La Osa de Ándara 8. «Stairway to Heaven» #2
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8. «Stairway to Heaven» #2

Podía apreciar una estrecha franja que cruzaba el cuello por debajo del corte y en la que había varios espacios limpios de sangre. No quería aventurarme a meter la pata, pero si el forense me estaba probando, por qué no arriesgarme.

—Llevaba algo en el cuello —me atreví.

—¡Elemental, brigada! —se congratuló—. Parece que cuando le produjeron la lesión llevaba algún tipo de cordón que impidió parcialmente que esas zonas de la piel se mancharan de sangre. Pero, ¡sorpresa!, alguien debió de retirarlo antes de que sus compañeros llegasen.

—Un robo no fue, mantenía su cartera con algo de dinero y el móvil —añadió Lavalle.

—El móvil, no hemos hablado de eso —apunté.

—Estaba apagado, lo tenemos custodiado a la espera de las órdenes del juez.

El juez. Otra cosa con la que tenía que ponerme cuanto antes.

—Bien, tenemos que buscar ese colgante en las inmediaciones. Se nos acumula el trabajo. ¿Podemos hablar de la hora de la muerte, doctor?

—¿Sabe, brigada Lago? Eso es lo que mejor se me da —bromeó—.

Las contusiones nos dicen poco. La temperatura del cadáver —miró a la chica para ilustrarla— se iguala con la ambiental en unas veinticuatro horas, pero si la temperatura exterior es baja y hay abundante hemorragia, ese margen se puede reducir.

Con la ayuda de un bolígrafo señaló los ojos de la víctima y se dirigió a la capitana y a mí:

—Ya los tenía cerrados cuando murió y las córneas aún no estaban turbias cuando lo examinamos, lo que sigue hablando de menos de un día. Pero son la rigidez y las livideces lo que nos permite aproximarnos más. ¿Violeta?

La chica tomó la palabra entusiasmada:

—Con su permiso, doctor. La rigidez del cuerpo aún podía vencerse aplicando cierta fuerza. Lo que sugiere un intervalo de entre ocho y doce horas desde la muerte.

— Oh yeah , fantástica. Fíjense ahora en las livideces, y recuerden que el chico que lo encontró dijo que le había dado la vuelta. Al mantenerlo en la nueva postura, aparecieron nuevas marcas de menor intensidad en el plano opuesto.

—Por tenerlo claro: damos por bueno que murió bocabajo y que así fue como lo hallaron. Y también que lo cambiaron de postura —resumí.

—Lo damos por buenísimo. El cambio se produjo cuando llevaba entre diez y doce horas muerto.

—Lo descubrió sobre las nueve y treinta de la mañana —retomó la palabra Lavalle—. Afirma que el día antes pasó sobre las diecinueve y todo okey ; y los de la exposición, que estuvieron hasta las veintiuna. Es decir: la muerte debió de producirse entre ese momento y las once de la noche.

—Va a ser verdad que se le da bien esto, doctor —le devolví la broma anterior—. ¿Cuándo podremos tener el informe de la autopsia?

—Ayer entregamos el del levantamiento, pero este me llevará todavía un par de días.

—Zaballa es muy perfeccionista —apuntó Lavalle.

—Hay otra cosa sobre la que nos gustaría hablar con usted. —Introduje el tema difícil—. Tengo entendido que también realizó la autopsia en un caso anterior.

—Violeta, ¿te encargas tú de él? —me cortó el médico—. Sigamos en el despacho.

El forense había captado la insinuación. Nos acomodamos en su oficina y me disculpé antes de meterme un chicle en la boca para aliviar el sabor a muerte procesada que me había dejado la visita al depósito.

—¿Hablamos entonces de eso, Laura? —preguntó Zaballa como pidiéndole permiso.

Respondí antes de que ella tuviera tiempo:

—Es lo que nos toca, doctor. Todos deseamos que no, pero estoy aquí para averiguar si ambos casos están o no conectados.

El médico echó mano del informe de autopsia del joven belga que apareció muerto el 3 de julio anterior en los Picos de Europa, y que tenía sobre la mesa.

—Pues en resumen: murió de una pedrada. La piedra estaba bajo su cabeza, pero no fue accidental. Alguien le propinó el golpe y después la colocó debajo del cráneo de la víctima.

—¿Alguna otra lesión? —pregunté.

—Ninguna. Un mal golpe pero certero. El cadáver tenía los ojos abiertos y presentaba en el globo ocular la mancha de Sommer-Larcher —explicó el médico—. Muerte inmediata. No sufrió.

—El día antes se había celebrado la romería. La gente de los pueblos de alrededor sube a la ermita, que está arriba en los Picos. —Era Lavalle quien contextualizaba—. El cuerpo lo hallaron unos montañeros a la mañana siguiente.

—Tengo entendido que también era artista —apunté.

—Estudiante de doctorado y pintor.

—De modo que tenemos dos artistas foráneos, ambos estudiantes, y los dos con golpes en la cabeza producidos con objetos de la misma naturaleza —recapitulé.

—Esto no puede salir de aquí, Lago —me rogó Lavalle con evidente preocupación—. Ya has visto esta mañana las cámaras en Lebeña, no quiero pensar que empiecen a hablar de un serial.

—¿Puedo hacer algo más por ustedes? —preguntó Zaballa con cierta picardía, como diciendo: «Esto es lo que hay. Suerte, chicas».

Tras despedirnos, la capitana Lavalle me acercó al hotel. Hablamos poco, apesadumbradas ambas por la posibilidad que se nos venía encima. A mí me parecía que pensábamos igual, por más que ella se resistiera a reconocerlo.

Antes de bajarme del coche, por primera vez llamé a Lavalle por su nombre.

—Tengo que ir al sitio, Laura. Necesito estar en Áliva y ver la escena para entenderlo.