La Osa de Ándara «El Perniano»
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«El Perniano»

El Perniano

Habían pasado tres meses, pero no podía quitarse de la cabeza el sonido del helicóptero aproximándose.

Tras más de diez años refugiado en aquel pueblo, había aprendido a distinguir las señales de cualquier cosa que pudiera ponerlo en riesgo, de la misma forma que había aprendido a sobrevivir sin alejarse del valle.

Un hombre no necesita tanto cuando ya no aspira a más que mantenerse en este mundo.

Y en aquel entorno bastaba con ser un vecino servicial, contar con buena salud y carecer de vicios o haberse librado de ellos.

Al verlo sobrevolar la ribera, supo que el helicóptero era el de la Guardia Civil.

Como no había perdido la costumbre de agazaparse bajo lo que tuviera más cerca cuando intuía el peligro, se escondió bajo el olivo de la iglesia, aunque la probabilidad de que alguien lo buscara a esas alturas era remota.

Una vez que el ruido de las hélices fue casi imperceptible, salió del cobijo del árbol y retomó su rutina.

Solía bajar la carretera hasta el río, lo que suponía caminar no más de dos kilómetros desde su casa, y muy mal tenía que dársele para que no se volviera con un par de truchas o con algún salmón.

Cuando a mediodía regresó al pueblo con las capturas de la jornada, se había corrido la noticia: un muerto en Camaleño, en Áliva decían, justo el día de la Salud.

Franqueó el corrillo sin detenerse, como acostumbraba siempre que se formaba una tertulia a cuenta de algún chisme.

De todas sus virtudes, pasar inadvertido era su especialidad.

Desde entonces, no había parado de darle vueltas.

Cada dos semanas, el Perniano aprovechaba que iba hasta Cabezón de Liébana a bajar las albarcas, tan típicas de Cantabria, para pescar también en el río Bullón.

Fue un albarquero de Lamedo quien le enseñó a fabricarlas poco después de que llegara al valle, con tal de que la tradición no se perdiera.

Las hacía con madera de haya a la manera de Liébana, con tarugos también de madera, en lugar de los tacos de goma que se usaban en otras zonas.

Algunas veces se las habían encargado con raquetas para la nieve, pero la mayoría ya iban a parar a turistas que las compraban como recuerdo y con los barajones tenían menos salida.

Ahora las preferían muy decoradas y, aunque él tenía buena mano para la talla, el dibujo nunca se le había dado bien.

Era su contacto en Cabezón de Liébana quien se encargaba de barnizarlas y darles salida en las tiendas en que aún se valoraba el trabajo artesano.

Otra cosa que también disfrutaba de estas visitas quincenales a su socio era entrar en la taberna que quedaba al final del pueblo, la más pegada a la bajada por la que solía entrar y salir del río, donde acostumbraban a reunirse los pescadores.

Aunque él no era mucho de hablar, le gustaba escuchar cómo contaban aventuras.

Para evitar que lo comprometieran con la conversación, abría El Diario Cántabro y, mientras pegaba la oreja a la tertulia, leía por encima las noticias.

Antes de pasar la primera hoja, vio la foto de la iglesia y el titular en la portada: «La Guardia Civil investiga una posible conexión entre los crímenes de Lebeña y Áliva».

Buscó la página en la que se ampliaba la noticia, ilustrada por los retratos de las víctimas y una fotografía del edificio universitario.