La orden del fuego 22 #2
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22 #2

Estábamos completamente solas y paralizadas por el shock del ataque, pero sobre todo por verlas convertidas en monstruos.

Sentía que de esta ya no podríamos salir, era imposible.

Todo estaba perdido y la profecía se había equivocado con nosotras.

No podíamos salvar a los que más queríamos, ni al mundo, ni siquiera a nosotras mismas.

Mi prima alzó el vuelo con sus alas extendidas como un ángel negro a punto de acabar con nosotras.

Se preparó para lanzarnos una de sus bolas de fuego envenenadas y yo apenas tuve tiempo de coger con las manos temblorosas la estaca.

Es quivé el primer fogonazo y la lancé con todas mis fuerzas, pero fallé estrepitosamente.

La estaca cayó al suelo con el sonido de la derrota, de lo inevitable, de las oportunidades que se esfuman. Era una decepción constante.

Unos brazos fuertes nos agarraron por sorpresa desde atrás.

Clavando sus garras en los antebrazos de Candela, que no paraban de sangrar mientras forcejeábamos inútilmente por escapar, desgarrando piel y perforando la carne hasta llegar al hueso.

El dolor y el olor metálico de la sangre era insoportable y la hicieron sentir mareada.

Su conversión había sido extremadamente rápida, los chicos estaban totalmente perdidos en la oscuridad, y pronto nos uniríamos también a ellos.

—No es real —dijo Candela en alto de pronto—. Esto no es real. En el laberinto no se puede volar.

Me sentí aturdida, eso no tenía ningún sentido. Notábamos el dolor, su agarre, estaban justo ahí a punto de acabar con nosotras.

—Este es nuestro miedo Estela, ¿no lo ves?

—No, esa prueba ya la hemos pasado.

—Estábamos equivocadas… —la determinación de Candela me hizo dudar por un breve momento. Suficiente, para que la imagen de los oscuros temblara un segundo como una interferencia en la pantalla del televisor.

—No es real —repetimos a la vez, juntas. Y entonces mi hermana se soltó como si sus zarpas hubieran perdido toda la fuerza. Se miró los antebrazos intactos y ya no tuvo ningún miedo, solo certeza.

Se giró para ver sus caras deformadas por la oscuridad, les tocó con un dedo y los hizo desaparecer como quién hace explotar una burbuja, como quién despierta de una profunda y aterradora pesadilla que se disipa igual que el humo.

Y allí estábamos de nuevo de pie frente a ellos, los de verdad, sin gota de oscuridad en sus cuerpos. Que nos zarandeaban mientras nos agarraban de los brazos para traernos de vuelta a la realidad.

—¿Has vuelto con nosotros? —preguntó Héctor con el pecho agitado.

Me enganché a sus cuellos y ellos también me devolvieron el abrazo.

—Sí, hemos vuelto —aunque me hubiera gustado permanecer un rato más así, me obligué a separarme. Teníamos que salir ya de ese maldito lugar—. Aunque parecía tan real… Dolía y podía tocarlos…

Ellos lo sabían, también habían estado atrapados por el laberinto.

Las pruebas nos habían revelado muchas cosas, nos habían hecho enfrentarnos a nuestros secretos y miedos, y estaba segura que cuando saliéramos de aquí, ya no seríamos los mismos.

Estábamos más unidos y desde luego, éramos más fuertes. Quizá después de todo, valdría la pena.

— Por Astra —dijo mi hermana de pronto.

— Y por todos.

—¡Vámonos ya de aquí! —Rogó recolocándose el huevo en el costado derecho.

Nos miramos, y echamos a correr decididos cuando vimos el pequeño glitch que revelaba el fallo del plano. Cruzábamos las puertas y recorríamos los pasillos intrincados muy rápido, ya no me parecía tan complejo ni sus movimientos tan imposibles de predecir.

—Está siendo demasiado fácil —dije mientras seguíamos corriendo.

— ¡Calla, no lo gafes!

—Quiero pensar que hemos vencido al laberinto o que la salida es más sencilla que la entrada porque ya lo conocemos.

Quise creer a Héctor, tenía sentido, pero nada es nunca tan sencillo.

—¡Allí está la puerta de entrada! —gritó Elio.

Apretamos el paso, apenas quedaban un par de metros, ya casi podía imaginarme a los pies del volcán entregando el huevo al clan de los draganos para sellar nuestra unión.

Pero entonces el laberinto empezó a hacer nuevamente de las suyas, a pesar de seguir corriendo sin descanso, la salida cada vez estaba más y más lejos, era como si se estirara como un chicle y no pudiéramos alcanzarla.

—¿Qué cojones pasa ahora?

—Las reglas han cambiado —respondí a Héctor. Esto era con diferencia, lo que más odiaba de la magia…

Había que hacer algo, improvisar, el laberinto nos estaba retando otra vez. No se podía volar, pero sí que podíamos utilizar nuestros poderes aquí dentro…

— Stagna —dije solemne mientras alargaba mi mano.

El pasillo empezó a temblar moviéndose delante y atrás, como si le costara seguir alejándose de nosotros porque mi magia le estuviera frenando la marcha. El movimiento fue tan brusco que caímos al suelo. Elio rodó sobre un costado intentando proteger al huevo de la caída.

—¡Está bien! —aseguró mirando bajo las camisetas—. ¡No paréis!

Se puso en pie de un salto y continuó corriendo. Héctor nos tendió la mano y tiró de mí hermana para reanudar la marcha. La magia apenas podía ya retener al laberinto, la tierra temblaba bajo nuestros pies.

—¡Candela tenemos que correr más deprisa! —Mi hermana lo intentó con todas sus fuerzas, le ardían las piernas. No recordaba haber corrido nunca tanto, ella siempre había sido más de libro y sofá que de acción.

Delante nuestro, Elio por fin había cruzado la puerta y me sentí un poco más aliviada. Por lo menos el huevo llegaría al clan.

—¡Ya casi estamos! —Y Héctor se volvió para mirarnos y asentir.

—Lo vamos a conseguir.

Lo dijo tan convencido que no lo dudé ni un segundo.

Y lo hicimos, cruzamos la puerta del maldito laberinto.

Pero en vez de encontrarnos con el grupo a los pies del volcán, llegamos a una pequeña sala oscura.

No frenamos a tiempo y nos chocamos contra la espalda de Elio que casi perdió el equilibrio.

—¡¿Es una puta broma?! —gritó aferrado al huevo—. Hemos hecho todo lo que nos habéis pedido. Tres pruebas, tres. ¿Qué más queréis?

Pero de nuevo había que atravesar el espejo, ahora de manera inversa. Y para hacerlo ya no nos pedía un acertijo sino una elección.

Tres puertas, cada una con la visión de un posible futuro y solo una que nos llevaría de vuelta. La sala nos desafiaba a elegir un camino para poder cruzar al otro lado, sabiendo que ninguno era razonable y que todos implicaban pérdida.

En la primera opción durante el enfrentamiento contra el ejército oscuro de los nigromantes perdíamos a buena parte de los brujos, a Edan, a mi prima y a Héctor.

En la segunda, la visión era muy parecida, pero esta vez caían Estrella, a mis tías y a Elio.

En la última, el resultado era el mismo. Perdíamos a muchos brujos y fénix, entre ellos mi madre, mi tío y nosotras que acabábamos siendo parte de la oscuridad.

Cualquiera de las tres opciones era dolorosa y deprimente. Así que aparté la mirada de las proyecciones que se sucedían en bucle una y otra vez.

—No sé qué tenemos que elegir. Se trata de seleccionar lo que pasará de verdad, lo que preferimos que suceda o el final en el que perdamos a menos personas… ¿Cuál es la lógica aquí?

—Ni idea… ¿Puede tratarse de sacrificio? —planteó Héctor.

—Entonces crucemos por la segunda puerta, me ofrezco voluntario. —Estaba dispuesto a morir por la causa junto a su hermana.

—Espera —lo detuve—. ¿Por qué tú? Es nuestra misión, debemos hacerlo nosotras.

Estuvimos discutiendo un rato, todos queríamos que los otros vivieran. Todos perdíamos a gente en cualquiera de las alternativas, y esto, no nos llevaba a ningún sitio. Debíamos tomar una decisión juntos.

—Así nunca nos pondremos de acuerdo… —meditó Héctor en voz baja. Estaba dándole vueltas a una idea, estaba segura.

—¿En qué piensas? A veces a mí también me gustaría saber lo que tienes ahí dentro —dije señalando su frente. Él sonrió de repente negando con la cabeza.

—Tiene gracia que le digas precisamente eso a un protector que sube muros mentales para que nadie pueda entrar en su cabeza.

—Pero ya no hay muros entre nosotros, ¿verdad? El laberinto se ha encargado de eso y ahora nos conocemos de verdad. No tienes por qué guardártelo todo para ti.

—Cierto —me miró un segundo meditando su respuesta, pero lo dejó correr. En su lugar prefirió ser más práctico y contestar a la pregunta anterior—. Si realmente se trata de sacrificio, entonces lo mejor sería…

—Que cada uno cruzáramos por la puerta en la que perdemos más —le corté. De repente también lo veía muy claro.

—Correcto. Pero si la prueba no va de eso, la estaremos cagando a lo grande. Porque la sala ha dicho que elijamos solo un camino. Aunque no sé si es literal o metafórico.

—Y en ese caso —continuó Elio mirando el huevo—, solo uno volvería. ¿Qué queréis hacer?

En realidad, tenía sentido que cada uno eligiera su propio camino, uno que nos devolvería al punto de partida gracias a nuestro sacrificio. Tenía que ser eso.

—Creo que tienes razón, cada uno debe hacer una elección y un sacrificio —me posicioné delante de la mía—. Nos vemos al otro lado.

Los chicos asintieron a la vez e hicieron exactamente lo mismo, se situaron frente a sus respectivas puertas. Los miré por última vez a ambos antes de coger aire y desaparecer atravesando la mía.