La Osa de Ándara 12. Silencios
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12. Silencios

Silencios

Mi teléfono no había dejado de vibrar durante la reunión con el juez. Me apresuré a devolver las cinco llamadas perdidas que tenía de mi jefe.

—Lago, ¿cómo es posible que ya se haya filtrado que podemos tener un asesino en serie? ¡Esos cabrones se pasan el secreto de las actuaciones por los huevos! —La diplomacia no era una de sus virtudes.

—A la orden, mi teniente coronel, buenos días. Ya ve, aquí estamos igual de sorprendidos.

—No te hagas la sueca conmigo, a ver quién para ahora a esos buitres. ¿Y qué?, ¿tenéis algo ya?

Hacía tiempo que había aprendido a contenerme con él, además, ya sabía cómo solían evolucionar sus berrinches: superado el primer arreón, una vez que había soltado todo el repertorio de barbaridades y soportado el desahogo inicial, yo le relataba someramente los pasos que habíamos dado, sin entrar en mucho detalle, y le hacía cómplice de la estrategia que íbamos a seguir.

O, al menos, así era antes; antes de lo que pasó y de que él dejara de fiarse de mí.

—Me vas informando de todo, ¿oído? —dijo para mi suerte.

—Alto y claro, mi teniente coronel, cuente con ello. ¿Ordena alguna otra cosa?

—Si te hace falta algo, me lo dices. Por cierto, los abogados de la familia del belga están presionando en las altas esferas. No descartes que hayan sido los que han hecho saltar la liebre.

«Qué cabrón, haber empezado por ahí», pensé.

Cuando volvimos a Santander, nos fuimos al domicilio de Yeray Santana. Salva, Lavalle y yo tuvimos que esperar un buen rato a que apareciera el secretario judicial.

Mansilla y Millán seguían en la universidad hablando con profesores y compañeros.

La vivienda que el canario compartía con dos compañeras ocupaba la sexta planta de un edificio de apartamentos que quedaba cerca de la universidad y a menos de un kilómetro de la playa de El Sardinero.

Una de las chicas nos abrió en pijama, leyó sin interés la orden del juez y nos indicó que la habitación de Yeray era la del fondo.

Antes, revisamos el resto de la vivienda.

Era el típico piso de estudiantes en el que cada uno hace vida en sus aposentos, con pósits que recordaban el reparto de tareas en las zonas comunes.

Diez minutos nos bastaron para conocer el día que a Santana le tocaba hacer el salón y sacar la basura; dos bolsas esperaban en el lavadero mejor destino.

No pude evitar sentir una punzada de dolor imaginando a Yeray cargando con ellas.

Pedí a un agente de Criminalística que revisara el contenido de los residuos.

Yeray ocupaba el cuarto de mayor tamaño, lo que en casa de una familia sería la habitación conyugal, y lo que en la mía no se sabía ni qué era desde que mis hijos resolvieron que era su lugar preferido y decidieron invadirla.

La compañera de piso me explicó que era él quien llevaba más tiempo viviendo allí, por lo que cuando ella y la otra chica entraron a compartir la vivienda, Yeray ya se la había asignado.

Contaba con baño propio y una pequeña terraza.

Muebles, tenía los justos: la cama, una mesilla de noche con una lámpara y un armario de una sola puerta.

La mayor parte de la estancia la ocupaban una mesa de trabajo con un torno y varias repisas atiborradas de pellas de barro a medio hacer y numerosos útiles de esculpir.

Una última estantería, más ordenada, albergaba muchos libros de arte y carpetas con apuntes y bocetos.

Salva los examinaba e indicaba aquellos que le parecía oportuno fotografiar.

—¿Qué tipo de obras esculpía Yeray? —le pregunté a la compañera de piso.

—Abstractas orgánicas. Se inspiraba en la naturaleza y la reflejaba de forma indeterminada. Esta es una de las mejores que tiene —aseguró señalando una que representaba una especie de tronco de árbol con tentáculos.

—Pero ¿eso está terminado? —quiso constatar mi compañero.

—Sí que lo está. —La chica rio su ignorancia—. No la había llevado a la exposición por miedo a que se la copiaran, quería reproducirla a gran escala. El resto debe de estar allí, espero que no se pierdan.

—Conoces bien su obra. ¿Erais muy amigos? —le pregunté de nuevo.

—No nos ha dado tiempo a intimar demasiado, compartimos piso desde hace poco más de un mes.

—Fotografíala —le pedí al guardia.

Terminado el registro, volvimos a la comandancia y nos reunimos con Mansilla y Millán, que ya tenía resuelto el asunto del cambio de alojamiento. Les sugerí que se adelantaran, Salva y yo debíamos visitar en Comillas la sede de la asociación que había organizado la exposición en Lebeña.

—Mañana tendréis listo un despacho en el puesto de Potes a primera hora, os pilla a tiro del hotel.

Los compañeros de allí están encantados —me anunció Lavalle con cierta sorna—.

No esperes gran cosa, las instalaciones son modestas —añadió, por si no me había quedado claro que le parecía una inutilidad que nos trasladásemos a Liébana.

—Perfecto, gracias por la gestión —dije sin más.

—Yo no sé si podré ir, haré lo posible.

—No te preocupes, te mantendré informada.

Entre todos los casos que el sargento primero Salva Soler y yo habíamos enfrentado juntos, sumaban algo más de una docena de víctimas.

Cada uno de ellos había contribuido a reforzar el vínculo entre nosotros.

Era él, sobradamente, la persona con quien más malos momentos había compartido, y eso que en los últimos meses había experimentado bastantes.

Incluso la noche de marras, la de la Fanta de limón y la pistola, Salva estaba allí, a mi lado y de mi lado, a pesar de que hacía meses que apenas nos hablábamos, lo imprescindible.

Fui yo quien puso distancia cuando él comenzó a advertirme sobre mi matrimonio, a insinuar lo que yo no quería oír.

Aun así, se esforzó cuanto pudo en que los demás no me perdieran el respeto.

Y esa noche, cuando pasó lo que pasó y colapsé delante de todos, fue el único que no hizo sangre, el único que me sostuvo. Y eso, se quiera o no, une mucho.

Con todo, ninguno, ni juntos ni por separado, nos habíamos enfrentado antes a un asesino en serie.

Aquel trayecto entre Santander y Comillas, Salva al volante, yo a su lado, era el primer momento en que nos quedábamos a solas desde que habíamos pisado suelo cántabro.

Conducía callado; yo aprovechaba para resetear disfrutando de la ausencia de conversación que él sabía brindarme cuando la necesitaba.

Actuar como de costumbre, conforme al propio estilo, era seguramente la estrategia más acertada, aun cuando nos enfrentábamos a la más terrorífica de las novedades.

Al fin y al cabo, los seriales se resuelven como todos los crímenes que se resuelven: indagaciones, diligencias, indicios, interrogatorios, informes...

, conclusiones. Pero existe una gran diferencia entre un asesino en serie y cualquier otro sin capítulos, o, más bien, una enorme diferencia en cuanto al papel del investigador: la premura por evitar que vuelva a actuar.

Resolver un crimen aislado sirve para contribuir a que se haga justicia; encontrar a uno de estos sirve además para evitar más dolor, el de esos otros que podrían cruzarse con el mismo canalla y que no lo harán si llegamos a tiempo.

Conocía bien a mi compañero, sabía que le daba vueltas a lo mismo que rondaba mi cabeza.

Claro que en mi cabeza había algo más: la incertidumbre de si estaba preparada, no ya para este caso, sino para el que fuera; de que en cualquier momento alguna nimiedad pudiera volver a hacerme enloquecer.

De si incluso era seguro que se me permitiera ir por ahí armada. La duda de si de verdad yo era fiable.

Me esforcé en apartar esos pensamientos, eché mano del teléfono y llamé a mi jefe, con la esperanza de que, domada la fiera, se pudiera hablar con él.

—Mi teniente coronel, aquí Lago. ¿Le cojo en buen momento?

—Dime, ¿tienes novedades o necesitas algo? —No era una mala respuesta para venir de quien venía.

—Más bien, lo segundo. Puede que me esté adelantando, pero creo que tendríamos que empezar a tomarnos en serio la posibilidad de que los casos estén relacionados.

—¿Tú estás segura de que se trata de un serial, Macarena? Solo tenemos dos víctimas.

—Teorías discutibles aparte, prefiero pecar de precavida a que nos deje la tercera y nos saque de dudas.

—¿Qué propones?

—Al menos, contemplar la posibilidad. Ahora vamos a hablar con una gente que organizó una exposición en la iglesia en la que apareció el cuerpo de Yeray Santana, que es en lo que estamos centrados.

En paralelo, sería conveniente trabajar en un perfil, quizá incluso pensar en contar con algún colaborador.

—¿Quieres que encargue un perfil del asesino?

—En esencia, sí, creo que es necesario.

—Eres perfiladora, Lago, ¿no te bastas? ¿Tan perdidos estáis? —Ese era el tipo de comentarios que ya no deberían afectarme, su especialidad.

—Es una propuesta, mi teniente coronel. Lo dejo en sus manos, lo que ordene.

Colgó.

—¿En qué ha quedado? —preguntó Salva.

—En que mañana me dice algo. —Manipulé la respuesta de mi jefe para no minar la moral de mi compañero.

—Has hecho bien.