6. Santa María de Lebeña
Santa María de Lebeña
Cuando Lavalle levanta la vista y los ve allí plantados, maldice su suerte.
Se obliga a recabar toda la información que puede en pocos segundos.
Son tres. La brigada, la única mujer del grupo, la mira directa y con descaro y se sitúa medio metro por delante de los otros.
La acompañan dos hombres: uno que debe de rondar la edad de la propia brigada y de ella misma, bastante atractivo, y otro ostensiblemente más joven, de aspecto prudente y mirada afable.
El que cierra el cuarteto es Mansilla, su chico de los recados, que se ha olvidado de avisarla cuando estuvieran a quince minutos de allí.
Como si no hubieran sido testigos de la áspera llamada, se les acerca resuelta.
—Buenos días, brigada. Soy la capitán Laura Lavalle. Bienvenidos.
—A la orden, mi capitana, Macarena Lago —la saluda marcialmente y le presenta a su equipo.
—Acompáñenme, por favor. Cuidado por dónde pisan.
—No se preocupe, estamos acostumbrados —le responde la brigada.
Lavalle los guía hasta el punto exacto en el que hallaron el cadáver.
—Vamos a necesitar el informe de la inspección ocular, capitana —le pide Lago sin preludios.
—Lo tengo aquí impreso, no nos ha dado tiempo a grabarlo en la base de datos.
Se acerca a una mesa de trabajo que han improvisado bajo una de las carpas y se lo tiende.
—Soler, ¿te encargas?
La brigada le pasa el informe al sargento primero y se dirige a la segunda carpa, que ocupa el centro del perímetro en una pequeña arboleda a unos metros de la iglesia y que Lavalle ha mandado instalar por si llovía.
—Estaba aquí, en decúbito supino, cuando llegamos —indica esta.
—Ahora me cuenta, deme un momento.
Lago la corta desapaciblemente y sale de la carpa. Alza la mirada para inspeccionar los trescientos sesenta grados que rodean el sitio como quien mira por primera vez el Panteón de Roma. Después, detiene la atención en la parte trasera del templo.
«Lo más seguro es que no sepa que se llama ábside», piensa Lavalle, que la ve acercarse a la torre campanario exenta, volverse de nuevo y llevar la vista a las moles de piedra que rodean el llano en el que se alza la iglesia de Santa María.
Dice algo del olor a leña que emana de las casas más cercanas y de las nubes altas, como que no le resultan tan amenazantes.
Puede que lleve razón y termine por no caer una gota, pero hace frío; pronto comenzará a descender la humedad, el aire sopla, las hojas de los árboles que caen llegan hasta ellos y se posan en el toldo que protege el espacio.
—¿Qué puede contarnos de este sitio, capitana? —le pregunta la brigada.
—¿De la iglesia? No sabría decirle, no entiendo mucho de arquitectura religiosa —reconoce Lavalle con prudencia.
—No se preocupe, ya nos documentaremos. Salva, ¿te ha dado tiempo a leerte eso?
—Por encima, que mi capitán me corrija. —Le parece intuir en el sargento primero un gesto de complicidad que le agrada—. Según el testigo, halló el cuerpo en decúbito prono, pero lo volteó para comprobar si estaba muerto. De modo que cuando llegaron lo encontraron bocarriba, ¿cierto?
—Eso dijo, el problema es que el testigo no es muy fiable —aclara Lavalle—. Es un chico del pueblo con discapacidad intelectual. Con mucha discapacidad. —Exagera el matiz—. Aun así, el forense determinó que murió bocabajo.
—Entonces, tan poco fiable no es —opina Lago.
—Pues no sé qué decirle. Reconstruimos con él cómo lo encontró.
Lo que dice es que él solo le dio la vuelta.
Que primero se agachó y le miró la cara a ver si lo conocía, desde aquí.
—Lavalle se acuclilla para imitar los movimientos del testigo—.
Que se la tocó y la tenía fría, después la mano derecha, que tenía la palma hacia arriba, también fría.
—¿Ha dado todo ese detalle?
—Una compañera que es psicóloga intervino para ayudarlo a recordar. Pero claro, también dice otras cosas: que la noche antes vio una osa, después que él no ha visto ningún muerto... En fin.
—Entiendo. En todo caso, no son sus movimientos los que tenemos que recrear, sino los del homicida, por si nos llevan hasta algún otro rastro.
—En eso estamos. Hemos peinado la zona en un radio amplio, pero es difícil; había muchísimas pisadas.
Los días anteriores se celebró aquí mismo una pequeña exposición de arte, en el pórtico de la iglesia.
Iba a estar hasta el domingo, pero con esto hubo que suspenderla.
Ayer les dimos permiso para desmontarla.
—Vaya, qué pena, me hubiera gustado verla —se lamenta Lago—. ¿Qué tipo de exposición?
—Escultura moderna, obras de estudiantes de la Universidad de Cantabria. Suelen buscar el contrapunto que ofrecen estos enclaves históricos.
—¿Es románica?
—¿La iglesia? —pregunta Lavalle lo que es obvio.
—Ajá.
—Diría que sí —responde sin estar segura—. Aún estamos localizando a organizadores y expositores. Con algunos ya hemos hablado, pero no me ha alcanzado a grabar nada en la base de datos.
—¿Y qué cuentan?
—No mucho por ahora, algunos estaban muy afectados. El chico muerto era uno de los expositores.
—Matado.
—¿Cómo dice?
—Que, más que muerto, matado. ¿Cuándo lo encontró el vecino?
Lavalle aguarda unos segundos antes de responderle, los necesarios para respirar y no lanzarle el improperio que merece por su frescura. No puede más que conformarse ante el hecho probado de que le han arrebatado el caso, pero qué ha hecho ella para que caiga en manos de semejante arpía.
—Lo encontró por la mañana, sobre las nueve y media, mientras paseaba con su perro.
La tarde antes pasó también, dice que sobre las siete salió con el perro como todos los días.
Ese dato lo ha confirmado la madre —explica adelantándose a la pregunta—.
Vio a los de la exposición recogiendo y el cuerpo aún no estaba, obvio.
—¿Quién llamó? ¿Él o la madre?
—Él mismo. Al parecer, el chico suele ir con el teléfono en la oreja. Los vecinos dicen que habla solo, pero lo cierto es que hizo la llamada al 112. La hemos oído, viene a decir que hay un hombre muerto, con el cuello cortado y mucha sangre en la cabeza, en la iglesia de Santa María de Lebeña.
—Hasta ahí, nada que no coincida con la realidad.
—Cuando llegamos, estaba sentado en ese murete con su madre, los dos llorando.
—Hubiera sido más correcto decir que eso fue lo que encontraron sus compañeros cuando llegaron.
Elude intencionadamente el pequeño detalle de que ella llegó más tarde—.
Los vecinos habían cubierto el cuerpo con una manta.
—Vaya —se lamenta Lago de nuevo.
—No crea que fue tan mala idea. Había empezado a llover, al menos evitaron que se mojara.
Los compañeros de Potes fueron los primeros en llegar y optaron por dejarlo como estaba, con buen criterio, a mi juicio —indica—.
Eso sí, esto acabó minado de pisadas. Entre eso y la lluvia, poco se puede sacar de las huellas plantares.
—¿Y algún otro vestigio?
—Alguna colilla de cigarrillo, cabellos... Fijamos la escena en un perímetro generoso y la inspeccionamos a fondo.
—Yo mismo me encargué de eso, mi brigada —se apunta Mansilla orgulloso—. Con estos dos conté veinticinco metros por cada lado —explica señalándose los pies—, cincuenta pasos al norte, sur, este y oeste.
—Una técnica que nunca falla —responde Lago.
Lavalle atisba el gesto de complicidad de la brigada hacia su guardia. No puede evitar sentir una pizca de recelo.
—Hay restos de sangre —señala el otro agente, el más joven, al que cree recordar que le han presentado como cabo, indicando el reguero que va desde el mismo murete hasta el lugar donde cayó el cuerpo.
—Esa ya hemos confirmado que es de la víctima. Parece que caminó unos metros hasta aquí. De momento no sabemos que haya de nadie más, pero lo están analizando —explica la capitana.
—Bien, hablemos del protagonista del infortunio. ¿Qué sabemos? —pregunta Lago.
—Yeray Santana, veintisiete años, natural de Tenerife.
Vivía en Santander desde hacía un año, iba a cursar su segundo máster en la Universidad de Cantabria.
Compartía piso con dos chicas, también estudiantes de arte.
Al parecer, comenzaba a adquirir cierta fama como escultor. Sus obras empezaban a cotizarse.
—¿Llevaba documentación?
—La cartera en el bolsillo trasero derecho del pantalón. La identidad se corroboró con las huellas dactilares y la familia ya lo ha reconocido, están en Cantabria.
Se esfuerza en responder de forma ágil y detallada para evitar que otro estacazo de Lago consiga dejarla en evidencia delante de su gente.
—¿Data?
—Entre las nueve y las once de la noche del jueves, creemos. Ya le han hecho la autopsia y esta tarde podremos confirmarlo con el forense. No es muy amigo del teléfono.
—Hay que volver a interrogar al testigo y hablar con los vecinos del pueblo, familia, compañeras de piso, de universidad, profesores, artistas y organizadores de la exposición. ¿Quiénes son, capitana?
—¿Los organizadores? Una asociación de artistas cántabros.
—¿Causa de la muerte? He entendido que sufrió un variado repertorio de lesiones.
—Así es. La lesión incisa del cuello y las contusas del cráneo. Aún no sabemos el orden en el que se produjeron.
—¿Se han encontrado los objetos que las ocasionaron? No veo nada al respecto en el informe de inspección ocular —pregunta ahora el sargento primero Soler, mirando los papeles.
—No pone nada porque la piedra no apareció hasta ayer, y no me ha dado tiempo a...
—Grabarlo en la base de datos. Ya. —Lago termina la frase.
Lavalle la mira con cara de muy pocos, poquísimos amigos. Hace un visible esfuerzo por dejarlo estar y se obliga a continuar colaborativa:
—El cuchillo o lo que fuera que usaran no ha aparecido. El pedrusco tenía restos de sangre y se ha enviado a analizar; lo encontraron ayer los perros del servicio cinológico en el arcén de la carretera. Por eso hoy hemos vuelto con toda la caballería.
—Pudieron arrojarla desde un coche —especula el cabo. Lavalle no logra recordar su nombre y la tensión del momento no la ayuda.
—Es posible, o moto, o a pie. Había llovido cuando la encontramos.
La capitana se aparta y se acerca de nuevo a la mesa en la que tienen la documentación y los ordenadores; Mansilla se queda con el grupo. Vuelve con una tablet y les muestra las fotos del pedrusco.
—También presentaba una marca que aún no hemos descifrado.
—¿Un ocho? —pregunta el sargento primero.
En efecto, es un ocho en números romanos, pintado en la piedra. Nada que no hayan visto ya.
—Como es lógico, no tenemos ni idea de qué significa —reconoce—. El forense ya ha dicho que la morfología del objeto es compatible con las lesiones en el cráneo.
—Menudo pastel... Esto no me gusta un pelo, Maca.
Lavalle se sorprende por la confianza con la que la brigada Lago, que tan borde está siendo con ella, se deja tratar por los suyos.
—No nos adelantemos, Salva. ¿A qué hora vemos al forense, capitana?
—Después de comer.
—Bien, pueden volverse a Santander. Salva y yo nos quedaremos un rato, quiero hablar con el testigo. Mansilla, tú quédate también, por favor.
Lavalle hace el trayecto de vuelta compartiendo coche con el cabo, contrariada por la habilidad con la que la brigada la ha dejado fuera de la charla con el testigo, a quien ella ya le tomó declaración. Una declaración que a Macarena Lago no parece servirle.
Al menos, la brigada no ha abierto el melón que ella no quiere ni oler: la posible conexión de la muerte violenta del escultor canario con la ocurrida hace tres meses arriba de los Picos, y que es la verdadera razón por la que sabe que ellos están ahí; aquel caso anterior que ella no ha estado ni cerca de esclarecer.