25 #2
Había tres peldaños desiguales que nos separaban en altura donde estaban situados ellos y el ridículo trono. Puse un pie en el primero con decisión y él acudió a mi llegada ofreciéndome la mano.
La cogí con fuerza, estaba fría y escurridiza como una serpiente. Y sonreí de verdad, porque tenía lo que había venido a buscar. Mis dedos se cerraron como una presa sobre su puto anillo de mierda. Entonces el brazalete empezó a iluminarse cegándolo por completo y llenándome de energía.
—Hijo del mal, cabronazo asqueroso… ojalá tu carne putrefacta se desintegre para siempre. Ignis aeternus.
Empezó a chillar como un animal herido, pero ante mi perplejidad sus alaridos mutaron en unas carcajadas ensordecedoras. En un movimiento rápido me dio la vuelta atrapándome contra su pecho, que aún temblaba bajo su risa, para susurrarme en el oído.
—Tú y yo nos vamos a divertir de verdad. Pero ahora viene lo interesante…
Rasgó la piel de Candela con el anillo haciendo brotar su sangre y empezó a recitar un cántico que hizo estremecer cada piedra del submundo.
Los temblores empezaron a azotar tan fuerte que se desprendieron parte de las paredes provocando un derrumbamiento a nuestro alrededor, taponando casi toda la entrada por la que habíamos accedido.
—¿Qué has hecho loco de mierda?
—El verdadero plan siempre había sido atraeros hasta aquí, habéis sido la clave para abrir el portal y despertar la totalidad de mis poderes.
Ya ha empezado ¿lo notas? y no se puede parar.
Con vuestra ayuda he desatado un cataclismo que absorberá el mundo de los vivos hacia las profundidades del submundo.
—Ahora tendrás todas las almas… —la voz me temblaba de miedo y angustia. Eso significaba muerte y poder absoluto.
—Ya ves, en realidad jamás me hizo falta salir de aquí, porque voy a tener todo lo que siempre he querido. Vosotras incluidas.
El nigromante seguía aferrándonos contra su frío pecho, su agarre cada vez era más intenso y yo intentaba hacer fuerza con las manos para separarnos sin ningún éxito. Pataleaba rabiosa, y cuanto más me revolvía, más se reía y afianzaba su agarre.
Candela empezó a llorar sin consuelo mientras yo también lo hacía por dentro, nosotras habíamos provocado todo esto. La oleada de culpa nos arrasó por completo.
Sus lágrimas cálidas rodaron hasta caer sobre el brazalete. Cada lágrima se evaporaba al contacto con la madera pulida que ahora parecía arder en su muñeca. De pronto el cuerpo de Candela se iluminó completamente igual que sus hologramas, sintiendo su poderosa presencia y liberándola.
Fue tan inesperado que ni siquiera el nigromante tuvo tiempo de reaccionar.
Su figura etérea salió despedida como un rayo ambarino en forma de ser alado.
Parecía un fénix, pero su piel estaba recubierta de corteza como un árbol.
Sus ojos anaranjados como las hojas en otoño nos miraron por un segundo y lo reconocí al instante, nuestra conexión no podía mentirme, era el protector del árbol mágico.
Era él, el de los mensajes, el que siempre me había guiado, recargado y protegido.
Lo sentía tanto, le habíamos fallado y le supliqué perdón con la mirada. Pero negó con la cabeza…
— Esto tenía que pasar, y solo vosotras podíais liberarme —se comunicaba con nosotras sin necesidad de hablar—. Sacadlos a todos.
Un fogonazo brutal salió despedido desde su centro, su calor abrasador nos llenó de una nueva y poderosa energía y alcanzó a los nigromantes que, embestidos por su ataque, cayeron al suelo liberándome a mí de su agarre y a todos mis compañeros de la dolorosa prisión mental a la que estaban sometidos.
—¡Corred! —salí despedida hacia ellos—. ¡Levantaos y corred!
La quimera se estrelló contra las piedras amontonadas haciéndolas estallar en polvo y liberando la entrada. Todos empezaron a salir para desandar el camino hacia la superficie, mientras nosotras los seguíamos en último lugar.
—¡Vamos Candela! —los dos seguían en la puerta esperando a que los alcanzara.
—¡No paréis, os alcanzamos enseguida!
Dos nigromantes saltaron sobre nuestra espalda y nos derribaron en el acto.
Caímos al suelo rodando en un amasijo de brazos y piernas.
Ambos se recompusieron enseguida apresando nuestros brazos bajo su peso.
Sus labios cosidos comenzaron a deshilacharse liberando sus fauces, que se abrieron como cuevas insondables, expulsando su negrura ponzoñosa para convertirnos en una oscura.
Así habían empezado las primeras conversiones de fénix.
Elio y Héctor propinaron una patada a cada uno de los nigromantes cerrándoles la boca y desestabilizándolos momentáneamente.
El tiempo justo para que el protector los alcanzara con una llamarada de fuego que empezó a derretirlos.
Sus cuerpos cayeron deformes y malheridos al suelo revolviéndose de dolor y con una peste penetrante a azufre.
Cogí rápidamente la estaca y la clavé con todas mis fuerzas en uno de los anillos, el monstruo profirió un alarido ensordecedor que casi hizo estallar nuestros tímpanos mientras acabó por disolverse en una masa oscura.
—¡El anillo era la clave! —repetí la misma acción con el que quedaba y tenía intención de atacar de nuevo. El monstruo acabó formando parte de la misma masa viscosa que su compañero, que ahora se derramaba por el subsuelo de la gruta como un charco putrefacto—. Dos menos…
Los chicos tiraron de mí para salir de ese infierno, pero mientras corría no podía dejar de mirar sobre mi hombro para comprobar que el protector seguía velando por todos nosotros.
Era fuerte, pero no parecía suficiente para acabar con todos los nigromantes que quedaban.
Y por eso mismo, sabíamos exactamente qué hacer…
El portal se estaba desestabilizando y cada vez era más difícil mantener el equilibrio y un vuelo constante, mientras la fuerza de succión tiraba de nosotros para absorbernos y devolvernos al interior del submundo, techos y paredes se desintegraban a nuestro alrededor.
Volamos por la gruta sorteando obstáculos que venían tanto del interior como del exterior al ser también engullidos con fuerza hacia dentro. Me alegré al ver que los heridos que habíamos dejado atrás ya no estaban. Con suerte aún podríamos salvar a los que habían sobrevivido a esta masacre.
Cuando llegamos donde había desaparecido Eloisa, tuvimos que aterrizar y correr, porque era demasiado estrecho para nuestras alas.
Íbamos tan concentradas en llegar, sin mirar siquiera al suelo, que no nos dimos cuenta y trastabillamos al engancharnos con una de las ramas deformes que sobresalía de entre la tierra, rasgándonos el mono protector y la pierna derecha.
Pero daba igual, Candela se concentró en seguir corriendo, aunque todo se estaba desmoronando a nuestro paso, a pesar del dolor y de que la pierna sanaba extremadamente lenta. Porque solo podía pensar en una única cosa, conseguir que Héctor y Elio salieran de este lugar lo antes posible.
Sus pasos resonaban a nuestra espalda, por lo visto no había podido contenerlos a todos y alguno había logrado escapar… De nuevo el miedo y la duda volvieron a cubrirlo todo, porque no podíamos errar. No podíamos fallarles a ellos.
—¡Si yo caigo, vosotras caeréis conmigo! —su voz aterciopelada cuando estaba ganando la partida había mutado, y ahora su tono era amenazador y cortante como una cuchilla.
— No lo escuches Candela. Sigue corriendo.
Se estaba acercando demasiado, debíamos intentar ser más rápidas, así que apretó el paso, aunque la pierna estuviera ma tándola de dolor. El alboroto del exterior se podía intuir, aunque a estas alturas de noche cerrada sin luna, todo era oscuridad y no se veía la abertura.
—¡Ya casi estamos! Vamos a salir de aquí —Elio estaba casi eufórico. Ya no quedaba nada para llegar al portal. Y yo solo podía concentrarme en eso.
—¡Lo hemos conseguido! —Héctor casi no se lo podía creer, había olido el aroma de la muerte tan de cerca que había asumido que jamás iba a volver.
Desplegaron sus alas de fuego ascendiendo veloces hacia el exterior como dos estrellas fugaces cruzando el cielo nocturno.
Sus alas fuertes vencían la resistencia de la succión alejándose de la brecha, y de nosotras.
Deseé que fueran estrellas de verdad para poder pedirles un único deseo y que se hiciera realidad, ojalá volver a verlos de nuevo…
Ese pensamiento se escapó sin querer y voló como ellos, pero ya era muy tarde cuando lo captaron y se volvieron en el aire para buscarme.
Candela ya estaba con la mano ensangrentada pegada a la tierra mirándolos desde dentro de la brecha, con el aliento del nigromante cada vez más cerca de nosotras.
Moví los labios para despedirme, aunque no sé si podían verme desde las alturas, pero sabía que me escuchaban. Y les sonreí por última vez, por lo menos los salvaría a ellos.
Fue de la misma manera que la premonición nos lo había mostrado al llegar.
Tal y como nos pedía el conjuro para entrar; Sangre y alma, el precio marcado a pagar. O como narraba la profecía familiar escrita sobre la piel de nuestras predecesoras; El umbral de la muerte condenadas a sellar.
Así lo hicimos, porque ese era nuestro destino, juntas. Un fénix de dos corazones, estallando en llamas por última vez y sellando de nuevo el portal para devolver el equilibrio al mundo humano y mágico.
La explosión devastadora hizo temblar toda la tierra, derribando con fuerza a toda estructura y criatura viviente a varios kilómetros a la redonda, pero consiguiendo cerrar por fin la brecha.
Matando así a todos los seres oscuros que estando fuera del submundo y sin la conexión del portal, eran incapaces de sobrevivir en el exterior.
Todo había acabado por fin, ya no había miedo ni angustia, la sensación de paz nos recorrió junto a nuestro fuego interno por todo el cuerpo, rápido y cálido como la mecha que prende al instante, justo antes de destruirnos y reducirnos para siempre a cenizas.