4. Como el agua
Como el agua
Me había metido en la cama dejando a Salva en visto.
Esa noche dormí poco, nerviosa por los acontecimientos y por lo que suponía recuperar mi vida.
Me motivaba ocuparme de mis hijos, cumplir con mis obligaciones domésticas y, sobre todo, volver a trabajar, pero me asustaba no estar a la altura.
Dudaba de si de verdad estaba en las condiciones psíquicas y emocionales óptimas para afrontar toda esa carga.
Y, a ese miedo, había que añadir la desconfianza que sentía hacia mí misma.
Temía cómo podría reaccionar cuando tuviera que volver a enfrentarme a las situaciones de tensión de las que mi retiro me había librado.
Quien la ha sufrido sabe que una vez que la ansiedad ha encontrado el camino ya no lo olvida. El mío se lo sabía de memoria.
En esa época, terminar el día habiendo tachado de la lista de tareas solo la mitad de las que me hubiera propuesto era ya motivo de celebración.
Ni la holgazanería, ni la pereza, ni la irresponsabilidad habían sido defectos que hubiera tenido que reconocer nunca.
Fueron el miedo y la sensación de incapacidad los que me habían hecho postergar durante meses mis asuntos, desde cuestiones trascendentales como la disolución legal de mi matrimonio hasta otras tan nimias como llevar el coche a la ITV.
Pero mentiría si dijera que fue por eso por lo que la noche anterior había ignorado el mensaje de Salva, a pesar de haberlo leído a una hora decente.
Fue más bien por efecto de otro de los males que los de mi generación habíamos abrazado: el desaire.
Desconozco en qué momento dimos por bueno que dos tics azules pueden valer como forma de comunicación.
Seguramente, esa falta de respeto hacia mi compañero se debió a una de las necesidades más pueriles de la especie: la llamada de atención. Quería hacerme la interesante.
Fue a las siete menos cinco de la mañana siguiente cuando respondí. Tenía la costumbre de llevarme el móvil al baño y, aprovechando ese momento de miseria humana, le escribí:
Perdona, a mí se me complicó la noche. No te preocupes. Y sí, desayunamos.
Lo hicimos en una nueva cafetería que habían abierto no tan cerca de la base como a la que acostumbrábamos a ir.
—¿Me has traído aquí para que no te vean conmigo? —le pregunté haciendo como que bromeaba.
—No cambias. Te he traído para que la conozcas. Muchos de la unidad vienen aquí ahora, por el pan, que es pan de verdad. Y el café también es bueno, ya verás. Sigues tomando café, ¿no?
—Claro, y Fanta de limón. —Ambos reímos—.
Ni una cosa ni la otra. El café tuve que sustituirlo por tisanas, rooibos...
, ya sabes, no duermo muy bien. Y de la Fanta me quité por no despertar a la fiera.
Con la tralla de los chicos, ya tengo suficiente excitante.
No sabes lo dura que es la maternidad, no tengas hijos, en serio.
—Ya veré. Déjame que pida por ti. —Salva me guiñó un ojo y se acercó a la barra.
—Oye, perdona. Igual estás con alguien —me disculpé cuando él regresó con los dos cafés—. No hemos hablado mucho en este tiempo.
—No pasa nada. Y no, no estoy con nadie. Nada de hijos, por ahora.
—Bueno, es cosa tuya, en todo caso. Es que me tienen quemada, pobrecitos míos. Soy lo peor, con lo que los quiero. —Me llevé la mano a la cara para taparme la vergüenza que sentía por haberlo dicho.
—Te he echado de menos en estos meses, Maca. Más de una vez he estado a punto de escribirte para pedirte opinión.
—Podrías haberlo hecho.
—No, no podía. Tú necesitabas descansar y desconectar. ¿Qué tal con el teco?
—Mal, no se fía de mí.
—Dale tiempo. Mira, aquí están nuestras tostadas. Y esta es Clara, mi camarera favorita —nos presentó—. ¿Quieres que te cuente lo que ha llegado? Pero, chitón.
—Dispara.
—No es solo un muerto. —Salva me mostró una fotografía en su móvil.
—Dios, le han cortado el cuello. ¿Tienes que enseñarme eso mientras comemos?
—Perdona. —Apartó el teléfono de mi vista—. Se llama Yeray Santana, era escultor. Encontraron su cuerpo hace un par de días junto a una vieja iglesia románica.
—¿Se lo han cargado en una iglesia? No jodas...
—Sí, bueno, en las inmediaciones. La cosa es que presenta similitudes con otro caso que tienen sobre la mesa desde hace tres meses.
—No me dirás que las similitudes tienen que ver con el escenario.
—Más o menos. No quiero hablar mucho aquí, pero el asunto parece divertido, ya me entiendes.
—¿Dónde ha sido?
—Cantabria. Tenemos que conseguir que te pongan al mando. Te vamos a necesitar.
—¿Me lo estás contando porque soy yo o porque me necesitáis?
—Ambas cosas —reconoció.
—Me vale. Pero mejor no le digas nada al jefe, prefiero que salga de él. Quiero volver a ganármelo, Salva.
—Como veas.
—Oye, tengo que irme. Aún no he ido a recoger la pipa.
—¿Y eso?
—Ya ves, me he acostumbrado a no llevarla. Déjame invitarte.
—Otro día, hoy pago yo.
Cuando estaba esperando a que me atendieran en la oficina de Armamento recibí otro whatsapp de mi compañero con un documento.
No lo abrí porque justo enfrente tenía sentado a un tipo que no paraba de mirarme; por la vista previa intuí que era un atestado.
Cuando llegó mi turno, me entregaron el arma y me fui directa a la galería de tiro.
Entre una cosa y otra hacía casi dos años que no disparaba, tenía que comprobar si podía seguir presumiendo de puntería.
Al salir, vi que el tipo que me miraba seguía allí sentado.
Me resultó desagradable, aunque no tanto como la sensación de volver a empuñar un arma.
Era la primera vez que sostenía una desde la noche de la dichosa Fanta en la que todo estalló.
Por suerte, el malestar se disipó en cuanto abandoné Armamento y volví a centrar mis pensamientos en lo que me había contado Salva. Había recuperado el instinto de caza.
Desde que me reveló de qué iba el caso ya no podía pensar en otra cosa que en el cuello cortado de Yeray Santana y en la posible conexión con un muerto anterior. Tendría que esperar al final de mi jornada para fisgonear en el atestado. Salva, oficialmente, no me había contado nada.
Estaba buscando las llaves del coche en el fondo del bolso cuando sonó mi móvil de trabajo.
Casi no recordaba lo estridente del tono que elegí en su día por si me llamaban en mitad de la noche.
Del susto, el bolso se me cayó en mitad del aparcamiento.
Tuve que valerme del asiento de una moto para reorganizar todo.
Al fin, encontré las llaves y también el móvil, que había dejado de sonar.
La perdida era de mi jefe, me apresuré a devolverla.
—Lago, ¿dónde estás?
—A sus órdenes, mi teniente coronel. En Armamento, he venido a por la reglamentaria y he aprovechado para tirar. Ya voy para la oficina.
—No te preocupes, no es urgente. Te dejo, que tengo lío aquí.
La llamada me resultó extraña. Claramente, me estaba controlando.
Una nube de periodistas se agolpaba en la puerta del edificio que albergaba nuestras dependencias.
Tuve que identificarme para que la guardia de la entrada me dejase pasar; debía de ser nueva.
Cuando entré vi a mi jefe de uniforme. Estaba en el despacho recibiendo instrucciones del coronel junto a otra agente a la que tampoco conocía. Todos iban de bonito.
Salva estaba en su mesa mostrando algo en la pantalla del ordenador a Sofía Ruz, una sargento con quien yo había tenido buena relación al principio y con la que después nunca supe qué pasó.
Fue una de las que gritaban que estaba loca y aquello de «por una puta Fanta de limón» la noche que encañoné al bocazas de Dávila.
No había coincidido con ella desde mi vuelta.
—Hola, Maca. Me alegro de verte —dijo con una sonrisa poco sincera.
—Lo mismo digo, ¿cómo estás?
—Bien, liados con lo del artista.
Parecía que ya no era un secreto, aunque a mí nadie me hubiera hecho partícipe del asunto oficialmente. Su comentario no me resultó nada inocente, me sentó como una patada en el estómago.
Fui a mi mesa sin decir nada. Tomé mi montaña de carpetas y seguí revisando los casos sin resolver, o aparentando que lo hacía.
Pasaba las páginas calculando el tiempo que tardaría cualquiera en leerlas.
Me acercaba un poco más al folio como prestando atención a algún detalle y tomaba notas en mi libreta: escultor.
Volvía a la página anterior como para confirmar o revisar algo que hubiera leído antes y tomaba más notas: cinco de octubre, jueves.
Miraba el nombre de la operación en el informe que tenía delante y lo tecleaba en la base de datos. Un poco de scroll : Yeray Santana. ¿Es español? ¿Nacionalidad?
Volvía al expediente de ni puta idea y otra vez a la libreta.
Sí, oficialmente me había obsesionado.
Yo debería estar en ese despacho, como antes, cuando mi jefe contaba conmigo. Podía notar en el ambiente la adrenalina de los casos gordos, las palabras inconexas que se miden cuando se temen filtraciones. Necesitaba conocer los detalles.
Me puse los auriculares para aparentar que intentaba aislarme, los conecté al teléfono e hice como que buscaba algo para reproducir, le quité toda la voz y le di al play .
Quién mejor que yo para dirigir el caso si era lo que parecía.
Me metí el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.
Sabina mudo cantaba Contigo . Me dirigí a la máquina de bebidas, saqué una Fanta de limón, la abrí haciendo sonar el chasquido del metal que de inmediato fue seguido por el ruido del gas.
Le di un trago largo, saboreé el pellizco ácido en la mandíbula.
Macarena Lago había vuelto.
Poco antes de la hora de almorzar, vi como Salva y Ruz salían decididos de la oficina tras reunirse con mi jefe.
Por lo agitados que se los veía, no parecía que fueran a comer.
Sin pensarlo, salí tras ellos a una distancia prudente.
Esperé a que hubieran abandonado el aparcamiento para arrancar el motor y seguí el coche que conducía Ruz sin aproximarme demasiado.
Al llegar a una rotonda, en la que quedé demasiado cerca de mis compañeros, di la vuelta completa para no tomar la salida de la glorieta a su estela.
Por el retrovisor, me aseguraba de la ruta que seguían.
Fue entonces cuando aprecié, a través del espejo, que una moto que conducía un tipo con casco integral repetía mi movimiento.
Cogí la dirección que justo antes habían tomado Sofía y Salva y, pocos metros después, los dejé ir.
Entré en el aparcamiento en superficie de un hipermercado cercano como si ese siempre hubiera sido de verdad mi destino y confirmé que la moto me estaba siguiendo.
Era la misma de cuyo asiento me había valido para ordenar mis cosas en el parquin de Armamento; apostaba que su conductor era el hombre que me miraba mientras esperaba por la mañana.
Hice una compra rápida en piloto automático y me fui directa a recoger a mi hija, alerta a cualquier rastro a mi alrededor del tipo de la moto.
El estrés de la mañana y lo poco que había dormido la noche previa comenzaban a pasarme factura.
Y dormir mal no ayuda a gestionar los nervios cuando confirmas que alguien te está siguiendo mientras recoges a tu hija en la puerta del colegio.
Lo malo de haberlos perdido antes es que ya has sembrado el precedente.
En cuanto me hube alejado lo suficiente del entorno de la escuela para asegurarme de que ni padres ni profesores podían verme, con mi hija en el asiento trasero, aprovechando un semáforo que se ponía en rojo, paré el coche racheando las ruedas, me bajé y me fui directa al tipo de la moto que tenía otra vez detrás, llevándome ostensiblemente la mano al sitio donde sabía que él entendería que guardaba el arma.
—¿Sabes lo que le pasó al último que me tocó los cojones? —le espeté mientras le levantaba la visera del casco, evitando formar un escándalo mayor por no asustar a Olivia.
El tipo no respondió, ni tampoco se sobresaltó, confirmando que estaba en lo cierto.
—Dime, ¿quién te ha mandado seguirme?
—Tranquila, soy compañero. —Se quitó el casco y me enseñó la placa.
—Compañero..., ya. Esto es cosa del teniente coronel, ¿no?
—No puedo decirte nada, lo siento.
—¿Sabes que eres malísimo? A recoger denuncias te ponía, chaval. Ni una palabra al jefe de esto, ¿me oyes? Y deja de seguirme.
—No le digas que me has descubierto..., por favor.
—Eso depende de ti. ¡Piérdete!
Cuando esa tarde regresé a la oficina, me fui directa el despacho de mi superior con la determinación de hacerme con las riendas del caso. Me había puesto en bandeja la excusa para lograrlo.
—Con su permiso, mi teniente coronel.
Mi jefe me miró como dando por hecho que iba a entrar de todas formas, por lo que no me impidió el acceso, pero tampoco me respondió.
—Quiero estar en el caso del artista. No es justo que me aparte de esta manera. Cometí un error, pero ya he aprendido la lección.
—Ya hemos hablado de eso. No voy a consentirte que me digas a quién tengo que incorporar a una investigación.
—No se fía de mí, por eso ha ordenado que me sigan.
—No sé de qué hablas.
No respondí.
—Vale, tú ganas, me alegra que lo hayas descubierto. Se ve que estás en forma.
—Vamos, no me joda. ¿Acaso va a decir que era una prueba? No confía en mí.
—Eres libre de pensar lo que quieras.
Le mantuve el pulso, en silencio.
—Está bien —rectificó—, dile a Soler que te ponga al corriente de todo. Salís para Cantabria mañana a primera hora. Espero no arrepentirme.
—No lo hará, le doy mi palabra. —Me temblaron las piernas—. ¿Ordena usted alguna otra cosa, mi teniente coronel?
—Que no la cagues, Macarena, el caso te va como anillo al dedo, pero no te precipites. Se trata de resolverlo, no de demostrar nada. Sé que eres de las mejores, pero estás desentrenada. Apóyate en tus compañeros y me vas informando. Nada de dar pasos por tu cuenta, ¿está claro?
—Como el agua.
Solo había un pequeño problema: dar pasos por mi cuenta era mi especialidad.