«La huida»
La huida
Tres noches después del incendio que había reducido a cenizas la nave en la que había pasado cada día de los últimos años de su vida, el crepitar de las llamas volvió a romper la madrugada.
Tras tres noches de silencio y luto en los que se había sumido el pueblo después de la desgracia, los vecinos salieron a la calle, cada uno como había sido sorprendido: algunos descalzos, en pijama; otros, casi como Dios los trajo al mundo, cubiertos con mantas y cargando cubos de agua para tratar inútilmente de sofocar el fuego y la desdicha que asolaban la remota villa ancaresa.
Ardía la plaza del pueblo sobre un regusto a quemado latente que aún no se había disipado.
El aire caliente silbaba lamiendo las maderas de la barca a medio construir presa de las llamas.
Cuando él se escabulló aprovechando el tumulto y la confusión, la gente comenzaba a advertir que entre las llamaradas yacían dos cuerpos. Salió del pueblo presto con los primeros rayos del alba.
La nevada fue un contratiempo con el que no había contado tras la inusitada ola de calor primaveral de los días previos.
El manto blanco cubrió en pocas horas la montaña y los caminos que más o menos conocía quedaron desdibujados bajo sus pies.
Más por inercia o por puro instinto de supervivencia que por fruto de la orientación, alcanzó el puerto de Ancares a media tarde.
Ya en suelo leonés, se dirigió al refugio cercano que era su primera opción; pasó de largo al advertir el humo que emanaba la chimenea de la pequeña construcción ruinosa y vandalizada.
Continuó en dirección suroeste tratando de localizar la senda y rogando alcanzar la siguiente morada antes de que la noche se le echara del todo encima.
Después de unos dos kilómetros de caminata que, exhausto como iba, le resultaron eternos, y solo reconfortado por la vista del valle nevado al atardecer, alcanzó de nuevo el cordal montañoso y tomó otra senda ladera abajo hasta el pequeño edificio de piedra circular que iba a salvarle la vida.
Aunque no parecía haber rastro de presencia humana, empujó precavido la puerta y accedió temeroso al interior. Cuando se halló dentro, estuvo seguro de que no hacía mucho tiempo alguien había estado allí.
La misma caja de cerillas que ya había usado ese día y el calor residual que aún albergaba la leña dispuesta en la chimenea le sirvieron para obtener fuego en pocos minutos.
Se desprendió de los calcetines y de los pantalones calados de humedad y se enfundó la única muda que llevaba en la pequeña mochila, que reposó sobre una mesa hecha de tablones de madera sin patas y que se sostenía colgada de una cuerda de la techumbre.
Ya conocía ese lugar, lo inspeccionó y confirmó que estaba igual que lo recordaba de la vez que de pequeño pasó allí una noche de aventura con su amigo y los padres de ambos.
Se valió de la roída escalera de madera para comprobar que el altillo mantuviera la firmeza necesaria para soportar su peso y después vació todo el contenido de su mochila para hacer acopio de las provisiones que llevaba consigo, escasas para los tres días que debía subsistir hasta la fecha en la que se había citado con el guardia en Candín: dos botellas de agua, tres bocadillos, un paquete de caramelos y una cajetilla de tabaco.
Suficiente, calculó; y algo de dinero que de poco iba a servirle allí.
Reavivó el fuego para aumentar la temperatura y la luz en la estancia y se sentó sobre el banco de madera que completaba el mobiliario de la humilde morada.
Contemplando las llamas y a salvo, tomó conciencia de lo que había hecho. Se había convertido en una rata.
A más de mil setecientos metros de altura y en noche de luna nueva, solo necesitó dejar que sus pupilas se adaptaran para apreciar la silueta salvaje del desierto blanco que lo abrazaba. Alzó la mirada y esa noche de primavera pudo intuir la Vía Láctea. Deseó seguirla y llegar al final del camino.
Cuando abrió los ojos, no sabía qué hora era, pero había luz, ladraba un perro y olía a café. Se sobresaltó al advertir las vigas del techo del refugio a escasos centímetros de su cabeza.