21 #2
Su pena y culpa se filtraban sin querer de manera amplificada, era cierto que lo sentía y se arrepentía de lo que había hecho.
Y por un momento, mientras se acercaba lentamente hacia mis labios y me besaba primero exigente, luego más tiernamente, me olvidé por completo de que en realidad estaba besando a mi hermana.
Candela nos separó de un empujón rompiendo el momento. Y solo entonces Elio se dio cuenta de lo que había hecho.
—¡Yo no soy ella!
—Hostia, perdona —Elio retrocedió un par de pasos para añadir más distancia entre ambos—, no quería faltarte al res peto. Me he dejado llevar por el momento —se excusó con cara de circunstancias.
—Me vais a volver loca —estaba impactada y cabreada. No solo era la sensación constante de ser invisible al resto, es que además le acabábamos de robar su primer beso.
Se sentía tan mal por lo que acababa de pasar, que él no supo qué más decir para arreglar la situación. Estaban uno frente al otro, mirándose a los ojos y sin ser capaces de articular palabra. Entonces, unos alaridos rompieron el silencio abruptamente devolviéndonos a la realidad.
—Busquemos a Héctor —yo fui la primera en reaccionar al fin.
—¡Creo que viene de allí, vamos!
De nuevo empezamos a correr, pero esta vez le cogí de la mano, no pensaba perder a nadie más por el camino. Íbamos dando tumbos mientras el laberinto se abría para nosotros o nos cortaba por completo el paso.
—Se escucha más cerca, creo que está ahí detrás. Debemos cruzar.
— No lo hagas Estela.
Pero estaba hasta las narices, yo también quería saltarme las reglas para acelerar el proceso, y mandé una bola de fuego hacia la pared que nos separaba, que la engulló como si nada.
—Pensaba que no hacíamos trampas —dijo con sorna.
—Demasiado pronto para hacer bromas sobre eso —levantó las manos en el aire en señal de rendición y no dijo ni una palabra más.
Y de repente la bola de fuego volvió a nosotros como un boomerang impactando en el costado de mi hermana y derribándonos en el acto.
— ¿Alguna vez piensas antes de actuar? —Mi hermana rodaba dolorida en el suelo.
—Candela, ¿estás bien?
—Se me pasará, ayúdame a ponerme en pie, tenemos que seguir buscando —sus gritos cada vez eran más angustiosos y estaba solo—. Pero ahora pensemos un poco y no vayamos a lo loco.
Ella era la experta, si había alguna lógica en este sitio, solo Candela podría descubrirlo. Iba renqueando apoyada sobre Elio que la sostenía por la cintura hasta que se recuperara del todo.
Miraba atenta a su alrededor cómo iban cambiando las paredes. Si el laberinto quería separarnos haría todo lo posible para que no llegáramos hasta Héctor.
—Si esperamos lo suficiente, al final la puerta de paso acabará apareciendo.
Como si pudiera escucharnos, las paredes empezaron a moverse hacia nosotros estrechando el espacio donde nos encontrábamos, como si quisiera expulsarnos.
—Tenemos que irnos.
—No, todo lo contrario. No seguiremos haciendo lo que quiere el laberinto.
—¿Estás segura? —Candela asintió, pero yo sabía que se la estaba jugando, porque realmente no podía saberlo. Solo era una intuición.
Las paredes seguían avanzando hacia nosotros, apenas había espacio y ahora ya no podíamos escapar de aquí. Estábamos atrapados en un cubículo menguante, y solo esperaba que Candela no se hubiera equivocado por primera vez en su vida.
Los dos se compactaron esperando lo inevitable, la sensación era completamente asfixiante mientras las paredes se cernían sobre ellos y los engullía por completo como había hecho con mi bola de fuego.
Pero como siempre, la intuición de mi hermana no había fallado, me alegré de que fuera una sabelotodo capaz de sacarnos de cualquier apuro. Porque tal y como había supuesto, igual que nos había engullido, también nos había escupido al otro lado del laberinto.
—Es lo que habías dicho tú, enfrentarse a los miedos es la clave —dijo en alto mientras corríamos hacia Héctor, que estaba tirado en el suelo tapándose los oídos mientras se revolcaba y chillaba—.
Héctor qué te pasa, háblanos —Elio intentaba retenerlo para que dejara de moverse, pero era imposible.
Tenía la mirada com pletamente perdida, su cuerpo estaba aquí delante de nosotros mientras se retorcía en espasmos, pero él estaba muy lejos.
Sus iris azules estaban de un color grisáceo espeluznante como si estuviera dentro de una visión que no acababa nunca o algo peor.
—¿Qué coño le está pasando?
—¿Qué es lo que dijo el espejo sobre él? —Era importante recordarlo, el espejo en realidad ya nos había dado pistas de lo que nos íbamos a encontrar aquí dentro—. Su mayor miedo era dejar fluir su poder y sentirlos a todos. Se está resistiendo, tiene que dejarlos entrar.
—Pero, ¿cómo? ¿a quién?
—No lo sé.
Esto era diferente, no podía enseñarle la verdad como a Elio, porque estaba luchando consigo mismo no con un enemigo imaginario.
Puse mis manos sobre su pecho para intentar tranquilizarlo con mi poder. Héctor gruñó bajo mi contacto. Su cara crispada se contraía mientras el sudor le perlaba la frente y hacía que varios mechones de su pelo se pegaran alrededor de la cara. Estaba sufriendo.
Quise abrirme paso en su mente intentando derribar todos los muros que levantaba, era muy difícil colarse dentro de su campo protector.
—No está funcionando, no me deja entrar.
—Puede que haya una manera… —no le gustaba en absoluto, pero al final lo soltó de carrerilla—. Si tú le dejas entrar primero, la conexión será más fuerte. Quizá así puedas llegar hasta él.
—Igual eso forma parte de nuestro propio miedo —sopesó Candela—. Dejar entrar a una persona, para que nos vea por dentro sin reservas. Ya no seremos una única entidad, nos verá completamente a las dos.
—Ya sabéis que en esto no hay vuelta atrás, una vez le invitéis a entrar no podréis cortar esa conexión jamás —me sostuvo la mirada, arrepentido.
—Eso me da terror Estela. —La entendía perfectamente, pero también conocía a mi hermana. No iba a dejar que Héctor se quedara perdido en este laberinto dentro de su mente para siempre—. Hagámoslo —decidió al fin.
— Total qué es un protector más dentro de mi cabeza…
— Al final si esto sigue así será una matrioska de mentes, una dentro de la otra —bromeó nerviosa. Pero eso sí me pareció aterrador y espeluznante.
Y aun así lo hicimos. Abrimos la puerta y le invitamos a entrar. Candela pegó frente con frente, el contacto parecía hacer más fácil esa unión. Le dimos permiso para que nos alcanzara a las dos y que pudiera conectar sin reservas.
Elio tenía razón, fue mucho más fácil pelar capa a capa la cebolla de protección que durante tantos años Héctor había mantenido en pie para aislarse de todo el mundo. Su mente estaba totalmente desconcertada, no entendía qué hacíamos ahí.
—Héctor tienes que volver con nosotros. Ríndete a tu poder, no puedes luchar contra lo que eres, lo sabes.
—Yo no he pedido esto —se lamentó—. No quiero…
—Ni nosotras, pero tenemos que vivir con ello. Vence a tu miedo y vuelve. Te estamos esperando en el laberinto.
—¿El laberinto…? —parecía perdido y desligado de la realidad. La ilusión que ejercía el laberinto lo tenía atrapado—. ¿Esto no es real?
—Está solo en tu cabeza.
—¿Vosotras sois reales? —intento tocarnos con la punta de los dedos, pero solo éramos una proyección dentro de su mente. Podía escucharnos y sentirnos, pero realmente no estábamos ahí.
—Estamos contigo, pero tienes que despertar. ¿No notas mi frente sobre la tuya?
Se concentró un momento intentando sentir su cuerpo, pero no podía conectar, no notaba sus extremidades, ni el pelo mojado sobre su frente, ni el peso del cuerpo de mi hermana sobre él. Me preocupaba que si seguía encerrado en su mente no pudiera volver.
Me esforcé para enviarle una ola de calor y bienestar a través de las manos de Candela.
—¿Lo sientes ahora?
—Creo que noto algo…
—Pues lucha por volver. Permítete sentir lo que hay a tu alrededor y alcanzar todo tu potencial.
Candela se separó de Héctor, nosotras ya habíamos hecho lo que estaba en nuestra mano, ahora solo él podía decidir qué hacer.
—¿Habéis podido llegar hasta él?
—Sí, pero ahora tiene que decidir. Solo él puede enfrentarse a sus miedos —cogí la mano de Elio y la puse también sobre el pecho de Héctor—. Que sepa que estamos aquí.
Se revolvió como un animal salvaje en una trampa bajo la palma de nuestras manos.
—Puedes hacerlo —le susurré al oído—. Tú puedes.
Como si mis palabras en vez de calmarle le hubiesen azotado, empezó a convulsionar ferozmente haciendo que su cuerpo se retorciera de manera antinatural. Tanto que tuvimos que apartarnos porque no había manera de contenerlo.
—Héctor por favor… —dije aterrada.
—¿Qué hacemos?
Pero de pronto, sin más, dejó de moverse. Se quedó totalmente quieto y pálido sobre el suelo del laberinto, como si fuera un cadáver.