23
C rucé al otro lado del espejo como si me hubieran escupido con fuerza igual que a un chicle rancio, fue todo tan rápido, que salí tambaleándome junto a mis compañeros. Al final los tres estábamos fuera y el huevo, intacto, seguía entre los brazos de Elio.
—¿Pero cuánto tiempo hemos estado ahí dentro? —A los pies del volcán ahora era noche cerrada—. Tampoco me ha dado la impresión de que hayan pasado tantas horas…
—Tantas horas no, tantos días… —contestó la dragona moviéndose en la oscuridad con sus ojos verdosos iluminados. A veces no se podía separar la criatura ancestral de su forma humana porque algunos rasgos se mezclaban y permanecían.
—¿Qué significa eso? ¿Qué día es hoy?
—El tiempo en el laberinto discurre de forma muy diferente a la tierra. Pero habéis llegado en el momento indicado. —Sus otros dos compañeros metamorfos la seguían de cerca, pero aún había dos sombras más alejadas.
Mi tío y Estrella se acercaron corriendo, habían estado haciendo turnos de vigilancia entre todos porque era peligroso permanecer tanto tiempo fuera expuestos, pero no querían que al volver no encontráramos a nadie de la orden.
—Veo que traes algo para mí —sus ojos lagartinos volaron hasta el huevo que vibraba en su presencia. Elio alargó los brazos para entregárselo—. Ven aquí pequeña. Has estado mucho tiempo perdida, pero por fin volverás a casa.
La dragona lo arrulló entre sus brazos con tanto cariño maternal que comprendí una cosa.
—Tú eres el primer dragón.
—Cada uno somos el inicio de nuestros clanes, las primeras criaturas, el principio de todo.
—Lo habéis hecho bien, superando cada una de las pruebas, por eso mañana a la hora crepuscular formaremos parte de esta lucha —el quimérido extendió su mano como si quisiera sellar un pacto con nosotros, y yo se la estreché con fuerza—. Tenéis nuestra palabra.
—La de todos —secundó la esfinge.
—Estás demasiado fría —le susurró al huevo ignorándonos ahora por completo.
Y acto seguido sopló suavemente sobre la delicada cáscara repleta de escamas con su aliento abrasador.
La temperatura subió de repente casi como si estuviéramos de nuevo dentro del volcán.
El huevo reaccionó al instante, había permanecido demasiado tiempo dormido y ahora, con el calor y la presencia de su madre, parecía estar a punto de despertar.
No lo podía creer, estábamos a punto de presenciar el nacimiento de una dragona.
Una pequeña raja empezó a extenderse rápidamente alrededor del huevo.
La cáscara se abrió un poco dejando al descubierto una fina membrana que separaba a la cría del mundo y que no dejaba de moverse bajo los golpes de la criatura que intentaba rasgarlo.
Una zarpa la atravesó y por fin su cabeza, también de color chocolate rojizo como su madre, apareció ante nosotros.
La dragona intentó expulsar fuego, pero solo una pequeña nube de humo negro logró escapar de sus fauces.
Increíble, la vida a veces te enseña más que los libros de historia.
No se me habría pasado por la cabeza jamás que los draganos no nacían como humanos y que su estado natural en realidad era este.
—En nuestro clan —dijo de pronto orgullosa, como si pudiera leer mis pensamientos—, nacer como un dragón es símbolo de pureza y de estar vinculado a un linaje especial. El resto hace su primer cambio a los diecisiete.
La pequeña salió completamente del cascarón y empezó a moverse revoltosa en los brazos de su madre.
Aún no sabía escupir fuego ni volar, pero su instinto la empujaba a descubrirse intentándolo una y otra vez.
Al final, tras varios intentos fallidos, aunque su vuelo era bastante turbulento logró aterrizar en los brazos de Elio.
Su cabeza se restregó en su pecho ya cubierto por la camiseta.
—No cariño no te confundas, ese no es papá —rio ante su atónita expresión. La cara de sorpresa de Elio cambió radicalmente cuando la pequeña le acercó el hocico a su cara como si estuviera haciéndole una carantoña. Ahora estaba flipando por la situación.
—No sabía que fuera a ser tía —intentó iniciar conversación con su hermano pero no tuvo suerte. Él ignoró su broma deliberadamente, y le devolvió la dragona a su madre para zanjar la cuestión.
Estrella ya no sabía qué hacer para llegar hasta él y recuperarlo, para que pudiera perdonarla. Era muy consciente de que su error y su silencio, nos había costado demasiado.
Tan solo necesitaba tiempo para volver a confiar en ella, lo entendía...
¿Pero si mañana podría ser el fin del mundo tal y como lo conocemos, no merecía la pena hablar las cosas y cerrar todas las heridas antes de que fuera demasiado tarde? Debían arreglarlo esta misma noche, y yo me encargaría de ello.
— No te metas —pero su vocecita no iba a hacerme cambiar de opinión.
—Menos mal que ya estáis de vuelta —parecía realmente aliviado—.
Vamos, ya es hora de volver al monasterio.
Mañana será un día duro. —Mi tío y yo teníamos conceptos muy distintos de lo que era un día duro.
Yo lo definiría más como aterrador, pero vale—.
Las brujas no pueden mantener abierto el portal eternamente.
—Pues perdón si hemos tardado demasiado tío, nos han tenido un pelín ocupados —contestó Candela recriminándoselo a los metamorfos—.
Lo que me lleva a la siguiente pregunta…
—dijo mirando directamente a la dragona—.
No entiendo si de verdad era una prueba o simplemente nos necesitabais para traer de vuelta el huevo.
Vosotros no podéis entrar en el laberinto, ¿verdad?
Los tres sonrieron satisfechos, no porque les hubiéramos pillado sino por haber llegado a esa conclusión nosotros solos.
—Muy lista, la respuesta es… las dos cosas. La prueba era absolutamente necesaria, en cualquier caso, la habéis superado y también habéis ayudado a los draganos. Y eso significa que no solo lucharemos de vuestro lado, sino que también tendremos una deuda eterna con vosotros.
Podía entender lo que ganaba la dragona, pero qué escondían los otros dos…
—¿Qué nos estáis ocultando?
—Todo a su debido tiempo —escupió la esfinge—. La unión hace la fuerza, y la fuerza de nuestra unión traerá consigo nuevos protectores.
Estaba claro que no se estaba refiriendo únicamente a la pequeña dragona.
—Bien, pues hasta mañana entonces —cortó la cháchara de raíz como si ya estuviera harto del tema. Y sin más, tal y como habían llegado se fueron engullidos por el cráter del volcán convirtiéndose en el aire.
—Raro de cojones. Por favor vámonos ya —y echó a andar a paso ligero alejándose lo máximo posible de su hermana.
Reinaba el silencio en el monasterio cuando cruzamos el portal que nos trajo de vuelta. Tan solo seguían despiertas las brujas que lo mantenían abierto para nosotros, mis padres, mi tía y mi prima.
Su estado de vigilia se debía a la mezcla de preocupación entre lo que se nos venía encima mañana y que nos estaban esperando a nosotros. Solo se relajaron y se fueron a sus cuartos cuando comprobaron que habíamos vuelto de una pieza.
Ver a toda mi familia me hizo reflexionar, en lo difícil que tendría que ser para Elio encontrarse con esa estampa y no pensar automáticamente en su pérdida.
Y también me hizo darme cuenta de otra cosa, sobre todo al recordar lo que el espejo nos había mostrado…
Héctor jamás me había hablado de su familia.
Si estaban en la orden, nunca me los había presentado.
— No pienso estar toda la noche en vela haciendo tus recados, olvídalo.
— Pero si no vas a poder pegar ojo igual, ¿no es mejor dejar zanjados ciertos temas antes de que sea tarde?
Mi hermana apretó los dientes y cedió, sabía que igualmente acabaría haciendo lo que yo quería. Siempre había sido así…
— Te odio, que lo sepas.
— ¡Qué va! Me quieres demasiado.
Y justamente por eso, media hora más tarde, estábamos delante de su puerta. Golpeé suavemente con los nudillos y se abrió al cabo de unos segundos. Al otro lado Elio únicamente llevaba un pantalón corto a modo de pijama.
—¿Por qué carajo os cuesta tanto llevar ropa encima, los fénix son exhibicionistas por naturaleza o algo así? —la pregunta le hizo sonreír y se le achinaron más los ojos. Buen comienzo para romper el hielo—. Eso de la temperatura corporal muy alta es solo una excusa, reconócelo.
—Simplemente no le damos tanta importancia al desnudo, ya te irás acostumbrando.
—No, que va. Demasiados años con costumbres humanas…
—hice una pausa para ponerme seria y lo miré.
Antes de abrir la boca gracias a la conexión que él había forzado, ya sabía perfectamente por qué estaba aquí y negó con la cabeza—.
No seas cabezón, podría ser la última oportunidad para arreglar las cosas.
—No estoy preparado.
—Pues no te queda tiempo. Yo que tú, pondría mis asuntos en orden esta misma noche. Ve a ver a tu hermana, ahora.
—Eres muy mandona, ¿lo sabías? —rezongó.
—Pero tengo razón, y lo sabes. —Claro que lo sabía. Por eso haría lo correcto.
—Tú ganas —se rindió por fin con las palmas de las manos en alto.
—En realidad ganáis los dos —le cogí de las manos—. Arréglalo, por favor. Es tu hermana, tu familia.
Me envolvió en un abrazo cálido que me reconfortó, y me dieron ganas de enterrar mi cara en su cuello para aspirar su olor y olvidarme de todo.
Me susurró un “ gracias ” al oído antes de separarse sin mucha prisa, alargando el contacto lo máximo posible.
Finalmente, aunque a regañadientes, salimos de su cuarto.
Cerró la puerta y se encaminó hacia el de su hermana.
La primera tarea de la noche estaba hecha. Esperé un rato hasta verlo alejarse para golpear la puerta de al lado. Pero en lugar de un rubio, me encontré a un moreno de melena larga.
—¿De excursión nocturna, renacida? No sé por qué, pero intuyo que no has venido a verme a mí. —Su sonrisa lasciva se ensanchó y lo acompañó con su habitual movimiento de cejas.
—¡Guau! ¡Qué raro! No sabes lo mucho que echaba de menos eso —dije señalando su cara—. Me alegra tenerte de vuelta.