16. Manada
Manada
Constantia se había visto gravemente afectada por el encarcelamiento de los fae durante la epidemia de la Gripe Férica.
Seguía siendo una de las zonas más verdes de Hope City, pero sus legendarios bosques de dríades habían mermado considerablemente.
De camino al complejo de la manada, pudimos permanecer bajo el sol durante gran parte del trayecto; lo normal habría sido ir a la sombra todo el tiempo.
No era más que otra consecuencia de la reacción exagerada del gobierno en un esfuerzo por aparentar que estaba haciendo algo.
Aun así, Constantia seguía siendo uno de los barrios más ricos de la ciudad.
Al conducir entre fincas y mansiones, la riqueza simplemente se respiraba.
Pasamos por delante de una mansión de aspecto pintoresco tras una valla de hierro forjado.
Brett me había dicho que allí vivía la líder vampira del Cártel Sanguineas, Victoria Kruger.
No parecía estar de humor para explicarme cómo lo sabía.
Pranish llamó al timbre de la puerta. Se le consideraba un amigo de la manada. A mí también. Pero yo no había solicitado una tarjeta de acceso.
La furgoneta de Brett estaba aparcada, esperándonos dentro.
Mi novio estaba apoyado en su vehículo, hablando con un joven pelirrojo al que reconocí.
Senegal. Él había acompañado a Trudie cuando la estuvimos reintegrando en la sociedad humana.
Más tarde, yo le había salvado la vida al tiempo que lo curaba de la licantropía.
Esa última parte era un secreto, ya que él había optado por ser infectado de nuevo por Gareth, el alfa de la manada.
Pranish entró en una plaza de aparcamiento justo cuando Trudie salía de la casa principal. Llevaba un paquete de… ¿eso era beicon?
—Te has empeñado en poner a prueba los límites de tu salud, ¿verdad? —exclamé, poniendo los ojos en blanco.
Ella se encogió de hombros.
—Si puedes sobrevivir a un colmillo atravesándote el estómago, puedes sobrevivir al colesterol. Ah, y siento lo de tu casa.
—No lo sientas. Voy a matar al imbécil responsable.
—Bien hecho. ¿Puedo ayudar?
Estaba a punto de responder afirmativamente, pero vacilé. Ella se dio cuenta.
—Puede que no sea tan sencillo, Troodz —intervino Pranish, saliendo al rescate—. El enemigo puede manipular nuestras mentes de alguna forma. No es exactamente distorsión mental, pero podría estar relacionado.
—Espera… ¿creéis que…? —Trudie parecía a punto de ofenderse.
—Fui controlado —dijo Brett, entrando en la conversación con Senegal pisándole los talones. Se acercó hacia mí y se detuvo con reticencia. Vi dolor en su rostro, y ver que tenía miedo de acercarse a mí hizo que me escociera el corazón.
Pero aún no me había hecho daño. Y tenía el presentimiento de que Darius no iba a usarlo de esa manera.
Me acerqué a su lado y tomé su mano entre las mías, entrelazando nuestros dedos. Pareció aliviado cuando le di un apretón.
Senegal me miraba fijamente. Asentí a modo de saludo. Él me devolvió el gesto. Me caía bien el joven hombre lobo, y creo que yo le caía bien a él. Pero también sabía de lo que yo era capaz.
Brett respiró hondo y continuó.
—No recuerdo lo que hice, pero mi voluntad ha sido comprometida. Lo que significa que cualquiera de nosotros podría estarlo.
—Incluso yo —dije—. Pero el enemigo, un elfo llamado Darius, dice que no me va a usar como una marioneta porque eso sería poco deportivo.
—A mí me suena a un tipo repugnante. La deportividad es para… bueno… los deportes. No para jugar con las jodidas vidas de la gente —dijo Trudie con bastante elocuencia.
—Entonces —dijo Pranish—, supongamos que ese tal Darius dice la verdad. Eso significa que la única persona en la que podemos confiar es Kat. Pero no sucede lo mismo con ella hacia nosotros.
Trudie pareció desanimada pero comprensiva.
Volví a apretar la mano de Brett para tranquilizarlo.
No sirvió de mucho. Necesitaba convencerlo de que no era culpa suya.
Pero Brett se había pasado la vida entera culpándose a sí mismo.
Esta era otra cruz más con la que cargar. Y mataría a Darius por hacerle esto.
—Kat —dijo Pranish, observándome mientras yo miraba a Brett—. Esa señora enana. Háblanos de ella.
—Se hace llamar Anni Fleur. Fue ella quien le ordenó a Brett que casi… ya sabéis…
Trudie no lo sabía, pero eso no importaba.
—Intenté luchar contra ella anoche y de nuevo hoy.
Era rápida. Demasiado rápida. No podía seguir sus movimientos.
Por suerte, no parecía tener intención de matarme.
Hoy solo quería hablar. Al principio parecía razonable.
Mucho más razonable que Darius. Pero luego empezó a soltar el rollo de que el plan de Darius para cambiar el mundo justifica sus actos.
—¿Cuál es su plan? —preguntó Pranish con el tono de un detective veterano. Lástima que estuviera hasta arriba de DigiLaw. Nos habría venido de perlas a tiempo completo en los Cruzados. Los magos detectives siempre estaban de moda.
—Algún plan vago y loco para vengarse de la ciudad y del mundo. Ambos parecen resentidos por ser no-humanos nacidos en la Tierra. Anni está obsesionada con las tradiciones de sus ancestros. Darius parece odiar a los humanos. Pero, sobre todo, odia lo que él llama héroes.
—¿O sea, la típica basura de villano delirante? —intervino Trudie.
Asentí. —Ah, y también dijo que trabaja para los…
Me detuve cuando Gareth Blanche salió por la puerta de la casa principal. Gareth era alto, rubio y barbudo. Sus penetrantes ojos azules solían volverse de un dorado espléndido. Por suerte, en este momento no se sentía nada lobuno. Eso era bueno para nosotros.
—Kat Drummond, la Última Luz. ¿A qué debo el placer de su visita?
Estaba de un humor extrañamente bueno. Examiné su expresión. Sus ojos no eran hostiles ni depredadores, pero había un aire de sospecha en ellos. Yo nunca visitaba el complejo a menos que hubiera una razón pertinente para hacerlo. Y esas razones rara vez eran agradables.
—Alfa —dijo Pranish con respeto, apartando la mirada.
Se había pasado mucho tiempo entre los hombres lobo.
Prácticamente se había vuelto peludo él mismo.
Me preguntaba si alguna vez se arriesgaría a recibir la maldición de parte de Trudie.
La licantropía podía transmitirse por vía sexual, aunque los anticonceptivos solían ser efectivos contra ella.
Y había oído que era más fácil para un hombre lobo infectar a una mujer humana a través del sexo que al revés.
Así era como Trudie había sido convertida.
Aún sentía una pizca de satisfacción por haber matado al bastardo que se lo hizo.
—Nos gustaría ver a Maxine —continuó Pranish—. Para tener una segunda opinión sobre el estado de Brett.
—¿Estado? —Gareth enarcó una ceja. Pude sentir que Brett quería estremecerse mientras el alfa lo examinaba de pies a cabeza—. ¿No está disponible la señorita Giles?
—Queremos confirmar algo —dije—. Cindy nos ha dado un diagnóstico, pero tenemos motivos para sospechar que podría estar equivocada.
—¿Se me permiten los detalles? —preguntó, mirando a Senegal. Para mi sorpresa, Senegal miraba fijamente a Trudie. Pero la mirada no era de afecto ni de deseo. Era adoración de otro tipo. Reverencia.
Trudie se estaba convirtiendo en alfa. Y Senegal era uno de los compañeros de manada que se inclinaban ante ella, me di cuenta con una sorpresa silenciosa.
—No quiero molestarle —dije antes de que Gareth notara la deslealtad de Senegal—. Pero si de verdad quiere los detalles, puedo dárselos. Sin embargo, podría amenazar la seguridad de la manada.
—¿Y usar a Maxine no lo hará?
Tenía un buen punto de vista. No sabía por qué no quería decírselo. Quizás porque ya se lo habíamos contado a demasiada gente. Pero los ojos de Gareth empezaban a cambiar de color.
Suspiré.
—Hay un elfo llamado Darius que posiblemente ha sometido a Brett a una distorsión mental…
—Pero es una forma de distorsión mental que no hemos encontrado antes… —continuó Pranish.
—¿Y creen que la señorita Giles podría estar comprometida, y que Maxine está tan fuera de su círculo íntimo que será una purificadora fiable? —concluyó Gareth.
Asentí. Él empezó a alejarse, indicándonos que lo siguiéramos.
—Es amiga de la manada, Drummond —dijo—. Sus enemigos son nuestros enemigos. Lo menos que podemos hacer es dejarla usar nuestros servicios de purificación.
—Gracias… alfa.
Gareth nos guió por el complejo, por detrás de la casa principal.
Nunca me había dado cuenta de lo verdaderamente grande que era la finca.
Aunque había algunas casitas y edificios bordeando el camino de entrada hasta la casa principal, en el patio trasero había un auténtico pueblo.
Vi una piscina, pistas de tenis, un invernadero e incluso un campo de fútbol entre muchas casas.
Los hombres lobo prosperaban juntos, me decía Trudie. El complejo me impresionaba, pero incluso con su tamaño, no me gustaba la idea de vivir junto a tanta gente. Con Brett tenía suficiente. Y con Treth. Y los pixies… vale, quizá sí podría vivir con mucha gente.
Gareth se detuvo ante un edificio blanco de una sola planta cerca del campo de fútbol, marcado con una cruz roja gigante. ¡Tenían su propia clínica!
—Maxine —anunció Gareth al entrar. Una mujer de aspecto apocado, con gafas redondas y una coleta de color castaño oscuro, asomó la cabeza desde un quirófano.
Por fortuna, parecía estar vacío en ese momento.
Llevaba una bata blanca de laboratorio con una insignia de la Cruz Roja en la solapa.
La Cruz Roja no tenía tanto prestigio como Heiligeslicht, pero seguía estando fácilmente entre las cinco mejores asociaciones de sanadores y purificadores del mundo.
Un hombre de piel oscura que vestía un pijama sanitario estaba limpiando unos aparatos médicos en un mostrador frente a ella.
—¿Sí, alfa? —preguntó ella. Tenía que ser una mujer lobo para vivir aquí, a menos que Gareth hubiera hecho una excepción, pero me costaba imaginarla como tal. Bueno, también me costaba ver a Trudie como una mujer lobo, y aquí estábamos.
—Esta es Kat Drummond, la Última Luz. Kat, esta es Maxine Groebler. Purificadora de la Cruz Roja. El enfermero de ahí es Josh Cetshe.
Josh y Maxine inclinaron la cabeza con respeto. —¿Qué puedo hacer por ustedes?
Empujé suavemente a Brett hacia delante. Él accedió, pero seguía pareciendo cohibido al ser el centro de atención.
—Sospechamos que mi novio ha sufrido una distorsión mental a manos de un enemigo. Nos gustaría que lo confirmara… si no está demasiado ocupada.
Ella se hizo crujir los dedos y sonrió. —¡Claro que no! Cualquier cosa por una amiga de la manada y por la persona que salvó la ciudad.
Casi me sonrojé.
—Pase por aquí, por favor…
—Brett.
—Por favor, túmbese en la camilla de operaciones. Sí, así. Ahora, respire hondo. Inspire… espire. Así está bien…
Nos amontonamos alrededor de Brett mientras él lo sobrellevaba lo mejor que podía, siendo observado por una horda de gente mientras yacía sobre una losa fría. Incluso Josh había dejado de limpiar para mirar.
Le sonreí a Brett para tranquilizarlo. Él me devolvió la sonrisa mientras Maxine comenzaba a recitar los encantamientos. Reconocí algunos de sus conjuros iniciales. No era una hechicera y estaba conectando con la línea wey local para usar su poder. Cindy, anoche, no había necesitado hacer eso.
Estaba vigilando de cerca a Brett cuando sentí una oleada de alarma emanar de Treth. El tipo de alarma que solo podía significar una cosa: un monstruo.
Me giré, buscando un arma. Demasiado tarde.
—¡Brett! —grité, mientras Josh se abalanzaba sobre él en plena transformación. Era rápido. Demasiado rápido. Y yo estaba demasiado lejos.
Pranish se interpuso en el camino, pero ninguno de sus encantamientos sería lo bastante rápido. Aun así, salmodiaba con calma una letanía de palabras mágicas. Aunque nunca llegarían a estar listas a tiempo.
Corrí hacia él, con fuego saliendo de mi espalda como un cohete. Pero no sirvió de nada. Vi cómo un hombre lobo se lanzaba hacia mi amigo, mientras un borrón negro lo interceptaba en el aire.
El crujido de los huesos y el chapoteo de la carne ensangrentada resultaron inequívocamente fatales cuando el borrón aplastó la forma lobuna de Josh contra el suelo.
Trudie jadeaba tras su estallido de velocidad y su rápida transformación. Se había arrancado toda la ropa. Unos jirones se adherían a su cuerpo peludo. El cadáver inerte del lobo Josh estaba entre sus fauces, con su cuerpo destrozado esparcido sobre las baldosas agrietadas.
Miré a Gareth. Sus ojos ni siquiera eran dorados. Estaba conmocionado. Demasiado conmocionado incluso para transformarse. Todos lo estábamos.
Trudie no soltó a su presa hasta que Pranish se puso en cuclillas a su lado, tocándole la cabeza ligeramente, hasta que ella soltó el cuerpo y volvió a su forma humana, cubierta de sangre.