La Osa de Ándara 2. Laura Lavalle
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2. Laura Lavalle

Laura Lavalle

Comienza a emitir bramidos en cuanto introduce la llave en la cerradura de la puerta de su casa.

En la hora y media que ha transcurrido desde que se ha marchado la cuidadora, la ha estado vigilando a través de las cámaras que tiene instaladas en su habitación; la chica se encarga de accionarlas antes de marcharse.

Veía la televisión entretenida y plácidamente, como una bendita.

En ese rato, ni un quejido, ni un lamento.

Ni siquiera cuando la cuidadora la asea, con mucho menos tacto del que ella pone en la tarea.

Pero, en cuanto nota su presencia, aparecen los dolores, las toses, las arcadas.

— Ah , ya estás aquí —le dice con desdén—, mira qué hora es. Te parecerá bonito.

—Se me ha hecho un poco tarde. ¿Qué tal has dormido?

—Dirás temprano.

Laura no insiste. No le apetece oír que ha dormido mal, como siempre, que no ha logrado pegar ojo.

Lo que en verdad le apetece es bajar las persianas, meterse en la cama y olvidar.

Olvidar la noche que ha pasado, el motivo por el que se ha retrasado, olvidar la puerca y burocrática rutina de la madrugada.

Dormir toda la mañana sin oír sus quejas impostadas.

Dejar de sentirse mal, como si estuviera continuamente desatendiendo cualquier cosa que fuera su obligación.

Se da una ducha rápida. Después, la sienta en la butaca, le prepara el desayuno, la acompaña al baño, no le da tiempo a llegar.

No dice que lo siente, no dice que no ha podido evitarlo.

No es que la mermada agilidad mental solo le dé para hilar reproches, es más bien que las disculpas nunca han formado parte de su registro.

Le debe tantas que pedirle perdón por eso resultaría ridículo.

Laura la limpia, la cambia de ropa, la devuelve a la butaca, le toma la tensión, le da la medicación.

Cuando suena su teléfono y descuelga, su compañero le pide disculpas por la hora, pero se trata de una emergencia.

La madre, juiciosa, acalla sus penas para que no oigan sus lamentos en segundo plano, con la mirada inquisitiva fijada en los ojos de su hija.

Cuando la capitana Laura Lavalle llega al sitio donde han encontrado el cuerpo, ya están allí los de Criminalística, el forense y hasta el juez.

Más de veinticuatro horas sin dormir definen el humor con el que enfrenta el regalo extra de un viernes gris: un cadáver con evidentes signos de violencia en las inmediaciones de la iglesia de Santa María de Lebeña.

De camino hasta allí desde Santander, lo que es más de una hora de trayecto, le han ampliado algunos detalles por teléfono, suficientes para atar cabos.

Desde lejos ha visto el cuerpo sobre el charco de sangre. Dos guardias se afanan en mantener alejados a unos ciudadanos que no parecen locales ni tampoco turistas al uso. Las lonas de las casetas de la exposición instalada en el entorno de la iglesia contribuyen a alejar la escena de los curiosos.

—¿Qué tenemos? —pregunta Lavalle sin cortesía.

—A la orden, mi capitán. Se llama Yeray Santana, iba documentado —le responde uno de los guardias de su equipo tendiéndole unos guantes—.

Se confirma lo que le he adelantado: era uno de los participantes de la exposición de arte.

Presenta un corte en el cuello y un golpe en el cráneo.

El forense lo está examinando y, como ve, los de Criminalística están ya inspeccionando el terreno.

Un golpe en la cabeza, un artista. O, para más precisión, otro golpe en la cabeza, otro artista.

Otro ; esa es la palabra clave.