La orden del fuego 21
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L as letras empezaron a brotar borrosas en la superficie reflectante del espejo hasta construir frase por frase. Según el espejo, era parte de la clave para poder ganar esta lucha. Candela empezó a leerlo en voz alta para todos:

Cuando todo se apague, yo seguiré latiendo, pero si me pierdes, la luz se irá desvaneciendo. Ni espada ni fuego podrán jamás romperme, conmigo eres fuerte, sin mí no puedes sostenerte.

—Vale, ¿podría ser un corazón? Late y sin él no puedes vivir… —propuso Elio.

—Eso es muy evidente, tiene que ser otra cosa —razonó Héctor—, pero, ¿qué?

—Hay que pensar en un concepto clave, lo ha dicho el espejo… No sé, ¿unidad? No, eso no cuadra… piensa Candela, piensa…

Las últimas letras empezaron a desaparecer de nuevo.

—Si no dais una respuesta clara al espejo antes de que desaparezca el acertijo, no conseguiréis entrar —la esfinge anunció la cuenta atrás.

—¿Qué sostiene al mundo? —preguntó Candela a nadie en particular, le ayudaba pensar en alto.

—El amor, la amistad, la confianza… —empezó a enumerar Héctor.

—¡¿La fe?! —Elio no iba desencaminado, pero había algo más fuerte y más extendido que la fe.

—Es la esperanza —dije categórica cuando la mitad del acertijo había desaparecido ya del espejo—. Si no hay esperanza, no queda nada.

Nada más decirlo en voz alta las letras desaparecieron del todo y la superficie empezó a hacer hondas como si fuera agua. Parecía haber pasado en cuestión de segundos de un estado sólido a otro líquido. El espejo por fin nos invitaba a pasar.

Héctor se hizo a un lado para dejarme cruzar en primer lugar.

—¿Qué, las mujeres primero? —me pareció antiguo hasta para un fénix.

—No, las líderes primero.

—Ahí le has dao chaval —canturreó Edan. Fue lo último que escuché antes de cruzar por su extraña masa viscosa.

Me paré en seco a observar el laberinto vivo con atención. Héctor, que llegó enseguida detrás de mí, se asomó por encima de mi cabeza sin problema gracias a su altura para ver qué me había dejado tan noqueada… No tuve que girarme para saber que tenía la misma cara de estupefacción que la mía.

Ahora entendía perfectamente por qué lo llamaban así, la puerta de entrada no dejaba de moverse. El laberinto cambiaba constantemente.

—¿Cómo cojones atravesamos la puerta si no deja de moverse? —Elio intentaba seguir la fluctuación de la puerta, pero iba demasiado rápido.

—Debe de haber un patrón o algo, pero no lo veo —si la gemela lista no era capaz de encontrarlo, entonces estábamos apañados.

—¿Y si intentamos cruzar sin más?

—¿Qué sugieres, Elio, saltarte las normas otra vez? —No pude contener la lengua.

—Chicos, o colaboramos todos o no terminaremos las pruebas.

— Cálmate Estela, ya tendréis tiempo de solucionarlo.

—Podemos probar si es posible cruzar volando o atravesando la pared de arbustos.

—No te cortes tío, inténtalo.

—Eso no puede salir bie... —mi hermana no pudo terminar la frase, Elio impactó en el laberinto que lo absorbió y luego fue escupido violentamente hacia el suelo.

—Joder, me he roto una costilla. —Héctor no paraba de reírse de él, el resultado había sido el esperado.

—Poco me parece… Pues ya sabemos que eso no funciona. Las trampas nunca funcionan.

—¿Puedes levantarte? —se preocupó Candela haciéndome callar.

—Dame unos minutos…

—Tengo una idea —de pronto Héctor alzó el vuelo.

—¿Tú también?

—No, solo necesito tener una visión más amplia.

—¿Qué ves?

—Parece girar en círculos con un ritmo repetitivo, pero cada vez el giro se desplaza ligeramente hacia un punto más bajo o más alto —contestó desde las alturas.

Luego se puso a contabilizar los movimientos.

Y lo comprobó tres veces más—. Lo tengo, la puerta sigue un patrón en espiral que se repite, aunque no siempre en el mismo orden.

Primero ocho ascendentes, luego cambia a ocho descendentes y vuelta a empezar.

Debemos cruzar cuando vuelve al mismo punto inicial. Ahí sí coincide.

—¿Estás seguro? —su cara de suficiencia me hizo leer entre líneas que la duda ofende—. Vale, pues si lo tienes tan claro…

—Sí, pero desde aquí abajo perdemos la perspectiva y no distingo el punto inicial. Hay que contabilizar bien o… —se quedó callado pensando.

—¿O qué?

—O me quedo arriba y pasáis vosotros cuando os avise.

—Todos o ninguno —sentenció. Esta vez, estaba completamente de acuerdo con Elio, en esto no había discusión.

Héctor volvió a las alturas, contabilizando cada vez que pensaba que se reiniciaba la espiral. Contabilizaba y avisaba, una y otra vez hasta aprenderlo de memoria. Pero una cosa llamó la atención de Elio.

—Creo que he visto algo, puede que haya otro patrón. Atenta, mira en la esquina inferior derecha cuando Héctor vuelva a avisar.

—¡Ahora! —gritó Héctor.

—¡Ahí, lo ves! —señaló—. Es más rápido que la fluctuación de la puerta, ¿lo has visto?

—Creo que sí, comprobamos en la siguiente vuelta.

Era cierto, cada vez que reiniciaba había un pequeño glitch, como si fuera un fallo en el sistema.

Como si el glamour de la magia que producía el movimiento colapsara por una milésima de segundo y solo entonces, parecía que la esquina inferior temblara un segundo provocando una pequeña interferencia.

—Lo tenemos —Candela cogió la mano a sus compañeros—. Cruzaremos juntos.

Héctor empezó a contabilizar de nuevo mientras teníamos la mirada fija en el punto exacto donde se producía la diminuta interferencia.

—¡Ahora! —gritó de nuevo y empezamos a correr hacia la abertura.

Nada más cruzar, la puerta desapareció a nuestra espalda como si jamás hubiera existido. Dentro la cosa no mejoraba, el laberinto no solo estaba vivo, además parecía que albergaba más peligros y que no estábamos solos.

—¿Escucháis eso? —Los dos asintieron, parecía que se oían latidos, respiraciones, chasquidos de huesos crujiendo y pasos…

—¿Y ahora por dónde vamos? —Héctor hizo ademán de alzar el vuelo, pero no logró despegar los pies del suelo—. Aquí no podemos contar con la baza de la altura, ¡mierda!

Un siseo cortante y aterrador se arrastró entre nosotros como una serpiente enroscándose entre nuestras piernas. El sonido nos puso la piel de gallina y agudizamos el oído, alertados; algo estaba a punto de pasar.

Era palpable, hasta el aire parecía más denso. Una niebla grisácea oscureció el entorno dificultando la visión del laberinto cambiante y entonces los gritos de un hombre torturado empezaron a llamarle.

—¿Papá? ¿Papá, dónde estás? —Elio salió corriendo siguiendo la voz, desesperado por encontrarlo.

—¡Espera! —Pero ya no nos escuchaba y corrimos tras él.

Dimos vueltas en los pasillos cambiantes del laberinto persiguiéndolo, se abrían y se cerraban a nuestro paso, parecía que nos conducían a donde querían.

La sensación de estar totalmente perdidos y sin ningún control sobre la situación, estaba poniendo de los nervios a Candela, que solía actuar razonadamente ante cada circunstancia después de estudiar muy bien sus opciones.

— Aquí no hay tiempo para eso.

— Pues es un grave error.

Seguí corriendo, ya casi lo había alcanzado cuando se me ocurrió mirar hacia atrás y vi que Héctor ya no nos seguía. Mierda, lo habíamos perdido en algún momento y no me había dado cuenta. La estábamos cagando, de momento ya nos habían separado.

Llegamos a un claro un poco más grande donde estábamos absolutamente solos, y sin embargo Elio estaba hablando con alguien, metiendo las manos entre los espesos arbustos que formaban sus paredes como si quisiera ayudarlo a salir de su trampa particular.

Sin darse cuenta que estaba cayendo en la suya propia.

Arañaba la superficie como un loco sin control y forcejeaba con unas lianas con espinas que empezaban a enroscarse por todo su cuerpo.

Al cabo de unos segundos estaba lleno de cortes sangrantes sobre todo en la cara y sus brazos.

Pero lo peor, es que casi no podía moverse bajo el agarre de las plantas que lo estaban comprimiendo y asfixiando poco a poco.

—¡Ahí no hay nadie! Están jugando con nosotros —pero no me escuchaba… No podía llegar hasta él.

—¡Papá por favor, coge mi mano! ¡Papá no me dejes otra vez!

Me acerqué a él para intentar pararlo y liberarlo, pero cuanto más empeño ponía, más se enroscaba y más le engullían las paredes. Las espinas perforaban su piel y me impedían tocarlo sin hacerme rasguños en las manos o sin provocarle heridas cuando intentaba soltarlo.

—Elio, mírame por favor, ahí no hay nadie. —Sus lágrimas desesperadas rodaban por sus mejillas sin control. Una mezcla de rabia, tristeza y miedo lo envolvía como una nube tormen tosa. Y ese sentimiento consiguió alcanzarme cuando puse mis manos sobre sus hombros.

Como no atendía a razones, intenté llegar de otra manera. Le introduje mi recuerdo, para que pudiera ver lo mismo que yo. Allí no había nada ni nadie a quién salvar. Eso le hizo parar un segundo para intentar recobrar el aliento.

Al dejar de forcejear, las lianas se aflojaron como si estuvieran perdiendo fuerza. Le había mostrado la realidad y eso lo estaba trayendo de vuelta hasta mí.

—No hay nadie, lo juro, mírame. Mírame a mí —le dije dándole la vuelta para coger su cara entre mis manos.

—No lo entiendo… —Puso sus manos ahora libres sobre las mías, mientras me miraba aterrado a los ojos—. Los oscuros se estaban llevando a mi padre. No podía salvarle. No podía…

—Creo que el laberinto puede mostrarnos nuestros peores miedos. Y solo saldremos de aquí si podemos superarlos.

—Pero es tan real. —Su corazón latía tan rápido que parecía que se le fuera a salir del pecho en cualquier momento.

—Lo sé, tranquilo. Estoy aquí —repetía para tranquilizarlo—. Estoy contigo, cien por cien. ¿Recuerdas?

—Lo siento tanto, si pudiera volver atrás y cambiarlo… —ahora ya no estaba hablando de su padre ni del laberinto—. Perdóname, no quiero perderte. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.