7. Mateo Cayón
Mateo Cayón
Guiados por el guardia Mansilla, nos acercamos hasta el domicilio de Mateo Cayón.
El testigo vivía en una de las primeras viviendas del pueblo, a unos trescientos metros de la iglesia, un trecho que no llevaba más de cinco minutos a pie.
Lo vimos apostado en un banco en la puerta de su casa cepillando al perro: su discapacidad intelectual era evidente.
La madre se lamentó por los problemas que el tema, como ella lo llamaba, le estaba ocasionando a su hijo, que no podía ni dormir. Como si la culpa fuera nuestra, nos relató muy enfadada el infierno que estaban pasando.
—Igual hablar con nosotros le ayuda a desahogarse, señora —le dijo Salva para templarla cuando ella se quejó al saber que íbamos a volver a entrevistarlo.
A juzgar por la reacción de la madre, Mateo Cayón bien podía ser, más que un testigo, una víctima colateral del hecho sangriento y cruel que había descubierto.
—Sí, sí, mamá, déjame hablar con ellos —decía el pobre muchacho.
—Me voy a casa de la vecina, avísenme cuando se marchen.
—Dada la circunstancia en la que se encuentra su hijo, debería estar usted presente —le sugerí.
Hastiada y seguramente habiendo superado con creces todos los límites asumibles de paciencia, la mujer nos invitó a pasar y salió de la casa sin aceptar ni declinar mi sugerencia.
—Te llamas Mateo, ¿verdad? Yo me llamo Macarena. Mis compañeros y yo queremos darte las gracias por tu colaboración. Sentimos mucho que tuvieras que ver eso tan desagradable. Tu ayuda es muy importante.
Mateo Cayón asentía orgulloso.
—Mira, ya sabemos cómo encontraste el cuerpo, no hace falta que lo cuentes otra vez porque lo explicaste muy bien.
¿Has recordado alguna cosa que se te pasara o que no le dijeras a la otra guardia civil con la que hablaste?
—Intentaba ahorrarle el mal trago de rememorar de nuevo lo que presenció.
Eso, y que a cada momento confiaba menos en que su testimonio pudiera ser tomado en cuenta.
—No, se lo conté todo con pelos y señales.
—Muy bien, Mateo. ¿Y eso que le dijiste a mi compañera de que viste un oso?
—Una osa, agente, era la Osa.
—Ajá, una osa. Pues no sabía yo que por aquí hubiera osos.
No atinaba a entender algo que Mateo Cayón matizaba sobre la supuesta osa. Mansilla se entrometió:
—Disculpe, mi brigada, creo que se refiere a la Osa de Ándara.
—Sí, sí, la Osa de Ándara —confirmó el chico.
—Y, dime, ¿cómo era esa osa, Mateo? —proseguí.
—¿Cómo va a ser? —Rio jocosamente ante la pregunta—. Como todas, fea, con pelo.
—Claro, vaya pregunta..., como todas. Por cierto, ¿era la primera vez que la veías o ya la habías visto antes?
—¿A esa?
—Sí, a esa, o a otros osos, pero me interesa saber si justo a esa osa la habías visto antes.
—A esa, yo creo que no. Bueno, no, no, estoy seguro. Aunque he visto a otros osos de lejos, por eso sé reconocerlos —añadió convincente.
—Ya, entiendo. Y, una última cosa, ¿la viste antes o después de encontrar el cuerpo?
—Antes, la vi antes, por la noche. El perro empezó a ladrar y la vi salir corriendo de donde la iglesia. Se fue por la carretera, corriendo como una osa.
—¿Podrías explicarme cómo corre una osa?
—Así —se levantó y dio varios pasos torpes y rudos—, pisando muy fuerte el suelo. Sus pisadas hacían mucho ruido.
—Entiendo. Y después, ¿qué hiciste?
—Me vine a mi casa. Y por la mañana fui a la iglesia, me llevó el perro allí y entonces vi al muerto. Y después llamé al uno uno dos.
—Perfecto, Mateo. Hiciste lo correcto. Lo hiciste muy bien.
Casi me arrepentí de haberlo hecho volver a hablar con nosotros.
Era el primer testigo al que le tomaba declaración tras mi reincorporación y no podía calificarla de exitosa.
También era mala suerte que me hubiera tocado un chico especial.
Me comporté con él poco más que como una madre, por más que Mateo Cayón estuviera más cerca de mi edad que de la de mis hijos.
Y terminé preguntándole cómo camina una osa.
En esas estaba, lamentándome de mi infortunio de regreso al coche, cuando el guardia Mansilla se refirió al dato que Mateo había apuntado:
—La Osa de Ándara, dice que era, ja , menuda ocurrencia.
—¿Qué te hace tanta gracia, Mansilla? Tendrás que explicarnos de qué va eso para que aquí mi brigada y yo podamos coger el chiste —lo cortó Salva.
—No me malinterprete, mi primero, que no me estoy riendo del chaval, ¡eh!
—Faltaría más.
—Tranquilo, hombre. —Traté de aliviarle el apuro.
—La Osa de Ándara es toda una leyenda. Una mujer osa que vivía en las montañas. Pero, vamos, que solo era peligrosa cuando la atacaban. La de tiempo que hacía que no oía mencionarla...
—¿Hablas de ella como si de verdad hubiera existido?
—Como que existió, mi brigada, fue real —aseguró casi indignado, acomodándose en el vehículo para poner rumbo a Santander.