La orden del fuego Epílogo
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Epílogo

L a fuerza de la implosión succionó a todo el mundo contra el suelo en un golpe atroz.

Héctor y Elio cayeron tendidos en el pavimento sobre la abertura de la que acababan de escapar, que como si nunca hubiera existido, había desaparecido ante sus ojos igual que ellas.

El impactó les robó por un segundo todo el aire de los pulmones.

Héctor consiguió ponerse de rodillas con esfuerzo, la caída le había roto las costillas.

Al poner la mano sobre la zona herida, podía notar como sus huesos empezaban a recomponerse lentamente.

Pero ese dolor era completamente secundario, la certeza de la pérdida era una tortura lacerante que corroía cada rincón de su alma.

Sentía un vacío angustioso reverberando en su interior, como el eco interminable de lo que ya nunca volvería. Estaba completamente seguro de que esa sensación le perseguiría eternamente, porque esa herida no sanaría jamás.

Te sigo esperando.

Pensó, mientras sus manos buscaban ansiosas sobre la tierra cualquier signo de que ella no se hubiera desvanecido para siempre.

Aunque el mundo entero olvide tu nombre, te prometo que yo seguiré aquí esperándote…

Estaba conmocionado. Le costaba aceptar que aquello fuera el final, que todo acabara así, tan brutalmente.

Sentía un dolor punzante no solo por la pérdida, sino por no haber sido razón suficiente para que ella se quedara costase lo que costase.

Estaba furioso consigo mismo por no haberlo impedido…

pero por encima de todo, le invadía una tristeza tan honda que parecía no tener fin.

—¿Por qué coño lo han hecho? —Resolló a su lado. Tenía las piernas rotas por varias partes junto con el hombro derecho dislocado y seguía tumbado sin poder moverse. Se había llevado el grueso del impacto.

No contestó, no podía o se le quebraría la voz, solo miró la devastación que se extendía a su alrededor.

La tierra olía a quemado y a muerte. Desde luego se notaba que un cataclismo y una guerra había azotado a la ciudad.

La desolación se enganchó a su pecho y tuvo que concentrarse mirando hacia el cielo, que empezaba a clarear, para reprimir sus lágrimas.

—Su sacrificio ha sido para salvarnos a todos.

—Se lamentó bajito, con una voz tan ronca y rota por el dolor, que no parecía la suya.

Había tardado tanto en contestarse a sí mismo, que casi se había olvidado ya de la pregunta.

El brazo que podía mover ahora tapaba su cara, buscando intimidad para derramar sus lágrimas en silencio.

Él también estaba intentando lidiar con su pena—. ¿Y ahora qué?

Esa era una buena pregunta, después de lo que había pasado y lo que habían perdido, cómo podían seguir adelante… No parecía tener sentido.

Se oían voces, nombres lanzados al aire para encontrar a las personas que con suerte solo estaban desaparecidas en medio de ese desastre. La voz de su padre era una de ellas, que ignoró por completo. La preocupación llegaba demasiado tarde, pensó con amargura.

Estrella apareció volando y aterrizó a su lado para echarse encima de su hermano. Estaba completamente cubierta de sangre reseca de pies a cabeza, aunque no sabía si toda le pertenecía a ella.

—Me tenías tan preocupada… —Se aferró a él tan fuerte que Elio tembló por el dolor pero no se quejó ni una sola vez, únicamente le devolvió medio abrazo a causa de su escasa movilidad.— Lo siento, lo siento. Ahora te curo… será un momentito de nada, verás…

Deseó en silencio que las heridas y las cicatrices internas se curaran igual de rápido.

Mientras se afanaba en terminar de soldar los huesos de su hermano, aparecieron Edan y Enara. A él le falló el pie en el aterrizaje y tuvo que apoyarse para no perder el equilibrio. Su mueca de dolor dejó claro que aún se estaba recuperando y apenas podía mantenerse en pie.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, inexplicablemente y a pesar de la desolación, se le escapó una diminuta y breve sonrisa. Ese era un buen comienzo… ¿no?

—Ni de coña, no es posible…

—¿Qué? —preguntó extrañado el moreno, que ahora era foco de todas las miradas.

—¿No se lo has dicho, verdad? —Enara negó con la cabeza. Estrella iba a disfrutar de este momento.

—Debe haber sido un fuego cruzado, un pequeño e insignificante daño colateral… —Por su cara de circunstancias, probablemente habría sido ella. Otra vez…

—Ohh, pobrecito Edan… ¡que vuelve a no tener cejas! —Hizo un pucherito y luego se empezó a descojonar como la cabrona que era.

—¡No me jodas! —Se palpó la cara buscando sus cejas, pero ahí no había nada. Su cara de horror hizo reír al grupo.— Eso cabronazos… reíros de mí, pero aún sin cejas sigo siendo el más guapo.

—Eso es verdad. —Le respondió dándole un beso cariñoso.

—Bueno, podría ser peor… —Soltó pensativa Estrella—. Podría haber sido tu melena o tu polla…

Eso sí les hizo reír un buen rato. Los amigos son, sin saberlo, los que te salvan en los peores momentos.

—¿Habéis visto a las chicas? —El rumbo de la conversación prolongó un mutismo incómodo.

No hizo falta contestar… La negativa de Elio, el dolor reflejado en sus ojos…

Estaba claro, y eso le obligó a esconder su cara en el pecho de Edan, que la abrazó con fuerza mientras ella rompió a llorar desconsoladamente.

Podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto a su amiga desgarrarse de esa manera delante de la gente, quería parecer dura como una roca y por eso intentaba esconder sus sentimientos todo el tiempo.

Su angustia le azotó como un látigo uniéndose a la suya y empezó a enroscarse como una enredadera venenosa.

El silencio se hizo tan pesado que quiso rellenarlo con algo, pero no le salió ninguna palabra de aliento. Él también estaba hecho polvo y solo podía concentrarse en seguir respirando despacio para calmarse.

Se pusieron en pie en cuanto Elio pudo moverse y echaron a andar dejando atrás la brecha sellada. Pensando en cómo recomponerse para intentar volver a la normalidad. Ahora podrían regresar a la orden, a su casa, después de tantos días… Aunque ya no sería lo mismo.

De pronto se giró creyendo haber notado algo.

—¿Pasa algo tío? —Sus ojos negros lo observaron esperando el milagro que nunca llegaría. Héctor se quedó un rato mirando a su espalda con atención, pero nada, todo seguía exactamente igual. Tenía tantas ganas de que esto no fuera real, que creyó que estaba empezando a imaginar cosas…

—No, creo que el golpe me ha dejado loquísimo. —Pero su cuerpo se aferraba a una esperanza ridícula y se negaba a moverse.

—¿Nos vamos ya? No quiero estar ni un minuto más aquí.

Enara no podía pisar el lugar que de pronto se había convertido en una tumba para sus primas. El olor a pérdida se incrustaba en su cerebro a través de sus fosas nasales y le revolvía el estómago. Si hubiera comido algo en las últimas horas, lo habría echado fuera sin remedio.

Asintió en silencio resignado, aunque lo último que quería era eso, marcharse y darse por vencido.

Ojalá la tierra me hubiera engullido con ella. Ojalá se abriera justo bajo mis pies para poder recuperarla.

Su pensamiento triste, rodó por la tierra como hojas secas arrastradas por un viento helado. Un sentimiento extraño, al que no supo ponerle nombre, le hizo estremecerse con un pequeño escalofrío que le recorrió la piel.

Ignorándolo por completo siguieron caminando juntos sin volver la vista atrás, mientras un leve fulgor ambarino titilaba sobre el suelo a sus espaldas.

Como el último aliento de un fuego que se niega a extinguirse, la chispa final de la resistencia antes de ser completamente exterminada. Allí, donde todo había empezado y concluido, la luz se desvaneció, dejando únicamente una pequeña grieta como silencioso recordatorio de lo ocurrido.