22
S us párpados permanecían cerrados sobre su rostro relajado y en calma, que estaba enmarcado por mechones de pelo rubio aún empapados en sudor.
Tenía los brazos abiertos con las palmas apuntando al cielo y la boca entreabierta igual que la Ofelia de Millais. Tan bello e inquietante como el mismo cuadro.
Entendíamos que no podía estar muerto, pero tal y como él me dijo una vez, había cosas mucho peores. Y estar catatónico, perdido y encerrado en tu propia mente luchando contra tu peor miedo, me parecía un final muchísimo peor.
El mío ahora mismo, era acercarme y descubrir que lo habíamos perdido para siempre. Fue Elio el que se armó de coraje suficiente para agacharse de nuevo a su lado.
—Tío, despierta —lo zarandeó como si solo se estuviera echando una siesta—. No me jodas y despierta ya.
Volvió a insistir moviéndolo aún más fuerte y me pareció ver como sus espesas pestañas aleteaban. Había sido tan rápido que no sabía si me lo había imaginado hasta que soltó un gruñido.
—No me jodas tú a mí, y para de dar por culo —protestó con una voz grave y pastosa intentando quitárselo de encima.
—Hostia tío menos mal, por un momento me he cagado vivo.
—¿Cómo estás? —me acerqué al fin. Solo entonces abrió los ojos, sus iris volvían a ser azules como un cielo despejado de verano. Aquel gris mortífero que los opacaba hace tan solo unos minutos había desaparecido por completo.
—Hecho polvo, como si un laberinto mágico hubiera intentado matarme.
—Pero no lo ha conseguido —sonrió mi hermana, aliviada—. ¿Arriba?
—Arriba —confirmó dándonos la mano.
En cuanto su mano se posó sobre la nuestra, una corriente eléctrica recorrió cada una de las terminaciones nerviosas de Candela, y sus pupilas se dilataron como si pudiera verlo absolutamente todo de nosotras. O, mejor dicho, como si pudiera verme a mí ahí dentro.
La sensación duró un segundo, pero tenía claro que no me lo había imaginado, porque mi hermana había sentido exactamente lo mismo. Ahora podría saber todo lo que pensáramos.
Dos protectores a los que nunca les podría esconder nada.
— Tu peor pesadilla hermanita.
—Prometo no ser muy invasivo —y la forma en que lo dijo, mandó una nueva descarga eléctrica.
— Dios, no sé si voy a poder con esto —se lamentó Candela—. No se me da bien ser la sujetavelas…
—Bueno ¿qué? ¿Dejamos eso para otro momento y nos centramos? —sugirió Elio.
Aunque no podía escuchar la historia entera porque Candela no lo había dejado entrar, tenía suficiente contexto de todo lo que le llegaba de mi parte. Qué fuerte que no me hubiera dado cuenta antes…
Aunque esta conexión, quizá por ser de ambas o consentida, había sido brutal.
Como una sacudida que nos había hecho temblar de pies a cabeza.
Podía sentirlo perfectamente dentro de mí como si fuera parte de mis pensamientos, sin ningún límite entre nosotros.
Cada uno de mis recuerdos, dudas o deseos ahora estaban totalmente expuestos.
Héctor se levantó con nuestra ayuda. Una vez en pie, debíamos dejar a un lado el batiburrillo de sentimientos que amenazaba con engullirnos y afrontar la tercera y última prueba del laberinto. La pregunta no era siquiera hacia dónde ir o qué hacer, ahora había otra incógnita mayor.
—¿Y qué se supone que tenemos que buscar para los Draganos? —Elio empezó a mirar a su alrededor para sopesar las opciones—. ¿Cuál puede ser el legado del primer Dragón?
—No lo sé, pero tendría lógica que sea lo que sea, estuviera en el punto central del laberinto —caviló mi hermana.
—Es decir, debería de estar aquí mismo —dio un par de pasos hasta situarse en el sitio exacto que estaba marcado por el dibujo de un nudo trigémino, grabado directamente sobre la tierra apisonada.
Un símbolo geométrico y ancestral de tres bucles entrelazados de forma continua e ininterrumpida—. Pero no veo nada.
—¿Y si no se puede ver a simple vista o es que sencillamente estoy equivocada?
—Genial, pues a ver cómo lo encontramos. Una bruja ahora vendría de coña —se dejó caer en el suelo frustrado.
Parecía que de momento no íbamos a ningún sitio, por lo menos no antes de tener alguna respuesta clara.
Nosotras estábamos totalmente en blanco, no había ni una pista de la que tirar.
Y en el laberinto, después de habernos enfrentado a nuestros miedos, ni se movía ni se escuchaba nada.
Daba la impresión de estar muerto de repente.
—Vale, qué sabemos de los dragones —planteó Héctor—. Por algún sitio tendremos que empezar.
Nos quedamos callados un buen rato, pensando, algo había dado en clase, pero no encontraba nada relevante que nos pudiera ayudar. Y por la cara que ponían, ellos tampoco.
—Venga —insistió—. Lluvia rápida de ideas.
—Que tiran fuego por la boca —se burló.
—Algo útil tío.
—No sé, es imposible pensar con este calor —Héctor y mi hermana se miraron.
—No hace tanto calor —nos agachamos a tocar el suelo—. Frío, frío. Dime que ahí la cosa está que arde.
Elio tenía las palmas de las manos apoyadas en el suelo. Su sonrisa se ensanchó poco a poco cuando lo entendió y enseguida se puso de rodillas a escarbar la tierra con cuidado, destrozando por completo el dibujo.
—¿Hay un tesoro enterrado o qué?
—Mejor aún, si no me equivoco, hay un huevo de dragón —siguió escarbando delicadamente, tan despacio que tardaríamos siglos—. El único problema es que son extremadamente frágiles, hay que tener mucho cuidado tanto para desenterrarlo como para transportarlo.
Estuvimos un buen rato concentrados en esa tarea, de hecho, ya llevábamos un agujero bastante profundo. Conforme más nos acercábamos al huevo, más sentíamos su calor, y más conectábamos con su magia.
—Ya está —dijo apartando la última capa de tierra por fin, como si fuera un experto paleontólogo—. Ven con nosotros, pequeño.
Introdujo las manos y lo extrajo poco a poco mientras extendía un pequeño campo de protección elástico alrededor del delicado huevo.
—¡Guau! —exclamé sorprendida—. No me lo esperaba tan grande.
Su tamaño casi triplicaba el de un huevo de avestruz. La forma también era ovalada, pero su superficie lejos de ser lisa, estaba recubierta de escamas superpuestas, semejantes a las de un dragón adulto.
—Despide mucho calor, es increíble —dije pasando un dedo suavemente por el huevo. Elio sudaba como si estuviera dentro de una sauna, un ser humano se derretiría antes de entrar en contacto con él.
—Pues hay que seguir manteniéndolo caliente y protegido. Sujeta.
—¿Yo, pero y si se me rompe?
—Es un segundo, no vas a romperlo. Venga cógelo sin miedo. —Candela alargó las manos despacio como si temiera despertarlo y que el huevo empezara a eclosionar en sus brazos.
— Tranquila, no vas a ser la madre de dragones ahora.
—Héctor, fuera camisetas. —Por un momento lo miró desconcertado, pero lo imitó cuando él se quitó también la suya.
— Ahora sí que hace calor. No se te ocurra negarlo chica —me cortó antes de que pudiera hablar—, porque estás en mi cabeza. Lo sé todo, lo siento todo. Y ellos también.
— Y qué si no soy de piedra. Que me detengan… —Candela sonrió sin poder evitarlo mientras ellos nos miraban sin perder detalle.
—¿Qué te hace tanta gracia? —quiso saber Elio. A él sí le faltaba parte de la historia.
—Se trata de subirle la temperatura al huevo, no a mi hermana —soltó divertida entre risitas.
— En algún momento voy a matarte, lo juro… —mi amenaza no hizo sino hacer que se descojonase aún más fuerte de mí. Qué cabrona.
—Me retracto, va a ser muy difícil intentar preservar vuestra intimidad si seguís en ese plan…
El comentario estaba flotando vergonzosamente en el aire, y a todo el mundo le hacía mucha gracia, menos a mí.
—Haced como si no hubierais escuchado nada por favor. Es más, olvidadlo completamente.
—¡Qué va, ni de coña! No pienso olvidar nada —aseguró mientras me miraba divertido con sus ojos oscuros—. Candela no te cortes, me interesa bastante todo lo que tengas que decir.
Qué bien se lo estaban pasando todos a mi costa…
Elio se acercó el huevo al pecho para mantenerlo caliente piel con piel, o piel con escama, mejor dicho.
Y lo arropó con las camisetas por encima como si fuera un bebé entre sus brazos.
La escena era bastante tierna, por no decir otra cosa.
Pero mi hermana enseguida le dio forma a lo que estaba pensando.
— Quién fuera ese huevo…
—Bueno —dijo interrumpiendo nuestra charla interna—, pues ahora solo falta encontrar el camino de vuelta.
—Sí, será mejor que nos centremos en eso. ¿Verdad, chicas? —creo que Héctor ya se estaba arrepintiendo de haber entrado en nuestras cabezas.
Nada más decirlo en alto y caminar hacia la salida, el laberinto se volvió a activar de nuevo como si supiera nuestras intenciones. Y la salida empezó a fluctuar.
—Otra vez no… —se lamentó cubriendo aún más el huevo—. Ahora hay que tener más cuidado.
Héctor apoyó la yema de los dedos sobre el campo que Elio había activado para protegerlo.
—Quiero probar una cosa… A ver si la tortura del laberinto, realmente ha servido para algo.
Se concentró en él como si pudiera verlo igual que nosotras, y dejó fluir su energía ambarina sin reprimirse. Enseguida se hizo más fuerte al conseguir combinar su poder con el de Elio.
—Buen trabajo tío. Me tenéis que enseñar ese truquito.
Estaba mirando a Elio y Héctor mientras hablaban, cuando de pronto, un ataque los derribó en el acto envueltos en fuego negro.
Cayeron al suelo retorciéndose de dolor mientras el huevo de dragón se desintegraba en menos de un segundo.
Cuando me di la vuelta, un grupo de oscuros flanqueaban la puerta de salida del laberinto desde el otro lado.
¿Cómo habían podido llegar hasta nosotros?
El grupo se abrió, dando paso a dos figuras femeninas que conocía perfectamente a pesar de la desfiguración que provoca la oscuridad en el cuerpo de un fénix. Mi prima y mi madre se preparaban para atacar y a mi espalda Héctor y Elio eran consumidos por la negrura.