La Osa de Ándara 3. Soy fiable #2
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3. Soy fiable #2

Entré saludando a todos con más amabilidad de la que recibía.

Pasé por delante de la mesa de Salva, aún desierta, y me dirigí decidida a la mía.

La montaña de archivos me dio los buenos días.

Me recogí el pelo, saqué de mi bolso un paquete de bolígrafos que había comprado para evitar llevarme a la boca los que había en el portalápices y volteé la montaña de carpetas para empezar por el último.

Miré la fecha, la comparé con la de los que ocupaban el primer lugar y confirmé lo que había intuido: no habían tenido la delicadeza de ordenarlos.

Como si no importara el tiempo que alguien que había sufrido llevara esperando respuestas.

A media mañana ya había revisado media docena de casos.

En una libreta, que estrenaba, había tomado notas de tres de ellos.

Tenía intención de presentarle a mi jefe un informe con las conclusiones y proponerle algunas diligencias.

Me llamó la atención la muerte de un anciano en una residencia a quien no le habían practicado autopsia.

Las declaraciones del personal del centro eran contradictorias.

Vi la firma de mi compañero en varios de los informes del caso.

—Oye, Salva, ¿llevaste tú el asunto del señor que murió en la residencia? —le pregunté a bocajarro cuando lo vi entrar en la oficina.

—Buenos días, Maca, vaya recibimiento.

—Perdona, buenos días. ¿Lo llevaste tú?

—Sí, ¿vas a corregirme?

—Ni mucho menos. Pero el jefe me ha puesto a revisar archivos.

—Luego te cuento, ahora tengo que hacer unas gestiones. Pero ya te digo que el juez no está por la labor.

—Vaya. Hablamos cuando puedas.

Vi que abría un correo electrónico que contenía numerosos archivos de imagen adjuntos. La curiosidad me pudo.

—¿De verdad no vas a contarme con qué estás?

—Maca, no me lo pongas más difícil, ¿quieres?

Estuve tentada de ordenárselo, de recordarle que era su superiora, su jefa directa.

La disciplina militar a la que ambos estamos supeditados nunca había sido un recurso del que hubiese tenido que echar mano para que Salva siguiera mis órdenes, ni siquiera cuando todos los demás parecían haberme perdido el respeto.

—Luego te cuento, ¿vale? Pero no aquí —cedió sin necesidad de que volviera a insistirle, quizá solo para librarse de mí.

Regresé a mi montaña de carpetas. Después, tuve que llamar a Informática porque no funcionaban mis credenciales de la base de datos.

—¡Lago!

Cuando levanté la cabeza para buscar a mi jefe, su sombra ya entraba en el despacho.

—A sus órdenes, mi teniente coronel. ¿Da usted su permiso?

—Pasa y siéntate. ¿Cómo estás? —preguntó mientras buscaba algo en sus cajones.

—Todo bien, gracias por su interés.

—Me alegro. Me han llamado de Informática.

—Estoy revisando los casos como me dijo y necesito acceder a los archivos.

—Claro, claro, pero no hagas ningún movimiento comprometedor sin informarme.

—Descuide.

—Puedes pasar a recoger el arma, ya lo he autorizado.

—Mi teniente coronel, estoy bien. Soy fiable.

—Lo sé, por eso estás aquí. Ahora, vuelve a lo tuyo.

Antes de salir del despacho, me volví.

—¿Puedo preguntarle cuándo me incorporaré de lleno al trabajo de la unidad? —Fui sutil. Me hubiera encantado preguntarle cuándo iba a recuperar el mando que me correspondía. Opté por el eufemismo.

—Puedes.

—¿Y bien?

—Cuando llegue el momento serás la primera en saberlo, brigada.

Mientras preparaba la cena para mis hijos pensaba en el zasca de mi jefe.

Me lo tenía merecido, por bocazas y por intensa, aunque no era lo que esperaba.

Antes él no me trataba así. Puede decirse que yo era una de sus personas de confianza, pero estaba claro que lo había decepcionado.

Lo que pasó, pasó delante de todos. Podría haberme puteado de lo lindo, echado encima al Servicio de Asuntos Internos, expedientarme...

, y no lo hizo. Así que tenía que estarle agradecida y aguantar el tirón hasta que él quisiera.

«Menuda mierda de cena les estoy preparando. Pero con qué cara les pongo esto en la mesa —me decía mientras les daba vueltas a las malas sensaciones del día—. Tengo que organizarme y sacar tiempo para hacer la compra. ¡Joder!, qué desastre».

No había estado muy acertada en la elección de la vivienda. Una vez instalada, descubrí lo incómodamente alejada que quedaba la cocina del salón, y eso que el piso no era grande. Estaba tan mal distribuido que, entre ambas estancias, no había otra forma de comunicarse que a voces:

—¡Chicos!, ¿qué os parece si pedimos pizza? —les grité mientras enterraba las cuatro salchichas en el fondo del cubo para que no vieran a su madre tirar comida—. Pero con una condición, que Mario apague la tablet .

Las advertencias bien dirigidas son tanto o más socorridas que las pizzas. Esa noche la solución al desastre llegó poco hecha, casi cruda en mi opinión y con ese regusto a saborizante químico que odio.

—¡Está buenísima, mamá! Ya sabemos dónde llamar cuando queramos pizza —celebraba mi hijo.

—Sí, cariño, está muy buena, cómete otro trozo que yo no tengo mucha hambre —respondí tratando de resultar lo más cariñosa que podía.

Sonó mi móvil. Vi que era un whatsapp de Salva.

—No se coge el móvil en la mesa, mamá. —Quien me regañaba era mi hija pequeña.

—Perdona, es un compañero y creía que era una urgencia, pero no es importante.

Me fastidiaba que una mocosa me dijera cuándo podía o no coger el puñetero móvil, pero se suponía que tenía que dar ejemplo. ¿Su padre haría semejantes esfuerzos? Estuve a punto de preguntárselo a mis hijos, pero me contuve.

—Os libero de recoger los platos por esta noche. Ya lo hace vuestra madre por vosotros, que es muy tarde. Hala, dientes y a la cama.

—¿Puedo coger la tablet ? —preguntó mi hijo.

—Solo media hora, que te desvelas. Ponte la alarma. Y nada de cascos.

No veía el momento de acostarlos y leer el whatsapp de Salva.

Maca, se me complicó el día, lo siento. ¿Desayunamos mañana?