La orden del fuego 25
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—¿Estáis todos bien? —intenté alzar la voz, pero fue imposible. La garganta de Candela estaba dolorida e irritada igual que si nos hubieran intentado estrangular desde dentro.

—Cojonudos… —Edan fue el primero en contestar y ponerse en pie muy despacio, como si aún estuviera mareado.

—¡Necesito ayuda! —Estrella se encontraba tirada entre Celeste y Tirso que aún seguían inconscientes—. No responden.

Derramó sus lágrimas curativas primero sobre Tirso, mientras mi tío, renqueando, se acercaba a su lado para ayudarla. Los sanadores presentes nos apresuramos, pero seguíamos recuperándonos del ataque y había demasiados que aún permanecían inmóviles en el suelo. Quizá para muchos fuera ya tarde…

Nosotras le dimos la vuelta a un cuerpecito menudo que estaba cerca, era una mujer de pelo corto y moreno.

Sus ojos amarillos y rasgados aún permanecían abiertos, aunque desprovistos vida.

Me di cuenta en ese momento que no pertenecía al aquelarre, era una de las esfinges que había vuelto a su apariencia humana pero sus rasgos la delataban.

No podía entenderlo, su cuerpo estaba devastado, totalmente consumido como si los estertores le hubieran drenado robándole hasta la última gota de su esencia.

—¿Qué podemos hacer por ella? —me sentía rabiosa e inútil por no saber cómo actuar. Pero la primera esfinge no me contestó, ni siquiera me miró, se limitó a poner una de sus patas sobre el pecho de la chica y al instante se disolvió como si el aire hubiera dispersado un puñado de arena.

—Celeste despierta, ni se te ocurra rajarte ahora. ¿Me oyes? —nos giramos al escucharlo, Tirso la zarandeaba con fuerza, pero la bruja seguía sin abrir los ojos—. No me dejes tú también… por favor…

Mi hermana se quedó paralizada viendo la escena a cámara lenta.

Cuerpos tendidos, diseminados por toda la gruta, algunos azulados y arrugados como una cáscara seca a la que le han absorbido la vida y el alma.

Lágrimas de fénix derramadas que ya no podrían sanarlos ni traerlos de vuelta…

Y mucho caos, un barullo ensordecedor como el zumbido de una colmena alborotada, que se instaló en sus oídos como si fueran a explotar.

Pero aún había algo más, justo ahí detrás de la bruja que luchaba por volver con nosotros y se aferraba a su último hilo de vida. Héctor estaba agachado junto a su cuerpo frío e inerte. Candela quería procesar la imagen y reaccionar, pero no podía.

Tiré de mi hermana con fuerza para sacarla de ese letargo, necesitaba llegar hasta ellos y comprobar que lo que estaban viendo sus ojos era real.

—No te acerques, no hace falta que la recuerdes así. —Elio la interceptó cuando corrimos hacia ella.

—¡Mamá! —y el chillido salió como un sollozo rasgando su garganta herida. Se derrumbó en sus brazos y se echó a llorar—. Pero tiene que volver, es un fénix…

—Candela, lo-lo siento mucho —dijo abrazándola más fuerte— No puedes renacer si se llevan tu alma.

—¿Y dónde está? ¿Cómo la recuperamos? —Nos miró con tanta pena que deseé no tener que escuchar jamás lo que fuera a decirnos.

—No podemos, todas las que se han llevado ahora forman parte de la oscuridad. Ya no volverán. —Me rompí en mil pedazos, el dolor era más grande y más fuerte que yo.

Me separé abruptamente de su abrazo, aunque mi hermana no quería, yo tenía que verla y despedirme. Necesitaba comprobar por mí misma que ella ya no estaba con nosotras.

—Hacednos caso por favor, no es una buena idea. —Héctor me bloqueó la vista con su cuerpo—. Edan puede devolverla al fuego donde pertenece. No hace falta que lo hagáis vosotras.

— Por favor Estela… Por favor… No podré con esto .

Su súplica y su dolor me hicieron comprender que mis sentimientos o necesidades no podían estar por encima de los de mi hermana. No podía ser tan egoísta, en esto no.

Me rendí, aceptando que sería lo mejor para las dos.

Aceptando también el vacío que nos había dejado, y que duraría para siempre, pero que quizá con el paso del tiempo empezaría a doler menos.

El fuego de los elementales inundó de luz la gruta oscura, disolviendo entre sus llamas los cuerpos de los valientes que jamás regresarían.

Y haciéndola desaparecer también a ella.

—Seguid avanzando, enseguida os alcanzamos. —La cabeza de la bruja reposaba en su regazo, ahora con los ojos abiertos. Tirso toqueteaba nervioso su larga trenza, esperando que su amiga, mejor dicho, su hermana de aquelarre, se recuperara del todo.

Todos los que podíamos mantenernos en pie perseguimos la luz verde apretando el paso, titilaba enfermiza a escasos metros de nosotros como una baliza señalando una zona peligrosa. La tensión subía por la espalda de mi hermana atenazando cada uno de sus músculos mientras nos acercábamos.

Penetramos en el siguiente nivel del submundo, me sentía como un avatar de un videojuego macabro que iba a luchar en la pantalla final. Y como en los videojuegos, la última batalla siempre es la más difícil y la que tiene el peor monstruo de todos.

Solo que nuestro monstruo en realidad eran nueve, y su apariencia me dejó totalmente descolocada, no era para nada lo que me esperaba encontrar.

Había ocho nigromantes con los labios cosidos por un grueso hilo negro formando un círculo alrededor de un trono de hueso, donde permanecía sentado el noveno, que esperaba relajado y paciente nuestra llegada.

El número resonaba en la mente de mi hermana que no parecía una simple casualidad, nueve es el último número antes de que el ciclo numérico se reinicie en el diez.

Y también está relacionado con los ciclos de la vida y la muerte en algunas mitologías: nacimiento, infancia, madurez, decadencia, muerte, duelo, memoria, olvido y renacimiento.

En el mundo sobrenatural todo tiene una lógica y un por qué. Y mi hermana necesitaba analizarlo y entenderlo todo para obtener, aunque fuera una mínima ventaja.

—Y por fin llegáis, me estaba aburriendo tanto… —su voz profunda y aterciopelada como un felino que te rodea tranquilo antes de atacar, erizó la piel de Candela. Todo en él emanaba peligro, sepultado en un aspecto magnético y sobrenatural.

Sus ojos plateados, igual que su pelo, se engancharon a Candela como si no hubiera nadie más ahí.

O por lo menos nadie más de relevancia. Mientras la miraba fijamente se levantó de su asiento de hueso en un movimiento grácil y fluido, como si fuera el ser más elegante del mundo.

Y de pie, aún era más alto y corpulento de lo que parecía.

Al igual que sus compañeros, la piel marfileña que asomaba entre su ropa oscura, estaba llena de símbolos tatuados que cubrían incluso cuello y manos. Lejos de estar preocupado o asustado, parecía eufórico por tenernos en el submundo. Y eso terminó de hundirme por completo.

Mientras yo estaba pensando que no puede haber adversario más complicado que el que ama y maneja la muerte a su antojo, mi hermana en cambio había sido más útil fijándose en un pequeño detalle de su mano izquierda que ya habíamos visto antes.

Un anillo de plata ennegrecida que parecía muy antiguo, en forma de calavera. Muy poco original, la verdad. Solo le faltaba un tatuaje en la parte superior de la espalda, como los que llevan algunos futbolistas, pero con la frase “Amor a muerte”.

— Enara tenía razón, seguro que están relacionados con sus poderes y con todo el submundo —de sus cuencas emanaba un fulgor verdoso idéntico al que se propagaba por toda la gruta—. Cuando ataquemos ya sabemos dónde disparar primero .

— Al menos tenemos algo a lo que aferrarnos .

—Querido público —pronunció esas dos palabras como si esto fuera un show programado de media noche y quisiera seducirnos para hacernos disfrutar de su función.

Joder, era un sádico chalado con cara de modelo nórdico de ultratumba.

Pero su apariencia no podía disimular toda la maldad que se cocía en su interior y en todo este lugar—. Que empiece el espectáculo.

Su sonrisa se ensanchó poco a poco amenazante hasta enseñarnos sus colmillos, lo que nos puso rígidos a todos haciendo crecer la tensión, que de repente se volvió tan densa como una cortina de humo.

La sensación intensa de peligro, me hizo precipitarme al lanzar un ataque de fuego directo a su anillo, que esquivó como si nada.

—¡Pero qué chica tan traviesa! —no sé si lo decía divertido o admirado—. ¿Te gusta jugar? Pues juguemos…

Su pequeño ejército silencioso de nigromantes, hasta ahora inmóviles como estatuas de marfil, colocaron dos dedos sobre su sien izquierda.

Ese gesto rápido y aparentemente insignificante hizo caer como un castillo de naipes a todos y cada uno de mis compañeros, que empezaron a removerse en el suelo igual que gusanos en un cebo.

Tenían las manos en la cabeza como si no pudieran soportar el dolor y estuvieran a punto de explotar.

—¡Para! No les hagas daño, detente —nunca habíamos tenido la menor oportunidad, y esa verdad cayó como una losa sobre nosotras.

—¿Y tú qué me darás a cambio? —su tono de voz era un ronroneo espeluznante que se abría paso incluso entre los alaridos de mis amigos.

—¿Qué quieres?

—¡Estela no lo…! —Héctor intentó hablar, pero se sacudió brutalmente como si el dolor fuera insoportable ahogando su voz en un lamento.

Elio intentó arrastrarse por el suelo para acercarse a mi posición, pero apenas logró reptar unos centímetros.

—Lástima —chasqueó la lengua—. Ya no puedes ofrecerme nada que no pueda obtener, pero sí puedes ser la reina de la oscuridad —concluyó moviendo los brazos para abarcar todo el submundo.

Caminé hacia él despacio, sosteniéndole la mirada plata plomo que me estaba perforando. Su seguridad y maldad nos revolvía el estómago tanto como su repulsiva invitación. Pero quizá si podía acercarme lo suficiente…

Intenté sonreír tranquila, como si su oferta fuera tentadora. Candela se mantenía en un segundo plano expectante con los nervios bullendo por todo su cuerpo. Esforzándose por disimular los temblores y concentrándose al máximo en no dar un traspié.