10. Montserrat Caballé
Montserrat Caballé
La actividad que había incorporado a mi rutina en los últimos meses como remedio para la ansiedad me ayudaba a ver el mundo como un lugar más soportable.
Es lo que tiene recorrerlo al amanecer, cuando la luz es tenue y el silencio se resiste al inevitable bullicio de la vida.
Aun así, había días en los que el simple ruido de mis pisadas se tornaba insoportable y mi solo caminar bastaba para engullirme.
Ajena a que era justo lo que iba a ocurrirme esa mañana, aún de noche cerrada, salí a correr.
Recorrí el paseo que bordeaba la bahía de Santander, junto a la dársena que abrigaba algunos barcos de recreo.
Continué siguiendo la línea que marcaba el mar hasta la península de la Magdalena y desde allí hasta el final de la playa del Sardinero, donde amanecí con el día sentada sobre la arena húmeda.
Una colosal alborada pintó de rojo las nubes que se reflejaban como en un espejo en el mar en calma y, con ella, una punzada de desasosiego se me alojó en el pecho.
Fue una sensación de inseguridad y de estar fuera de lugar como la que había sufrido en los meses previos, cuando me había atrevido a reír, cuando había bailado o cuando me había tomado unas cervezas.
Como si no mereciera sonreír ni presenciar aquel amanecer, hui de allí envuelta en la aurora y desorientada.
De vuelta en el hotel, me di una ducha larga y caliente y bajé a buscar algún sitio donde me pusieran lo último que se me recomendaba esa mañana: un café.
Llevaba mucho sin tomar uno, pero lo que me deparaba la jornada y el frío, que más que remitir se volvía más penetrante asomando el día, me hicieron sucumbir.
Simulando ser una persona funcional, me metí en el primer bar que vi levantando la persiana, haciendo como que no notaba la evidente molestia que le produjo al camarero, que no parecía esperar clientes tan madrugadores.
—Un café con leche, si es tan amable. ¿Tostadas tienen? —Al tiempo que hacía la pregunta, vi el paquete de pan de molde junto a la tostadora industrial—. O mejor, una magdalena —rectifiqué.
—Magdalenas no hay; sobaos y corbatas. —No sabía lo que era una corbata, cualquiera le preguntaba. Opté por el sobao.
Todo lo que tenía el camarero de poco hospitalario lo tenía el café de bueno.
Llamar nube a los dos dedos de leche que lo coronaban no sería hacerle justicia a la crema densa en la que casi no se hundía la cucharilla.
Era el café que merecía después de tanto tiempo entregada a las bebidas carentes de encanto de las que había sido esclava, que, eso sí, me mantenían a raya la retención de líquidos.
—¿Quiere la prensa? —me ofreció el hombre en un alarde de amabilidad.
Para no resultar desagradecida, evité decirle que a estas alturas cualquiera que quisiera leer la prensa la tenía a mano en su móvil y acepté el periódico.
Una foto del funeral de Montserrat Caballé ocupaba el centro de la portada de El Diario Cántabro .
Debajo de la noticia, otra imagen más pequeña del operativo de Lebeña en la que se me veía palmariamente junto a mis compañeros.
En las páginas interiores se ampliaba la información con sendas fotos de Yeray Santana y de Milo Lovrić, junto a una imagen recurso de uno de los edificios de la Universidad de Cantabria.
El titular: «La Guardia Civil investiga una posible conexión entre los crímenes de Lebeña y Áliva».
—Qué pena lo de la Caballé, qué gran voz tenía esa mujer —comentó el camarero.
—Sí, una pena. ¿Qué se debe? —Entonces era yo quien no tenía ganas de hablar.
Llegué la primera al edificio que albergaba las dependencias de la Guardia Civil de Cantabria, con tiempo antes de las ocho.
La cabo que atendía el servicio de puertas, con cara y humor de llevar toda la noche de guardia, me acompañó hasta el espacio que la capitana Lavalle había mandado habilitarnos; una sala libre de miradas y oídos indiscretos en la última planta.
De camino, me indicó dónde quedaban los baños, la cafetera y la fotocopiadora; y me ayudó a agenciarme un par de pizarras magnéticas y un paquete de rotuladores.
Para hacer tiempo me entretuve dibujando un esquema del caso de Lebeña.
Pocos minutos después, mis compañeros comenzaron a irrumpir en la sala.
Primero Mansilla, que ganaba vestido de calle; después, Salva con Millán.
La última en llegar, agitada y algo rezagada, fue Lavalle.
—¿Todo bien, brigada? ¿Te falta algo? —se interesó la capitana.
—Está perfecto, no te preocupes, creo que no os daremos mucha lata por aquí.
No había nadie más en la habitación, presidida por una bandera de España con una frase patriótica, probable ocurrencia de algún guardia implicado y que resultaba un forillo bastante anacrónico a mi espalda, a juzgar por las risitas de mis compañeros.
Tras recapitular lo que teníamos sobre el crimen de Yeray Santana, los puse al día de las conclusiones que nos había trasladado el forense.
—Millán, acércate y tráete la silla.
Lo senté ante mí para recrear la situación que dábamos por buena, actuando de alguien que a espaldas de la víctima le había propinado el corte mortal y después los dos golpes en la cabeza.
—Y eso ocurrió entre las nueve, que fue la hora a la que se marcharon los últimos expositores, y las once de la noche anterior. ¿Los hemos localizado? —Me incliné para preguntarle al cabo, que continuaba sentado ante mí.
—Ayer hablé con varios de ellos y con la presidenta de la asociación que organizó la muestra. Están a la espera de que vuelva a llamarlos para indicarles cuándo tienen que venir. ¿Puedo volver a mi sitio?
—Puedes, gracias. ¿Tiene sede esa asociación?
—La tiene, pero no está en Santander; está en Comillas.
—Bien, Soler y yo nos pasaremos a última hora, una vez que terminemos lo que tenemos que hacer aquí y antes de trasladar nuestra base a Liébana.
—¿Cómo que trasladarnos a Liébana? —preguntó Lavalle.
—No tiene sentido que nos alojemos aquí, a casi dos horas del sitio.
—Pero yo no me puedo ir a Liébana, Lago —protestó ella, que después de acceder a organizar la excursión a Áliva se estaba llevando otra sorpresa.
—Ni yo pretendo que lo hagas, aunque estás invitada, obviamente. Te tienes que desplazar igual, ¿qué más te da dónde estemos nosotros?
Aquel anuncio disgustó a la capitana. Se generó un conato de discusión entre nosotras delante de todos.
Los demás, callados, parecían descolocados entre la controversia y la aparente confianza con la que discutíamos.
No era habitual tampoco que un guardia local nos opusiera una resistencia tan abierta cuando nos hacíamos con las riendas de la investigación.
Ella no dejaba de ser mi superiora, pero el genio que se gastaba parecía más fruto del propio temperamento que del rango.
—Lavalle —me impuse, zanjando la cuestión—, mi equipo y yo nos vamos a Liébana. Estaremos encantados de tenerte con nosotros cuando tus obligaciones te lo permitan.
A quien sí parecía divertirle el número era a Mansilla, casi seguro poco acostumbrado a que nadie se atreviera a discutirle a su jefa.
—Y Mansilla —añadí—, si es posible, me gustaría que viniera con nosotros. ¿Mansilla?
—Yo lo que diga mi capitán, brigada, por mí no hay inconveniente.
—Bien. Millán, habla con Madrid a ver si pueden gestionarnos alojamiento allí. Llama a Ruz para que se encargue, y que avise también al puesto más cercano de que necesitaremos sus dependencias para trabajar.
—De eso puedo encargarme yo, si quieres —se ofreció la capitana rendida.
—Te lo agradeceré mucho. Al resto de tu gente no la necesitaremos, por el momento. Como sabemos que el asunto es complicado, vamos a contar con los imprescindibles.
No pretendía apartar a nadie, pero si ella misma tenía reticencias de que se hablara sobre la posible conexión entre los dos casos, no parecía buena idea ampliar el círculo de agentes implicados. Menos, con lo que había leído en el periódico.
—No es ningún secreto para vosotros por qué estamos aquí. Mansilla, estás dentro. Olvídate de todo lo que no sea esto y de los horarios de la unidad. Si te preguntan, nosotros hablamos de fútbol, de series y de lo que hicimos el domingo —le advertí.
Retomé el hilo escribiendo una fecha sobre la segunda pizarra, hasta entonces en blanco: «3 de julio, Picos de Europa». Le cedí el rotulador a la capitana. Lavalle se levantó y fue exponiendo mientras esquematizaba el resumen:
—Ermita de la Virgen de la Salud o Santuca de Áliva, Puertos de Áliva.
Está a mil seiscientos metros de altura, en pleno macizo de Ándara, uno de los tres que integran los Picos.
La Fiesta de la Salud se celebra cada dos de julio y congrega a gente de los pueblos del valle de Camaleño, sobre todo, y también de Asturias.
Abrió un mapa de la zona en su portátil, nos lo mostró para que nos ubicásemos y continuó con la explicación:
—Originariamente, subían a pie o a caballo, pero ya casi todos lo hacen en vehículos, aunque hasta el sitio no hay carreteras como tales, solo pistas.
La Fiesta de la Salud es de interés turístico desde los noventa, por lo que se unen forasteros, montañeros y amigos de las verbenas.
Aunque su origen es religioso, cada vez son más los que van por razones puramente ociosas.
—Fueron justo unos montañeros quienes encontraron el cuerpo a la mañana siguiente —apunté.
—Los primeros en llegar al aviso fueron compañeros de una unidad del GREIM, el grupo de montaña, con base en Asturias, que estaban por la zona de prácticas.
Al ser territorio cántabro, nuestros efectivos salieron desde aquí cuando ellos confirmaron lo que había.
Yo llegué más tarde, estaba de libre ese día, subí en helicóptero con el forense.
—Lo que ya sabemos es que lo mataron de una pedrada en la cabeza. No sabemos si la intención era cargárselo, pero sí que intentaron simular una muerte accidental —sumarié para ubicar a mi equipo—. Salva, ¿averiguaste algo de la víctima?
—Lo que me ha dado tiempo. Miloslav Lovrić, conocido como Milo Lovrić, veintiséis años, belga, de Bruselas, padre croata. Cursaba un doctorado en arte en su país y estaba aquí desde enero de estancia internacional en la Universidad de Cantabria.
—La había terminado y regresaba a Bélgica en dos semanas. No quería perderse la romería, estaba embelesado por el folclore español —explicó Lavalle—. Al parecer, era bastante conocido en su país en los círculos artísticos y había ganado varios premios.
—¿Estáis en contacto con la familia? —le pregunté de nuevo a Lavalle.
—El padre me llama cada semana para preguntarme si tenemos novedades. Vinieron cuando ocurrió y se llevaron el cuerpo. Han contratado abogados españoles, supongo que por eso se enteró tan rápido de la segunda muerte.
—¿Tenéis algún sospechoso?
—Me gustaría decirte otra cosa, pero no. A los que investigamos tenían coartada, nunca tuvimos nada muy firme. Los teléfonos tampoco dijeron mucho. El chico había usado el suyo por última vez casi veinte horas antes, debió de quedarse sin cobertura allí arriba.
—¿Y en redes sociales, capitán? Seguro que los asistentes a la fiesta grabaron vídeos e hicieron fotos que después publicaron —sugirió el cabo Millán.
—Se revisó todo lo que encontramos. De hecho, dimos con un par de vídeos en los que aparecía Milo. Fue eso lo que nos llevó a orientar los interrogatorios. Pero, como os digo, tenían coartadas.
—Entiendo, es que el sitio se las trae —reconocí—. Por eso vamos a ir, como hablamos ayer.
—No se te ha quitado la idea de la cabeza, por lo que veo.
—¿Vamos a subir ahí? ¡¿En helicóptero?! —celebró Millán.
—No nos queda otra. A los dos los mataron de una pedrada, y en el segundo caso no parecía necesaria. Y no, no se me ha quitado la idea. ¿No has visto El Diario Cántabro ? —Dirigí la pregunta a la capitana, que puso cara de no haberlo visto.
—Pero ¿por qué la pedrada en la cabeza si ya lo había degollado? —interrumpió Salva—. Y después está la marca de la piedra: el ocho en números romanos.
—Tenemos que averiguar qué significa el puto ocho... —dije más para mí que haciéndole a nadie el encargo.
—Se deshizo de ella fuera de la escena, vale, pero la dejó lo suficientemente cerca como para que la encontraran rápido.
—Lo suficientemente cerca de una conocida iglesia románica...
—Prerrománica, me he estado documentando —me apuntó Millán.
—¡Punto para el cabo! —celebré volviendo con ellos desde la dimensión de las divagaciones.
—No sé, dos jóvenes de fuera, los dos artistas, dos cabezas..., en fin, como estaban. Ojalá que no, pero esto pinta a lo que pinta, Maca —insistió Salva.
—Millán, mirad a ver si Mansilla y tú podéis veros hoy con los compañeros y profesores de universidad de Yeray Santana. Nosotras, capitana, deberíamos ir a ver al juez, si te parece oportuno.
—¡Lo que faltaba! —rumió Lavalle mirando la pantalla de su teléfono móvil.