La Orden Oscura (Serie Kat Drummond 11) 6. Debate
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6. Debate

Debate

A pesar de la fatiga y las heridas, tenía una promesa que cumplir esa noche. Y yo siempre cumplía mis promesas.

Brett nos llevó a Cindy y a mí a la emisora de noticias de Hope City, en el Casco Antiguo.

En un principio, solo íbamos a ir Cindy y yo, ya que a Brett este tipo de política local le resultaba aburrida, pero estaba preocupado por mí e insistió en acompañarnos.

Como si necesitara una enfermera. Bueno, al menos era un enfermero macizo.

Brett llevaba una americana negra y pantalones de traje, sin corbata.

Cindy lucía un favorecedor vestido azul que dejaba al descubierto las runas escarificadas de sus brazos.

¿Yo? Llevaba una camisa elegante y vaqueros, con mi abrigo encima.

Jane y yo lo habíamos discutido en varias reuniones de estrategia.

Todos en este debate debían vestir ropa de gala.

Excepto yo. Porque yo era la Última Luz y podía hacer lo que me diera la gana.

Bueno, no exactamente eso. Pero el abrigo era icónico y se había convertido en un símbolo no solo de mi triunfo sobre Loviatar, sino también de la campaña de Jane.

Brett se mantuvo cerca de mí mientras subíamos los escalones hacia el vestíbulo. Cindy saludó a unos amigos que vestían tabardos de Heiligeslicht. Hice una mueca ante algunos flashes de cámaras. ¿De verdad los necesitaban? El lugar estaba lo bastante bien iluminado.

Brett fulminó con la mirada a un reportero que se interpuso en nuestro camino y de repente agradecí mucho más su presencia cuando el paparazzi glorificado se echó atrás.

Se nos permitió saltarnos la cola cuando un hombre elegantemente vestido, que portaba una Glock-19 en su funda, nos dejó pasar.

¡Incluso hizo una reverencia! No me gustaba la atención indebida, pero debo decir que saltarse las colas era una ventaja agradable.

Especialmente ahora que los reporteros habían quedado firmemente atrás.

—Todavía puedo caminar, ¿sabes?... —refunfuñé, mientras Brett me ayudaba a subir los últimos escalones como si fuera una anciana.

Él no se apartó, lo que me hizo sentir simultáneamente irritable, amada y vieja.

Otro hombre nos abrió la doble puerta de cristal y nos dejó entrar.

El clamor y los clics de los reporteros y fotógrafos pronto fueron sustituidos por el melódico parloteo de las figuras influyentes de Hope City.

Medios de comunicación, política, negocios.

Y ahora, al parecer, cazadores de monstruos.

—¿Lo ves? —susurró Cindy, señalando con disimulo a un hombre con el pelo rapado al estilo militar que aferraba un vaso de whisky.

—Edward Taragon. Director general de Puretide.

Brett estaba haciendo una mueca de desprecio, pero no a Edward. Miraba fijamente a un joven sonriente de pelo largo y negro. Llevaba una insignia de un draco carmesí en la solapa. El director general de Drakenbane, Mark Huguenot. El antiguo jefe de Brett.

—Parece un crío —susurré.

—Mira quién fue a hablar —añadió Treth, mirando un plato de salchichas cóctel. No sé por qué. No había comido nada en años. Años de fantasma. Y los años de fantasma eran largos. Creo.

—Kat Drummond. La Última Luz de Hope City.

Me giré para ver al perpetuamente ceñudo Stephen DuPreez.

Pero esta vez, su ceño se había transformado en una especie de sonrisa.

Aunque Stephen tenía un cabello asombrosamente blanco, no parecía tan viejo.

Cuarenta y pocos, como mucho. Era un hechicero e incluso los que no entendían del tema podían adivinar que era uno poderoso. Prácticamente vibraba con su chispa.

—Meister —incliné la cabeza a modo de saludo—. ¿Dónde está la señora McAbee esta noche?

—Alguien tiene que vigilar la Ciudadela mientras yo no estoy.

No hemos tenido que lidiar con nada parecido al caso Digby de nuevo, gracias al Titán, pero cualquier cosa, desde un cepillo de dientes perdido hasta un internet lento, podría sembrar el pánico entre los magos.

Charlotte se asegura de que eso no ocurra.

—Me llena de confianza saber que nuestra ciudad está protegida por caballeros tan serenos.

Stephen, milagrosamente, se rió. No esperaba esto de él. El meister de la ciudadela del Titán, el hombre que lideraba a los Magos del Titán en sus esfuerzos por mantener a Adamastor dormido, siempre había sido un hombre severo. Incluso grosero. Pero ahora estaba de lo más amable.

—No hay fingimiento con usted, Srta. Drummond. Ha salvado esta ciudad al menos dos veces. Y, extraoficialmente, posiblemente más. Vimos su actuación a través de las grabaciones de las cámaras de seguridad después de que despertáramos de las dolencias de Loviatar. No sabía que fuera usted hechicera.

Cindy me lanzó una mirada. No le gustaba esa línea de interrogatorio. Pero yo no podía ir por ahí dejando que pensara que tenía chispa. Era fácil de desmentir.

—Brujería —corregí—. Pero por favor, no me pida que recite ese hechizo. Pasa factura.

Pasaron unos camareros y Brett y yo aceptamos unas cervezas. Cindy tomó un refresco. Stephen pidió un cóctel a medida con instrucciones complejas.

—Debo decir que cuando la contratamos por primera vez, no la tomé por una practicante de wey .

Utilizó la palabra élfica para la magia. Muy cosmopolita. Yo respondí con desgana:

—Lo soy cuando me conviene.

Stephen seguía sonriendo, pero sentí su mirada intensamente. Como si me estuviera traspasando el alma.

Brett me apretó la mano y luego señaló.

—Mira, han llegado Pranish y Trudie.

¡Bendita coincidencia y bendito Brett Callahan!

—Disculpe, Meister —dije, intentando ocultar mi alivio—. Acaban de llegar mis amigos.

Stephen inclinó la cabeza. —Hasta la próxima, Última Luz.

Me resistí a temblar. Cuando estuvimos fuera del alcance de sus oídos, le dije a Cindy:

—Lo prefería cuando era un capullo.

Cindy asintió. —La amabilidad no funciona con según qué personas. Simplemente parece que quieren algo.

—¿Alguna idea de qué?

—Posiblemente seas la persona más famosa de la ciudad en este momento —dijo Brett—. Todo el mundo va a querer un pedazo de ti.

—¿Y tú?

Él sonrió con picardía. —Yo ya tengo mi pedazo.

El atuendo de Pranish no difería del habitual. Camisa blanca con un chaleco de punto gris encima. Pantalones chinos. Trudie llevaba un vestido negro bastante favorecedor y había recuperado por completo su máscara de pestañas negra y su estética gótica.

—¡Prani, Troodz! —saludé, abrazando a ambos—. ¿Cómo han ido las cacerías?

Trudie sonrió y, aunque sus dientes no estaban afilados en ese momento, no pude evitar considerar que la sonrisa era al menos un poco depredadora. No llevaba gafas de sol y sus ojos no brillaban, así que los efectos de la luna llena de la noche anterior se habían desvanecido.

—Digamos que el almuerzo ha sido abundante.

—Qué asco —dijo Pranish—. ¡Con esa boca besas a tu madre!

—También te beso a ti con esta boca y no te veo quejarte.

—Pues igual empiezo ahora...

Sonreí ante el tira y afloja.

—Bueno —dijo Brett—. ¿Qué se siente al ser un pez gordo de la tecnomagia?

Fue el turno de Pranish para sonreír. No estaba aquí como invitado mío. Había sido invitado por mérito propio. DigiLaw, la combinación de legimancia e informática de Pranish, había sido una sensación, dejando obsoletos a muchos abogados, legimantes y tribunales.

—Cinco mil contratos procesados solo este mes, por ahora —dijo Pranish—. Tenemos una gran y lujosa granja de servidores en el Casco Antiguo. No os aburriré con los detalles.

—Uno podría perderse allí dentro. Como en un laberinto —añadió Trudie.

—Me hace ilusión lo del anonimato —dije—. Cinco mil contratos y el gobierno no llega a ver ni uno solo. Colin se habría sentido orgulloso.

Brett me apretó la mano y sonrió con tristeza.

Nunca superaría lo de Colin. Pero no era necesario. Ahora estaba con Brett. Y él no tenía por qué ser Colin.

—El libertarismo de Colin definitivamente se me pegó —dijo Pranish.

—¿Y qué hay de mi anarquismo?

—¿Te refieres al nihilismo? No voy a adoptar tu credo de quejarme de cosas que no pueden cambiar.

Saqué la lengua. —¡Claro que pueden cambiar! Solo se necesitan muchas armas y muchas espadas.

—¿Última Luz? —preguntó una asistente que llevaba una insignia de Vote Phoenix, con la mano sobrevolando las llamas de mi abrigo. Observaba las chispas con una ansiedad no disimulada.

—¿Sí?

—A la señora Phoenix le gustaría hablar con usted. Está en un camerino. ¿Podría seguirme?

Le entregué a Brett mi botella de cerveza a medio vaciar y seguí a la asistente.

Unas cuantas personas, muchas a las que no conocía y algunas a las que sí, me observaron mientras desaparecía por una entrada de servicio y seguía a la asistente pasando junto a ajetreados miembros del equipo.

Uno me detuvo y me pidió que le firmara una foto.

Era una foto de mi primera rueda de prensa con Jane.

Aquella en la que se había arrodillado ante mí en el escenario.

Firmé la foto, intentando por todos los medios ocultar mi reticencia, y continué.

La asistente llamó, Jane respondió y entré sola.

—¿Qué necesitas, Jane? —pregunté. Llevaba su mejor vestido de negocios negro. Pero en la solapa lucía un pin de Cruzado. No su propia insignia electoral, sino la nuestra. No sabía si era puramente una declaración publicitaria o porque realmente creía en la causa de los Cruzados.

Jane se iluminó al verme y despidió a la maquilladora de la habitación.

—¡Llevas el abrigo! —exclamó, feliz.

Me encogí de hombros. —Cuando llevo vestidos, suelen pasar cosas malas. Bueno, pasan cosas malas cuando llevo el abrigo, pero al menos puedo quemarlas. Así que, ¿qué necesitas?

Jane pareció confundida por un segundo y luego sacudió la cabeza.

—Nada, nada. Solo... sí. ¡La gran noche! Me siento un poco nerviosa.

—Aún faltan dos meses para las elecciones. Todavía quedan muchas conferencias de prensa y debates.