La Osa de Ándara 5. Otro artista
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5. Otro artista

Otro artista

La muerte del joven pintor belga acaecida tres meses antes podía parecer accidental; habían hallado su cuerpo en las proximidades del valle de Camaleño, en Cantabria.

El caso era de la Unidad de Policía Judicial de provincia y los nuestros no habían sabido nada del tema hasta que apareció el segundo cadáver.

Le había pedido a Salva que se pasara por mi casa para ponerme al día, pero finalmente no había podido acercarse; la verdad es que me pareció que me daba largas.

Yo terminé sintiéndome bien por dedicarles esa noche a mis retoños, a quienes iba a privar de la cercanía de su madre en los días siguientes.

En cuanto se quedaron dormidos, me concentré en estudiarme a fondo el asunto, descargar material y hacer capturas de pantalla para seguir empollando durante el vuelo.

Lo último que quería era presentarme ante mis compañeros sabiendo menos que ellos.

El primer cadáver reveló un traumatismo propiciado con una piedra que encontraron ensangrentada bajo la cabeza y cuya forma era compatible con las lesiones mortales.

El informe del forense confirmaba que el chico no había caído por accidente sobre el pedrusco.

Alguien le había propiciado el mal golpe que, sin ser muy fuerte, fue fulminante.

Vi el nombre del responsable de la investigación, de mujer, precedido del empleo: capitán.

«Capitana» significaba que era mi superior, superiora en este caso, y muy superiora.

Que fuera una mujer o un hombre a mí me importaba poco; tener oficialmente que cuadrarme ante ella me hacía menos gracia.

Cualquier guardia tiene asimilado que, cuando llega mi unidad, tener o no estrellas en el hombro es lo de menos.

Pero en el devenir de la investigación los puntos de vista tienen la mala costumbre de ponerse caprichosos, y estar más arriba en la escala siempre ayuda.

Es más cómodo, ahorra explicaciones. A mí las explicaciones siempre me han dado pereza, a lo que había que sumarle que yo entonces tenía el rasero de la suspicacia por los suelos.

A la mínima gilipollez, no sabía por dónde podía salir el bicho en el que me había convertido.

—Lo siento, he tenido que dejar a los niños con mis suegros —me disculpé al llegar a Barajas con la hora justa para facturar el equipaje.

Allí me esperaban Salva y Millán, los miembros de la unidad que el teniente coronel había designado para que me acompañasen. La sargento Ruz nos prestaría apoyo desde Madrid. Aunque mi relación con ella no era la más cordial, sabía que Sofía era una buena baza.

A Millán no lo conocía. Era un cabo joven, en cuya cabeza no quedaba un pelo, que se había incorporado al equipo durante mi excedencia. Salva me había dado buenas referencias de él y no sabía las que el chaval podría tener de mí, aunque me hacía una idea por la cara de susto con la que me saludó.

—A sus órdenes, mi brigada, un placer conocerla.

—Apea el tratamiento, anda. De tú; ¿cuántos años me echas?

—No sabría decir...

—Ah, ¿no? ¿Y qué haces en Policía Judicial?

—Es que no soy bueno estimando edades, no quiero meter la pata.

—No le hagas caso, ¿no ves que te está troleando? —se entrometió Salva.

—Relájate, hombre, que era broma. A saber qué te habrán contado de mí...

El cabo cruzó el control tan ruborizado que cualquiera diría que trataba de pasar algo.

Una vez dentro, aprovechamos para repasar lo que teníamos mientras hacíamos tiempo en la cafetería más cercana a nuestra puerta de embarque.

—Recapitulemos lo que sabemos del primer caso. Una de nuestras prioridades es confirmar o descartar la conexión, que, de existir, lo cambia todo —expuse directa.

—Era un ciudadano belga que residía en España, tenía una beca universitaria o algo así.

Su cuerpo apareció en medio de la montaña en los Picos de Europa el día después de una romería.

Descartaron a los pocos sospechosos que habían barajado al principio y siguen con ello, no tienen nada serio.

El detalle es que también era artista, para más conexiones con nuestra víctima.

Salva nos mostró la foto de Yeray Santana que ya me había enseñado.

—Ya, otro artista. Pero a este lo han degollado.

—Creo que esas heridas son post mortem , pero no estoy seguro.

La capitán al mando no terminaba de hablar claro.

En todo caso, tendremos que seguir en el avión, han abierto el embarque —anunció señalando el panel informativo—.

Os paso lo que tenemos al grupo, descargadlo antes de que nos quedemos aislados del mundo.

—¿Es obligatorio? Yo me mareo leyendo —reconoció un tanto avergonzado Millán. Salva y yo nos reímos—. Lo siento, será la falta de costumbre.

—No te preocupes, no te verás en muchas como esta —bromeó Salva—. ¿Cuántas veces te han llevado a ti en avión, Maca?

—Habiendo carreteras, pocas, la verdad.

La generosidad de la empresa nos ahorró casi quinientos kilómetros de coche, si bien no alcanzó para que pudiéramos elegir asientos en el vuelo de la compañía low cost que operaba el trayecto Madrid-Santander.

Tuvimos que conformarnos con la asignación aleatoria que nos situó a los tres con varias filas de por medio.

Entre eso y la insoportable escasa distancia que nos separaba del resto de los pasajeros, casi no pudimos ni leer en diagonal los documentos que teníamos en el grupo de WhatsApp.

No parecía buena idea recrearse en fotos de cuellos cortados en tal circunstancia.

Eché mano de la poca documentación que había podido reunir la noche previa, antes de que el cansancio me venciera. Entre las capturas que había almacenado en el teléfono tenía varias fotos de la iglesia en la que había aparecido el cuerpo.

Santa María de Lebeña era uno de los mayores exponentes de arquitectura cristiana altomedieval, considerada precursora del románico, leí. A juzgar por las fotografías, parecía un lugar increíble. Como increíble suponía que alguien lo hubiera convertido en el escenario de un crimen.

Agotado el material con que contaba, me dediqué el resto del viaje a mirar por el minúsculo tramo de ventanilla que me había correspondido.

Cuando salimos a la terminal no eran ni las nueve de la mañana. Antes de que tuviéramos tiempo para preguntarnos cuál era el plan, identificamos por instinto al guardia que habían enviado a recogernos.

—¿Brigada Lago? —preguntó el chaval.

—La misma, y compañía.

—A sus órdenes, mi brigada, soy el guardia Mansilla. —Acompañó la presentación con el saludo marcial—. Vengo de parte de la capitán Lavalle.

—De la capitán, ya. Pues muchas gracias, hombre, un detalle por parte de tu capitana —le respondí, al tiempo que le ofrecía un apretón de manos—. Mis compañeros: el sargento primero Soler y el cabo Millán. Tú dirás.

—Vengan conmigo, tengo el coche aquí al lado.

Lo tenía en un prohibido en la misma puerta de la terminal. Los pocos metros que caminamos hasta alcanzarlo nos dieron para saborear la brisa de mar con la que Santander nos recibió esa mañana fría.

—¿Quieren pasar antes por el hotel donde vayan a alojarse? —ofreció servicial, mientras hacía hueco en el maletero para el equipaje.

—Creo que aún no tenemos de eso, Mansilla. Nos va a tocar pasear las maletas.

—¿Pregunto? —propuso Millán, quien era el que estaba al tanto de la logística.

—No te preocupes, ya nos avisarán. Vamos a la comandancia a hablar con la capitana y a ubicarnos cuanto antes —resolví acomodándome en el vehículo.

—En realidad, mi capitán no se encuentra en las dependencias. Va de camino a Lebeña, por eso les decía si querían pasar por el hotel —aclaró el guardia, demorándose en poner en marcha el motor.

—Lebeña es donde apareció el cuerpo, ¿verdad? —preguntó Salva desde el asiento trasero del patrullero que compartía con Millán.

—Así es, mi sargento primero, siguen trabajando en la escena con los de Criminalística, aunque el cadáver está aquí, en Santander.

—¿Y dices que tu capitana está allí? —pregunté extrañada, poco acostumbrada a tener en primera línea al jefe de la unidad orgánica.

—Afirmativo.

—Bien, pues llévanos a verlo —indiqué.

—¿El qué?

—¿Qué va a ser? El cuerpo.

—¿Han desayunado? Podemos parar a tomar un café mientras hablo con la capitán y que nos diga.

—Vamos a hacer una cosa, Mansilla, vamos a por ese café y de camino llamo yo a tu señora capitana —dije con sorna, con la esperanza de que alguno entendiese la indirecta—. Tú no te preocupes. Mueve el coche, anda, que estamos estorbando.

—Ten, ya está marcada la capitán. —Salva me tendió el teléfono con el número ya en el teclado, confirmando con su comentario que era yo la única que iba a referirse a ella en femenino.

Una voz grave me respondió al segundo tono usando su propio apellido como escueto saludo:

—Lavalle. —Pronunció las tres sílabas con firmeza y un tanto acelerada.

—Buenos días, mi capitana, a sus órdenes. Le habla la brigada Lago, Unidad Central.

—Brigada, buenos días, por decir algo. ¿Están ya en Cantabria?

—Así es, el guardia Mansilla está con nosotros. He querido llamarla para saludarla y empezar a coordinarnos. Me informa el compañero de que el cadáver se encuentra en Santander, en Medicina Legal, entiendo. Me gustaría verlo, ¿cuándo tiene previsto estar por aquí?

—Ahora estamos llegando a Lebeña. Había quedado esta tarde con el forense.

—Bien, pues seguimos con el plan, si le parece bien, y lo vemos juntas. ¿A cuánto estamos de Lebeña? —Dirigí la pregunta a Mansilla mientras mantenía al teléfono a la capitana.

—Algo más de hora y media, hay que cruzar La Hermida.

—¿Están aún trabajando ahí? —volví a preguntarle a Lavalle, un tanto extrañada por los días que hacía ya desde la aparición del cuerpo.

—Tanto la Unidad de Policía Judicial como Criminalística. Mantenemos el escenario fijado.

—Vamos para allá.

—Me parece buena idea. ¿Puede pasarme a Mansilla?

No podía oír lo que le decía su jefa al guardia, que asentía por toda respuesta, moviendo la cabeza entre los «como ordene» y los «sí, mi capitán».

Una vez que colgó, nos informó de que la capitana Lavalle le había pedido que nos acercásemos a la comandancia para tomar un segundo coche, por lo que a Soler le tocó conducir.

Yo me dejé llevar hasta Lebeña por el guardia local.

Salva y Millán nos seguían, cerrando el pequeño convoy.

—Entonces, Lebeña, además de una iglesia es como se llama el pueblo, ¿verdad? —le pregunté al guardia.

—Correcto, mi brigada. Santa María de Lebeña es una iglesia bastante conocida y recibe muchos visitantes. Para llegar hasta allí nos vamos a adentrar en el desfiladero de La Hermida, que es el más largo de España y hace de límite natural con Asturias. Vamos a pisar el Principado, de hecho.

No tardamos en hacerlo. Discurrimos entre la estrechez de sus paredes, cubiertas de redes que protegían el trazado de posibles desprendimientos de roca. Los muros de la garganta, por poco verticales, eran imponentes. Si miraba hacia arriba, casi veía un cielo de piedra.

—Algunas superan los seiscientos metros. Es impresionante, ¿verdad? —me iba diciendo.

Durante más de media hora seguimos el cauce que marcaba el río Deva. Mansilla iba guiando a Salva, anticipándose y marcándole a mi compañero la trazada de las curvas, señalizando algunas en las que la montaña parecía querer engullir la calzada.

—Hay quien dice que es la carretera más bonita de todo el país —insistió.

—Razón no les falta, es una pasada —reconocí.

Unos minutos después, en una zona algo más despejada del final del desfiladero, sacó la mano por la ventanilla al paso por la señal de Santa María de Lebeña para avisar de que iba a salirse.

Rebasamos un pequeño puente sobre el río y abandonamos la nacional para adentrarnos en la secundaria.

Los vehículos de nuestros compañeros y un grupo de reporteros habían tomado el aparcamiento habilitado en las inmediaciones de la iglesia.

Estacionamos y nos dirigimos a la zona acordonada, que abarcaba un buen perímetro alrededor del templo.

Una agente alta y bastante delgada, vestida de calle, llamaba la atención mientras mantenía una conversación telefónica que no parecía muy de su agrado.

Me quedé mirándola descaradamente. Podía tener lo mismo treinta que cincuenta años, era muy guapa, por encima de la media, a pesar de lo descuidado de su aspecto.

La melena recogida en una coleta no ayudaba a disimular unas incipientes canas rebeldes, enmarcadas por el encrespado pelo negro, muy negro.

Caminaba sin rumbo, alterada, y cambiaba de dirección concentrada en la llamada.

—Es la capitán Lavalle, mi brigada —me informó Mansilla, viendo que ella colgaba y se nos acercaba decidida.

—Parece que no tiene un buen día —murmuré.

—Ese es su estado habitual.