8. «Stairway to Heaven»
Stairway to Heaven
Acepté el ofrecimiento de Mansilla de ir a comer a un restaurante cercano a la comandancia.
El guardia propuso pedir cocido montañés para todos; plan que decliné en vista del que tenía para la tarde.
En su lugar, tomé una ensalada, sin poder evitar que los ojos se me fueran a los generosos platos de alubias con berza que mis compañeros engullían sirviéndose de una olla en el centro de la mesa.
Salva aprovechó la distensión de la sobremesa y que Millán se levantó para ir al baño para ocupar el sitio que el cabo había dejado libre a mi lado.
Me había sentado intencionadamente lo más lejos de él que había podido, tratando de evitar la reprimenda que daba por segura a la mínima que mi compañero encontrase oportunidad.
—Has estado un poco borde con «la Carpetas», ¿no te parece? —dijo en voz baja para que Mansilla no lo oyera.
—¿Tú crees? Se le ve a la legua que no nos quiere aquí. Además, ¿por qué se implica tanto? ¿No tiene papeles que leer?
—Le costará delegar, yo qué sé.
—No se fía de nosotros, la vamos a tener hasta en la sopa.
—Sé que no es fácil para ti, pero hazte un favor y relájate un poco.
Me conocía bien, sabía que ese tipo de comentarios sobre mi carácter me ponían de mala leche, y aun así me los hacía.
—¿Tienes ganas de escucharme o qué?
—Es que cuando no estás tan tensa eres mucho mejor. En todos los sentidos. Además, recuerda que es nuestra superiora y que puede empaquetarnos si quiere —bromeó.
Mansilla, que había pegado el oído, nos miraba tratando de ubicarse.
—Tienes razón. Lo intentaré, aunque no te prometo nada.
Millán volvió del baño anunciando que ya teníamos hotel reservado.
Mansilla confirmó que quedaba bastante cerca de la comandancia y les sugerí que fueran a alojarse mientras yo me veía con el forense.
Pedimos unos cafés y aproveché para repartir el trabajo de la tarde.
Salva debía desgranar la inspección ocular y averiguar todo lo posible acerca de la víctima; el cabo, citar a las personas con las que debíamos hablar: compañeras de piso, profesores de universidad, familia y amigos que pudiera localizar.
—Y tú, Mansilla, me gustaría que nos ayudes a movernos por aquí.
—Yo encantado, mi brigada, a sus órdenes.
—Genial, pero no seas tan expresivo, córtate un poco. Hablaré con tu jefa para que te autorice.
Como si hubiera sentido que la nombraban, Lavalle llamó al móvil del guardia para que me hiciera saber que ya estaba de vuelta en la comandancia. Le pedí que le transmitiera que quería hablar con ella antes de nuestro encuentro con el forense.
Nos reunimos a solas en el despacho de la capitana, que ocupaba una habitación independiente de la sala en la que trabajaba el resto de los miembros de la Unidad de Policía Judicial.
—Ya ve que no estamos sobrados de gente.
—La falta de recursos es un problema que sufrimos todos. Por cierto, también quería hablarle de eso —le introduje, mientras me acomodaba en la silla—. ¿Sería posible contar con el guardia Mansilla? Nos viene bien apoyarnos en alguien de la zona.
—Por supuesto. Además, parece que él ya se les ha autoasignado.
—No se lo tenga en cuenta, la UCO causa ese efecto. Aunque somos como todos, unos mandados obedientes.
—Bueno, usted dirá, brigada.
—Mi capitana, ¿le importa si nos tuteamos? De lo contrario, en algún momento meteré la pata.
—Cómo no —accedió Lavalle.
Entonces sí, había llegado el momento de tratar el tema que parecía más escabroso: la posible conexión del caso con el que mantenían abierto desde hacía tres meses.
Las dos sabíamos lo que significaban dos o más víctimas.
«Asesino en serie» es un concepto del que ningún investigador quiere oír hablar, por eso lo evité.
—Iré al grano, ya sabes por qué estamos aquí. ¿Qué posibilidad hay de que este caso tenga que ver con el que tenéis de julio?
—En mi opinión, es poco probable que ambas muertes estén relacionadas.
—No nos mandan a investigar con esa premisa a la ligera, te lo aseguro.
Hizo ademán de contradecirme, pero se contuvo. Encendió la pantalla de su teléfono en un gesto que me pareció un recurso para librarse de mi mirada y optó por rendirse antes de entrar siquiera en batalla.
—No podemos demorarnos mucho. Tenéis a vuestra disposición toda la documentación del caso de Áliva. Revisadlo y sacad vuestras conclusiones.
—Lo haremos. Te lo comento porque tengo que preguntarle al forense por eso y no quería hacerlo sin antes haberlo hablado contigo. ¿Hizo él también la autopsia?
—Sí, puedes preguntarle abiertamente, tenemos confianza. Y gracias por la deferencia.
El Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses quedaba próximo al Hospital Universitario.
Tardamos poco más de cinco minutos en llegar en coche.
Lavalle entró con confianza y saludando a cuantos se cruzaba.
Fue directa al despacho del médico, en cuya puerta figuraba que también era el jefe del Servicio de Patología Forense.
—¿Cómo va todo, querida? —le preguntó el médico mientras se saludaban con un tímido abrazo.
—Bien, nada reseñable. Te presento a la brigada Macarena Lago, de la Unidad Central, dirige la investigación —admitió—. El doctor Zaballa es toda una eminencia —me dijo a mí.
—No haga caso, solo me hace la pelota. Encantado, brigada. Me han hablado maravillas de su unidad.
—Vaya, eso me lo pone más difícil. Es un placer, doctor.
El forense, un señor de piernas cortas y ligeramente entrado en kilos, unos sesenta años, lucía una poblada cabellera cana algo despeinada que en tiempos debió de ser rubia.
Ojos azules tras unas gafas sin montura que reposaban casi en la punta de la nariz.
La bata blanca que enfundaba no terminaba de ocultar la camiseta de los Guns N’ Roses que llevaba debajo.
—Vienen a ver el cuerpo, ¿verdad?
—Si es posible —rogué.
—Y a que nos cuentes —añadió Lavalle.
El médico nos guio hasta el depósito de cadáveres y vimos sobre la camilla metálica que ocupaba el centro de la estancia el cuerpo descubierto y cosido de Yeray Santana. Una joven facultativa tomaba notas.
—Es Violeta, está terminando la carrera y pronto me quitará el puesto. —No preguntó si nos parecía bien que estuviera presente—. Hoy le hemos hecho la autopsia; en cuanto el juez lo autorice, será entregado a la familia. Ya nos ha contado todo lo que tenía que contarnos.
—¿Y les ha confesado cómo lo mataron? —Inicié las preguntas, empleando el tono propuesto por el doctor Gunner .
—Veo que es usted aguda, y directa. Me gusta.
No ha sido fácil. Como ven, presenta heridas en el cuello y en la cabeza.
Esta es incisa. —Señaló el cuello cortado de la víctima—.
Rectilínea, poco profunda, los bordes de la herida son limpios y regulares.
Fue producida de izquierda a derecha, fíjense en su terminación en forma de cola de ratón.
Disculpen que me detenga en los pormenores, tiene que convertirse en la mejor forense del país —bromeó señalando a la ayudante, que no perdía detalle de cuanto decía su maestro.
—¿Sabemos por qué tipo de arma fue producida? —pregunté sin remilgos.
—Veo que aún no la han localizado. Por el trayecto y por la fuerza utilizada, de seguro fue algún tipo de cuchillo o navaja de hoja fina y más bien estrecha. Fíjense en el corte, ligeramente ascendente desde la izquierda y hasta muy atrás.
La herida casi alcanzaba el lóbulo de la oreja derecha del joven.
—Se la hicieron por la espalda —me aventuré a resolver.
—Eso parece, alguien que era bastante más alto que la víctima o que se encontraba a mayor altura.
—¿Cuánto mide?
—Un metro ochenta y tres centímetros —indicó la ayudante.
—Puede que estuviera sentado y el agresor de pie —propuso el doctor.
—Es posible que sentado en el murete. Recordad que había un pequeño reguero de sangre desde ahí hasta el lugar donde cayó —sumó Lavalle.
—Sí, puede que lo atacaran sentado, echara a caminar y avanzara unos metros hasta desplomarse. Pero veamos las heridas de la cabeza. ¿Me ayudan?
Entre los cuatro volteamos con mucho cuidado el cuerpo hasta disponerlo bocabajo. No pude evitar la arcada al descubrir la cabeza brutalmente violentada de Yeray Santana.
—¿Se encuentra bien, brigada?
—Lo siento —asentí—. Continúe, por favor.
—Dos buenas heridas contusas entre el temporal y el parietal derecho. Casi seguro provocadas con el pedrusco que encontraron ayer sus compañeros: la morfología es compatible con las lesiones —explicó Zaballa.
—Estamos pendientes de saber si los restos de sangre de la piedra son de la víctima —informó Lavalle.
—En la escena no veíamos claro si estas contusiones eran vitales o posmortales. Era plausible que se hubieran producido inmediatamente después de la muerte.
—¿Entonces? —pregunté escueta, todavía con el estómago revuelto.
—Aún estamos pendientes de algunos análisis de laboratorio, pero lo que ya tenemos nos dice que son vitales; se produjeron cuando aún respiraba. Si bien, son posteriores a la del cuello, que es la herida mortal. Quién sabe si estas solitas no hubieran podido causar el mismo resultado.
—¿También fueron propinadas desde atrás?
—Todo apunta a que sí, más o menos así.
El médico simulaba el movimiento llevando el puño a la cabeza de su ayudante.
—Claramente diestro —afirmó Lavalle.
—Lo que no reduce demasiado el círculo —aprecié anotando el dato en mi libreta.
—¿Le damos la vuelta? Quiero que vean algo. Violeta, ¿me alcanzas las fotografías?
Ella regresó con varias imágenes impresas en las que se veía el cadáver de Yeray Santana antes de la autopsia, aún con los restos de sangre sobre su piel. El forense seleccionó un par de fotos de detalle del cuello y nos las tendió junto a otras en las que todavía estaba vestido.
—Miren estas, tal cual nos lo encontramos. Y en estas otras, despojado de sus vestiduras. ¿Ven algo? —nos preguntó el médico, como poniéndonos a prueba.