11. Filtración
Filtración
Descubrir que alguien se ha ido de la lengua minutos antes de encontrarte con el juez de instrucción no es el escenario soñado por Laura Lavalle, menos cuando la cita la lleva al lugar donde ha nacido, lo que siempre le revuelve los recuerdos y las emociones.
No puede evitar pensar que la fuente del chivatazo le es cercana, aunque no tiene idea de quién ha podido ser el responsable.
Salvando a un número muy reducido de sus subordinados, Lavalle cuenta con pocas personas de confianza en su círculo.
No es que su gente se haya ganado su reserva, sino que ella no ha logrado acercarse lo suficiente como para ser vista más que como una jefa distante y rígida. Y no deja de dolerle.
Unas pocas horas trabajando con Macarena Lago le han bastado para observar las diferencias entre ambas como líderes.
Un contraste que se percibe atendiendo a quienes la acompañan, que parecen disfrutar actuando convencidos a sus órdenes, solícitos y entregados pero libres para hablar, opinar e incluso contradecir a su jefa.
No puede evitar compararse con ella. Tampoco le extraña que incluso su incondicional guardia Mansilla se haya sentido atraído por el ambiente de camaradería que transmiten.
Lavalle acompaña contrariada a Macarena a los juzgados de San Vicente de la Barquera, donde han quedado con su señoría.
El juez encargado de la instrucción del caso de Yeray Santana lo es también de la investigación de la muerte de Milo Lovrić, si bien se ha incorporado a esta hace poco más de un mes, tras la reciente jubilación del que la inició en julio.
Su inquietud es evidente, tanto que la brigada le recuerda que no está obligada a acompañarla a ver a su señoría.
—Tengo la sensación de que te sientes responsable de la noticia. Igual me equivoco, pero es lo que parece —le dice a bocajarro Lago cuando inician la marcha.
—No es una noticia, las actuaciones son secretas; es una filtración. ¿A quién crees que van a responsabilizar?
—Con esa actitud a la defensiva solo pareces más culpable. Eso lo sabe hasta el delincuente más novato.
—Oye, ¿te importa si paro un momento en la farmacia a comprar una cosa y pasamos por mi casa? Serán cinco minutos, está aquí al lado —propone ignorando la observación.
Macarena la espera en el coche mientras hace ambas gestiones. Cuando regresa, Lavalle la ve ubicándose en el mapa.
Un rato después aparece ante sus ojos la villa marinera, con las cumbres nevadas de los Picos de Europa de fondo, en la que entran atravesando el puente medieval.
—Puedes pedir un deseo, pero solo se cumple si aguantas la respiración mientras lo cruzamos, son quinientos metros —dice Lavalle. Luego aprieta los labios y no vuelve a emitir palabra hasta haberlo rebasado.
—Sí que tienes capacidad pulmonar. Creo que el mío no se va a hacer realidad —se lamenta Macarena. Ríen.
—Yo nací aquí, ¿has estado antes?
—Un par de veces, hace ya tiempo.
—¿Por trabajo?
—Por trabajo, nunca. No sé ni dónde quedan los juzgados.
Las dependencias judiciales, que Lavalle sí conoce bien, se sitúan en un enclave privilegiado junto al Castillo del Rey. Propone subir al mirador, aún tienen unos quince minutos hasta la hora de la cita.
—No recordaba esta vista de los Picos de Europa desde aquí, parecen estar encima —aprecia Lago.
—Es que lo están. Los Picos lo dominan todo, el paisaje y puede que hasta el carácter. Yo me crie mirando esas montañas, no sabría decirte si me hacían sentir protegida o abrumada, pero se me hace impensable no tenerlas cerca.
En contra de lo que Lavalle esperaba, las recibe un hombre bienhumorado y servicial. Al juez Mora, impecablemente vestido, peinado, afeitado y perfumado, le calcula poco más de cuarenta años. No tarda Macarena ni cinco minutos en dirigirle una pregunta que nada tiene que ver con el caso:
—¿Es usted de Cádiz, señoría? —Después le explicará a Lavalle que lo supo por esa inconfundible cadencia musical en las interrogaciones.
—¿Tanto se nota? —le responde el juez aparentemente complacido por la pregunta.
Laura lamenta que a ella nunca se le ocurran recursos de ese tipo que le sirvan para romper el hielo y acercar posturas.
—Será que tengo el oído entrenado. Viví allí una buena temporada —explica Lago.
La conversación entre ellos es aún más fluida desde el momento en que conocen el dato mutuo, si bien la brigada se cuida de respetar las formas. Lavalle casi asiste de oyente.
Lago lo informa de los avances y aprovecha para recordarle que están a la espera de que autorice el análisis y vaciado del teléfono de la víctima.
Media hora después, las investigadoras saldrán de allí con esa firma, así como con la autorización para el registro de la vivienda que Yeray Santana compartía con otras dos estudiantes en Santander.
Algo menos agradable es el punto de la charla en el que tocan la información publicada por la prensa.
Para terminar, repasan las conclusiones del forense y lo ponen al día de los planes para las próximas jornadas, que incluyen desplazarse a Liébana para continuar desde allí con la investigación y visitar los Puertos de Áliva.
Es Macarena Lago quien hace todo eso.
—Lo que haga falta, brigada —apoya a Macarena su señoría—. Este asunto es absolutamente prioritario, tenemos dos muertes por esclarecer.