La Osa de Ándara 3. Soy fiable
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3. Soy fiable

Soy fiable

No debe dársele mucho crédito a lo que yo cuente de aquella madrugada porque nunca he logrado recordar del todo lo que ocurrió. Además, le había dado tantas vueltas desde entonces que mi verdad era particular. Pero qué son los recuerdos sino confabulaciones, versiones de lo que creemos que pasó.

Los trámites de la excedencia que me había apartado hacía un año de la sección de Homicidios de la Unidad Central fueron rápidos.

La aprobación oficial no se demoró más de una semana.

Las razones que escribí en la solicitud: dedicarme a mis hijos pequeños.

En los días que mediaron hasta que me la comunicaron tampoco fui a trabajar, digamos que por recomendación de mi jefe.

A Dávila, el que encañoné con la reglamentaria, no le había ido mucho mejor. A los dos meses de estar en Sevilla, supe por Salva que lo habían trasladado, no llegó a decirme adónde; poco me importaba.

En cuanto a los ataques de ira que sufrí, antes incluso del episodio del arma, sí que había mejorado.

No creía que fuera por la terapia ni por el descanso, sino por haberme distanciado de mi marido y de mis muertos; mis clientes, que es como suelo llamar a las víctimas cuando aún no tienen nombre, ni cuerpo, ni gente que llore por ellas.

Fue lo de la Fanta lo que me apartó de todo. Algo bueno tuvo verme convertida en una salvaje: la misma noche le dije a Mario que hasta ahí. A la mañana siguiente, me marché con los niños a casa de mis padres.

Los meses que después pasé en Sevilla me permitieron estar más relajada y compartir la carga de mis dos hijos con los abuelos.

Con ellos podía darme el lujo de bajar la guardia, comportarme como la mala madre por la que yo misma me he tenido siempre.

Pero en Madrid, sola, no me quedaba otra que asumir todas las responsabilidades de las criaturas que acepté traer al mundo como tantas cosas que se aceptan en un matrimonio.

A mi vuelta, solo esperaba que lo de aquella noche no me pasara más facturas y volvieran a acogerme en el grupo como lo hicieron cuando me incorporé a la Unidad Central cuatro años atrás. Un grupo al que volvía, después de un año en barbecho, sin poder evitar sentirme una extraña.

Menos mal que allí estaba mi amigo, Salva, quien antes de todo era mi media mitad, el sargento primero Salvador Soler.

Cuando entré en la oficina el día que me reincorporé, las ojeras me llegaban a la nariz.

Como me había terminado las dos botellas de vino y había dejado el malo para el final, la resaca que me acompañaba era de las de antes.

Se lo confesé a Salva cuando no llevaba ni diez minutos allí para explicar la causa de mi mala cara.

Ese era el tipo de cosas que solíamos contarnos antes de que nos distanciáramos.

No dudaba de que la confianza entre nosotros siguiera intacta, a pesar de que habíamos tenido poco contacto durante mi excedencia por recomendación de mi terapeuta: «Es mejor que te mantengas desconectada de todo lo que tenga que ver con el trabajo, Macarena».

Yo no lo tenía tan claro, pero sabía que debía portarme bien si quería que me dejasen volver.

Por eso, porque deseaba que fuera como si no hubiera pasado el tiempo y me había llevado un alegrón al ver la tarjeta de bienvenida que Salva había dejado sobre mi mesa, me gané también el primer disgusto cuando me dijo que no podía contarme con qué estaban.

—Venga, dime quién es el cliente.

—No seas intensa. No puedo hablar del tema. Además, apenas sé nada todavía.

—¿Estás de coña?

—Maca, no insistas. El jefe quiere hablar contigo, no lo hagas esperar.

— Okey , okey , no insisto. No quiero crearte problemas. —Salva no entró en lo que seguramente intuyó como uno de mis juegos dialécticos—. Gracias por la tarjeta.

—De nada. Bienvenida otra vez. Tómatelo con calma, anda. Y tómate también un ibuprofeno —bromeó.

La vuelta no fue como la había imaginado, más bien fue como si no hubiera pasado el tiempo, pero para mal. Puede que mis ojeras dijeran otra cosa, pero esa mañana me había levantado exultante, deseaba volver a trabajar.

De camino a la oficina —lo que era una hora de atasco desde el culo del mundo al que me había tenido que ir a vivir—, había encendido la radio para oír los sucesos del día; mi entretenimiento en esas últimas semanas: noticias, cajas de mudanza y fantasear con cuál sería el caso que tenía más posibilidades de que me asignaran.

Pero el teniente coronel tenía otros planes para mí: una montaña de carpetas de casos dormidos.

«Así te pones al día. Bienvenida, Macarena. Y, hazte un favor, tómatelo con calma».

Otro con la calma. Como a una niña pequeña a la que ponen a dibujar para que se mantenga entretenida y no dé el coñazo.

Eso, o que me estaba arrimando todo lo que no habían tenido manera de resolver en mi ausencia.

Porque puede que mantener la compostura no sea mi fuerte, pero de falta de olfato, a ver quién puede acusar a Macarena Lago.

Durante la excedencia había subido dos veces a Madrid para hacer gestiones.

La primera vez pasé por la que había sido mi casa para recoger mis cosas y llevarlas a un trastero de alquiler.

Lo había organizado todo de forma apretada para evitar quedarme a pasar la noche.

El mismo día, firmamos el acuerdo de custodia compartida y las escrituras de la venta del piso.

El cheque que entregaron los compradores se paseó por delante de mis ojos sin que me diera tiempo ni siquiera a olerlo, pues entre mi ex y yo se sentaba el representante que habían enviado de la sucursal bancaria para formalizar la cancelación del préstamo hipotecario.

Con mi exmarido hablé lo justo. Salí de la notaría con un juego menos de llaves en el bolso que parecían pesar kilos, porque de vuelta a Atocha caminaba más rápido y con más energía.

Después hubo un segundo viaje. Aunque Mario había elegido el colegio para la pequeña y el instituto para el mayor y yo no me había opuesto, entendí que debía hacer acto de presencia y ver en qué sitio iba a meterlos.

También visité unas cuantas agencias de alquiler de pisos.

Como no tenía mucho margen económico, me conformé con el primero que quedaba lo suficientemente cerca de casa de mi ex para que los niños tuvieran el colegio a mano y no pasaran más tiempo del necesario en trayectos en coche, y lo suficientemente lejos como para no cruzármelo cuando bajara a tirar la basura.

Una habitación para cada uno, garaje, una terraza mínima y un precio que pudiera pagar.

Y, por supuesto, dos baños. Ya había asumido que debía sacrificar mis preferencias en beneficio de mis retoños, pero no pensaba volver a compartir el baño con nadie, ni siquiera con nadie que hubiera parido.

La siguiente vez que subí a Madrid fue a finales de agosto para instalarme.

Los niños llegaron unos días después con el padre, con quien habían pasado su parte de las vacaciones en Cádiz, que es donde nació mi ex y donde yo lo conocí disfrazado de guardia civil, como si no lo fuera, una noche de carnavales hace casi veinte años.

Sus padres mantenían la casa de Cádiz, aunque habían alquilado otra a las afueras de la capital para estar cerca de su único hijo, cosa que a mí me venía muy bien.

Aunque mi ex fuera un capullo integral, siempre me he llevado bien con mis suegros.

Nunca he llegado a saber si ellos estaban al corriente de que el detonante del divorcio fue su relación paralela.

Tampoco creo que tengan que saberlo, aunque debieron de ser, en ese caso, los únicos en no enterarse de que el figura estuvo dos años liado con una compañera.

Lo tenía superado, pero la vuelta y el reencuentro con caras conocidas y cuerpos vestidos de verde volvió a removerlo sin remedio en aquellos días.

Conduciendo hacia la oficina en mi segundo día como guardia reincorporada, le iba dando vueltas al asunto de la infidelidad.

Me preguntaba si Mario, de quien le viene el nombre al primer hijo que tuvimos y que el capullo se empeñó en llamar como él, seguiría saliendo con esa chica.

Con la que me los puso no, aquella historia quedó en nada; con la última.

Me interesaba, teniendo en cuenta que mis hijos iban a pasar una semana de cada dos en casa de mi ex.

Aunque, bien pensado, casi mejor que estuvieran con ella que a solas con el desastre absoluto de su padre.

De Olivia también fue él quien eligió el nombre.

Antes propuso llamarla Macarena, a lo que sí me negué en rotundo.

Primero, porque no me gusta mi nombre, y menos aún haber tenido que soportar media vida bromas interjectivas a cuenta de la dichosa canción; segundo, porque no consideraba que tuviera que privar de identidad propia a mi hija, ni a mí misma.

Los sucesos que daban en el noticiero de la mañana no me ayudaban a salir del bucle mental en el que había entrado; ninguno parecía reunir los requisitos necesarios para acabar en mis manos.

Quería volver a la acción. Necesitaba constatar que no había perdido las facultades.

Así que cuando llegué, me tomé unos minutos antes de salir del coche y me convencí de que tenía que volver a ganarme la confianza de mi jefe.

Haría lo que hiciera falta por demostrarle que seguía siendo la misma.