19. La cuerda
La cuerda
No soportaba seguir mirando el cuerpo inconsciente de Guy por más tiempo. Mientras las sirenas se aproximaban, lo cubrí con una lona que me dieron los pixies, dejando solo su cabeza por fuera. No podía dejarlo allí bajo la lluvia. Pero tenía que marcharme.
—Se lo haré saber a los sanadores —dijo Brivvy, instándome a que me fuera. Podía ver lo que yo deseaba. Los pixies solo eran obstinados por elección propia. En el fondo, tenían una empatía más avanzada que la mayoría de los humanos.
Cogí las llaves de Guy y conduje su moto hacia sabe Dios dónde. Me dije a mí misma que no era un robo. Y no lo era. Se la estaba cogiendo prestada. Tomar prestada la moto después de haberle roto el brazo a su dueño.
—¿Qué coño estoy haciendo? —me pregunté en voz alta.
Treth no dijo ni una palabra.
Me salté un semáforo en rojo y seguí apretando el acelerador. El mundo se convirtió en un borrón. No era capaz de distinguir coches, árboles o personas. Y pasé volando a su lado. Ilesa, aunque no lo mereciera.
Si muriera, ¿me lo merecería?
¿Merecía Josh que le arrancaran el cuello? ¿Merecía Guy que le rompieran el brazo?
Darius los puso en ese camino. Pero yo les di el último empujón…
Y era culpa mía que él estuviera aquí.
¿Darius hizo daño a mis amigos? ¿O fui yo?
En aquel torbellino, no lo sabía. Pero sí sabía que no importaba. Mis dudas no cambiaban nada. Seguía habiendo una nube sobre Hope City. Y la oscuridad se cernía sobre nosotros.
La lluvia caía silenciosa sobre Hope City.
Las nubes cubrían lo que debería haber sido un cielo azul de verano.
Y llegué inconscientemente al final de la carretera, en la falda de la Table Mountain.
Un sendero se extendía más allá del callejón sin salida.
Sabía demasiado bien a dónde conducía ese camino.
Aparqué la moto de Guy y avancé por el sendero de la montaña, contemplando los escarpados acantilados grises de la Table Mountain.
La vegetación brotaba a través de la roca desolada.
Recordé cuando criaturas blancas se aferraban a la pared del acantilado, mirándome con ojos impasibles, como carbón.
Todo estaba en silencio. Solo oía el roce de mis botas sobre la arena y el siseo bajo del agua evaporándose al contacto con mi abrigo llameante.
¿Por qué había venido aquí?
No solo ahora. Sino siempre. Este no era un lugar que debería querer volver a visitar. Pero lo hacía. Una y otra vez. Después de pensar que lo había perdido todo… siempre volvía al lugar donde se lo quité todo a un hombre que creía que me caía bien.
Treth mantenía su vigilancia silenciosa sin manifestarse. No hablaba. ¿Se sentía tan derrotado como yo? ¿O es que no entendía por lo que yo estaba pasando?
Treth no se sobresaltó al ver lo que yo vi al final del camino. Me detuve, haciendo que el mundo se quedara completamente en silencio, de no ser por el rítmico golpeteo de la lluvia.
De pie en el borde del acantilado, donde había matado a Cornelius Black, estaba un elfo alto con las manos cruzadas a la espalda. Miraba hacia la ciudad.
Debía de estar viendo algo muy distinto a lo que veía yo. Él odiaba esta ciudad. Por todo lo que le había hecho. Y por mucho más que yo nunca comprendería. Pero a mí también me había hecho daño antes. Muchas veces.
Yo no odiaba esta ciudad. No importaba lo que me hiciera. Porque perseveraba.
No odiaba esta ciudad. Porque esta ciudad era yo.
Pero, ¿podríamos capear este temporal?
Di un paso cuidadoso hacia delante, echando mano de un arma. No tenía a Ithalen. Pero tenía mi seax y la Voidshot. Saqué con cuidado el arma de fuego encantada.
Podía matar a Darius ahora mismo. Entonces su juego se acabaría. Sin tormentas. Se acabó la paranoia. Se acabaron las traiciones sin sentido.
—No es tan sencillo, Kat Drummond —dijo Darius. Que me reconociera me sorprendió—. Si muero, mis agentes durmientes, entre los cuales están tus amigos, perecerán. Su sangre, la poca que les quede, manchará tus manos.
Se giró para mirarme. Ya no sonreía. Ya no parecía un loco. Parecía… en cierto modo… cansado. Un cansancio satisfecho tras una victoria.
—Has probado una pizca de mi poder. ¿Quieres seguir jugando?
No le concedí la satisfacción de una respuesta. Mantuve la Voidshot apuntándole.
Brett, Guy… y posiblemente todos los demás…
Había llegado a todos ellos. A todos y cada uno. Y, si apretaba el gatillo…
—¿Cómo? —pregunté, simplemente.
Esbozó una pequeña sonrisa.— Un mago nunca revela sus trucos. Has sobrevivido a la segunda andanada. Bueno, estabas destinada a ello. Siempre has estado en jaque mate, Drummond. Solo necesitaba que te dieras cuenta. Necesitaba que supieras, sin faroles, que no hay nada que puedas hacer.
—¿Por qué? ¿Por qué no simplemente conseguir que me uniera a ti desde el primer momento?
—Porque seguirías pensando que eres la estrella de esta producción. Que eres la buena de la película.
Se acercó a mí, con naturalidad, hasta que la Voidshot quedó apuntando directamente a su pecho. Se inclinó y me miró a los ojos.
—Lo sientes. Sé que lo sientes.
—¿Qué? —escupí. O, al menos, lo intenté. Salió como un susurro.
Se incorporó de repente, señalando el borde del acantilado.
—Resulta curioso —dijo—. Que este sea el lugar que visitas cuando buscas consuelo. El lugar donde mataste a un hombre inocente.
—Él intentaba matarme.
—¿Y eso hace que esté bien? ¿Acaso no se le permite a la madre osa proteger a sus oseznos de los cazadores furtivos?
—Yo no le hice nada…
—Au contraire, mi querida Cazadora. Forzaste la mano de Cornelius Black. Hiciste necesario que defendiera sus deseos y su visión con la fuerza. Porque tenías que ser una heroína. Porque no podías dejar que un hombre intimidado y abrumado encontrara su lugar en este mundo.
—Quería despertar al Titán. Quería destruir el mundo.
—Porque no tenía lugar en él. Porque este mundo lo obligó al ostracismo. Le pisoteó la cabeza. Una y otra y otra vez. Hasta que tú le diste el golpe final. ¿Asististe a su funeral? ¿Viste que solo una persona acudió? Lloró. ¿Y sabes por qué? Porque él le importaba a alguien. Y tú se lo arrebataste…
—¡Tú eres el asesino aquí! —repliqué—. Hiciste que Jane matara a Radebe. Hiciste que mataran a Josh mientras retorcías su mente para que nos atacara.
—Jane apretó el gatillo. Tu amiga mató al hombre lobo.
—¡Porque los obligaste!
—¡Exacto! —articuló él, radiante de triunfo—.
Estás empezando a entender el mundo. Hice actuar a mis marionetas.
Del mismo modo que tú empujaste a Cornelius a actuar.
Del mismo modo que me empujaste a mí. Y del mismo modo que cada acto recibe una reacción, llevando a otro acto.
Este mundo es un ciclo de odio. No hay causa.
No hay justicia. Solo hay culpabilidad. ¿Entiendes ahora por qué no puede haber héroes?
Porque todos somos piezas de este rompecabezas caótico y violento.
Nosotros somos los villanos, Kat Drummond. Tú y yo.
Quería gritarle. Quería ignorarlo como al loco que era.
Pero, ¿podía hacerlo?
Sabiendo que, de no ser por mí, el brazo de Guy no estaría roto, Josh seguiría vivo, Jane sería libre y Cornelius no estaría enterrado en un cementerio desconocido.
No sabía cuántas cosas había matado.
Pero sabía que estaba cansada de luchar.
—¿Qué quieres? —pregunté, con los hombros hundidos y la Voidshot colgando sin fuerza a mi costado. Treth miraba, incrédulo.
Había sido injusta con él, al no compartir mis emociones. Pero Darius me había arrancado de todos. Incluso de él.
—Quiero honestidad en este mundo —dijo—. El fin de la hipocresía, y de los falsos sentidos de libertad o igualdad. Que no haya más pedestales. Ni buenos ni malos. Solo cruda realidad. Y tú vas a ayudarme.
—Resístete, Kat —me instó Treth. No, me lo suplicó—. Se equivoca sobre el mundo. Se equivoca sobre ti. Existe el bien y el mal en este mundo. Y tú eres de los buenos.
¿Lo era? ¿Habiendo causado tanto dolor?
—Podemos derrotarlo. No te ha destruido. ¡Tenemos una oportunidad! —continuó Treth, manifestándose y agarrándome la mano. Darius no rompió el contacto visual. Parecía dispuesto a esperar toda una vida por mi respuesta.
Nunca se rendiría. Jamás. Y si lo mataba, lo único que sabía hacer, él mataría a todos los que alguna vez me habían importado.
Esto no iba de su retorcida ideología. Iba de mis amigos. Mi familia. De todos.
Por el bien de todo lo que amaba… lo sacrificaría todo.
—¿Qué debo hacer? —pregunté finalmente. Treth desapareció en un soplo, retirándose a su cámara espectral para gritar. Le envidiaba. Pero, al menos en su ausencia, esto sería más fácil.
La sonrisa de Darius se ensanchó.
—La nigromante descarriada —dijo—. Candace Evergreen. Tráemela en Nochebuena.
Asentí.— Lo haré.