9. Polvo
Polvo
El asesino deja algo en el escenario. El asesino se lleva algo del escenario.
Acortar distancias con la capitana Lavalle no fue un recurso para ganarme su camaradería, necesitaba verlo con mis propios ojos.
Oler a lo que fuera que oliera allí arriba, sentir el frío, o el calor, o la humedad...
Daba igual que el sitio estuviera bajo tierra, bañado por agua o a mil y pico metros de altura, como era el caso.
—¡¿A Áliva?! Pero ¿tú sabes dónde está eso? ¡Si cuando apareció el cuerpo de Milo Lovrić nos tuvieron que subir en helicóptero! Además, tienes todos los informes, llevamos meses trabajando.
Lavalle persistió en su resistencia. Parecía como si prefiriese no encontrar lo que fuera antes que enfrentarse a la verdad.
—Está todo documentado y grabado en la base de datos, te lo prometo —bromeó en lo que me pareció un recurso para persuadirme cuando ya me bajaba de su coche.
Por ese comentario, la juzgué como el tipo de persona a la que las bromas no le quedan bien.
Pronto comprobaría ella que ni la maniobra ni la reticencia iban a servirle.
Cada uno recurre a lo que puede para lograr lo que quiere.
Pero lo que yo tenía que buscar no era polvo, ni pelos, ni pisadas.
Eran otro tipo de huellas, que difícilmente iba a encontrar en los informes que otro hubiera firmado.
Una vez que tomé los dominios de la habitación que me había correspondido, marqué el teléfono de mi suegra para hablar con mis hijos y conecté el manos libres.
Mientras hablaba con Mario, tratando de que percibiera toda la atención que no le estaba concediendo, volví a escribirle a Lavalle, esta vez en el papel de subordinada en busca de auxilio.
Mi capitana, organízalo, te lo ruego.
De fondo, podía oír a Olivia reclamando el teléfono, mi pobre enana. Podía imaginar a mi hijo levantando el brazo para impedir que la pequeña se lo arrebatara, valiéndose de los casi cuarenta centímetros que le sacaba entonces a su hermana.
—Mario, no la hagas enfadar, por favor. ¿Podrías ser más amable con ella? Pon el altavoz para que podamos hablar los tres.
Me caía fatal mi hijo cuando se comportaba como un tirano, cuando me recordaba tanto a su padre que a veces me costaba distinguir con quién hablaba. El abuelo, de la misma pasta, ya venido a menos, trataba sin éxito de instaurar la cordialidad.
Lavalle respondió:
Este asunto me da vértigo.
No insistí. Los gritos al otro lado comenzaron a evidenciar que la situación se estaba poniendo tensa.
Desconecté el manos libres para buscar la manera de imponerme.
A quinientos kilómetros, elevar la voz y endurecer el tono hubiera sido el camino más corto para resolver el conflicto.
Seguramente, habría recurrido a esos torpes recursos si mis hijos hubieran estado con mis padres y no con mis suegros.
Colgué. Fue lo mejor que se me ocurrió.
—Mamá, ¿se ha cortado?
—Sí, hijo, se ha cortado —mentí cuando volvió a llamarme.
Oí que me entró otro mensaje.
Terminé la comunicación con ellos oyendo los lloros de Olivia, que, cuando le tocó el turno, ya no quería hablar conmigo. Del disgusto, se le había olvidado lo que iba a contarme.
Mi suegra trató de quitarle hierro: que no me preocupara, que estaba todo bien, que no habían discutido en todo el día. Que si me había enterado de que había fallecido Montserrat Caballé. Que descansara.
Leí el mensaje de Lavalle:
Está bien, pero yo te acompaño.
Después de la llamada con mi familia, la energía no me dio ni para darle las gracias a la capitana. Me metí en la cama sin ducharme ni cenar. En la accidentada charla había dejado el poco brío que me quedaba.
Tocada.
Como quien se lleva algo de la escena; como quien deja algo en ella.