido de que en ese círculo debían de existir rencillas, enfrentamientos manifiestos, que esa mujer tenía que conocer necesariamente y de los que no nos había hablado.
Y, para él, si Yeray Santana era de los más reconocidos, con seguridad sería también de los más odiados.
Lo cierto es que había un dato que no dejaba lugar a dudas: ambas víctimas eran artistas y, de entre todas las semejanzas que los dos crímenes presentaban, esa era la circunstancia común más extraordinaria.
Si quien fuera que lo hizo los eligió por su virtuosismo, muy difícil era que María Hueso no lo conociera.