24 #3
—Oye, qué no sois mis padres. Dejad de decirnos lo que tenemos que hacer. —Bufé enfadada dejándolos atrás. Peor que un protector pesado, eran dos protectores pesados.
— Solo están preocupados, Estela.
— Bueno, pues que se coman su preocupación y nos dejen tomar nuestras propias decisiones. Deberían de confiar más…
Estaba molesta, pero más que con ellos, era con nuestro destino y la mierda con lo que debíamos lidiar. El final de todo estaba cerca, lo sentíamos, y nos revolvía el estómago.
El aire frío y denso había cambiado por completo, ahora era casi opresivo, como si la muerte se colara a través de cada respiración para alojarse en los pulmones con el peso de lo inevitable. Y tenía demasiado miedo.
Al final de la oscuridad un resplandor verde enfermizo hacía intuir que la gruta se abría paso hacia otra galería aún mayor. Caminamos en completo silencio hacia aquella siniestra luz que hacía danzar las sombras a nuestro alrededor como si estuvieran vivas.
Primero fue solo un chasquido, y luego un sonido áspero y gutural, como una exhalación agónica, que nos puso en alerta cuando ya era demasiado tarde.
—No… No pu… no pue-do… res-pi-rar… —Cael se cogió la garganta mientras era incapaz de mantenerse en pie.
—¡No son sombras, son estertores! Eso significa que estamos ya a las puertas —gritó mi madre.
Este sitio nos estaba envenenando lentamente por dentro, robándonos el aire, quería acabar con nosotros antes incluso de llegar hasta los nigromantes.
Uno a uno empezaron a caer a mi alrededor, primero los brujos, luego mi madre, hasta alcanzar a algunos metamorfos.
No sabíamos a lo que nos estábamos enfrentando ni lo que podía suceder si un fénix moría en el inframundo…
Pero lo que sí teníamos muy claro, es lo que pasaría si no cumplíamos con nuestra misión.
Candela empezó a sentirse mareada, también le faltaba el aire y tuvo que agarrarse a la pared.
— No puedes rendirte, eres la única que queda ya en pie .
Mi hermana intentó sostenerse, pero cada vez le costaba más respirar. Los estertores daban vueltas sobre nosotros como aves carroñeras esperando nuestro último aliento.
Vi como una de esas sombras se abalanzaba veloz sobre el cuerpo inmóvil de uno de los brujos para absorber su esencia a través de su exhalación final. Eran depredadores de almas dispuestas a alimentarse de nosotros.
Las fuerzas le flaquearon y se fue derrumbando hacia al suelo.
Cuando ya estaba tendida, él se puso en pie para mirarla desde arriba.
Sereno, impasible, como si realmente esas entidades oscuras no estuvieran asfixiándolo como al resto.
Volteó la cabeza, muy atento, como si estuviera extremadamente interesado en ver nuestro agónico final.
—Lo siento Candela, no es nada personal. Simplemente era algo que debía hacer por mi bien, tenía que elegir al bando ganador.
Se agachó a su lado y cogió la cara de mi hermana entre sus manos. Ella quiso revolverse, pero se sentía débil e indefensa.
—¿Por… ¿Por qué lo-lo… has hecho…? —ya casi no podía hablar, su propia respiración entrecortada ahogaba las palabras.
—Me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes —dijo pasando un pulgar por su mejilla para eliminar una lágrima traicionera y furtiva—.
Tal vez si tú no fueras una elegida… —hizo una pausa pensándolo detenidamente, como si de verdad lo hu biera considerado—.
Y es una pena, ahora que me van a hacer inmortal.
Nuestro futuro juntos quizá podría haber sido eterno.
Candela empezó a resollar como el resto, nos estábamos apagando poco a poco. El brujo acercó su cara que quedó suspendida a pocos centímetros. La miró intensamente por un segundo hasta que juntó sus labios. Y ese beso, a diferencia del primero, le supo amargo como la hiel.
Pero la rabia y el dolor fue determinante, el motor que hizo explotar su poder al pronunciar un conjuro sobre sus labios.
Y el fuego de fénix, que nació de ese beso de la muerte emergiendo desde su centro, acabó con el brujo abrasándolo desde dentro al instante.
Se consumió ante sus ojos hasta quedar reducido a la nada.
Su cara de incredulidad se desintegró como si nunca hubiera existido, pero ella jamás podría olvidar ni esa imagen atroz, ni su primer beso.
Candela destrozada se aferró al brazalete, y juntas le pedimos poder para acabar también con los estertores.
Empezó a destellar bajo su mano y nos susurró un conjuro de luz.
Los hologramas también comenzaron a titilar mientras el aire a nuestro alrededor crepitó como una hoguera.
Con el último soplo de aire que quedaba en sus pulmones repitió las palabras:
Que se haga la luz, y se apaguen las tinieblas Que a los estertores quiebres, y sus sombras disuelvas .
Las sombras volvieron a emitir un sonido chasqueante que se convirtió en un burbujeo atroz cuando tras un fogonazo de luz cegadora, empezaron a deshacerse como una aspirina efervescente en un vaso de agua. Solo cuando desaparecieron por completo, el aire empezó a inundar de nuevo nuestros pulmones.