20 #2
Pero antes de que pudiera acabar la frase volvieron a su forma humana. Total y completamente desnudos. Y no parecía preocuparles.
El representante de los Quiméridos era un tiarrón de casi dos metros con pectorales de acero. Su aspecto era igual de salvaje tanto convertido como de humano. Las otras dos pertenecientes al clan Dragano y Esfingio, eran mujeres. Bastante imponentes, por cierto, y no solo por su envergadura.
La esfinge era a la única que se le podía reconocer porque conservaba su rostro humano a pesar de la conversión. De hecho, era fácil hacerlo, por sus ojos amarillos y felinos que parecían leerte hasta el alma.
Miraba a Candela con tanta intensidad que mi hermana empezaba a sentirse expuesta como si pudiera ver debajo de su ropa.
— No te pongas nerviosa, estoy segura de que esa tía puede oler el miedo .
— Demasiado tarde, puede que me haya hecho pis encima…
—Tranquila —susurró el brujo cogiéndola de la mano. A nadie se le escapó el gesto de Cael hacia mi hermana.
—Gracias por acudir a nuestra llamada.
Mi madre rompió al fin el silencio que nos separaba, presentando sus respetos y pidiendo oficialmente la ayuda de los clanes para la guerra que estallaría en unos días. Guerra en la que todos estábamos implicados, incluso ellos. Aunque todavía no pudieran verlo.
—Lo sabemos —contestó secamente la dragona.
—Entonces también sabréis que todos estamos en peligro. Nada impide que luego vayan a por vosotros.
—Y si es necesario lucharemos esa guerra, cuando llegue el momento.
La pregunta no es si nos pertenece esta lucha o la siguiente.
No es que no nos importe, ni que tengamos miedo a estos enemigos que amenazan los planos mágicos y podrían destruir los pilares que mantienen el equilibrio entre nuestro mundo y el humano.
—¿Entonces cuál es la maldita pregunta? —No pude evitar meter baza en la conversación.
—Es si vosotros podéis luchar de nuestro lado. —Eso no lo había visto venir. Nos dejó a todos completamente descolocados.
—No lo entiendo.
—Debéis demostrar que sois dignos de liderar una alianza que trascienda el conflicto inmediato. Y eso requiere que podamos comprobar vuestra capacidad para equilibrar los principios en los que se rigen nuestros clanes.
—¿Demostrar cómo?
—Con una prueba.
—No me jodas, será una broma… —La dragona fulminó a Edan con la mirada. En el tiempo que lo conocía, nadie le había hecho callar tan rápido.
—Si no estáis preparados podemos dejarlo aquí y ahora. —El quimérido empezó a darse la vuelta zanjando el asunto. Ahora teníamos una panorámica perfecta de su musculoso trasero.
—De eso nada. No hemos venido hasta aquí para irnos con las manos vacías. —Ni de coña me iba a ir sin obtener lo que habíamos venido a buscar después de perder a una de las brujas durante la emboscada—. La muerte de Astra no será en balde, eso lo puedo jurar.
Mi contestación pareció agradar a los metamorfos que empezaron a contarnos en qué consistía la prueba del laberinto vivo y quiénes íbamos a participar. Cada clan seleccionaría a un fénix, nosotros no teníamos ni voz ni voto en ello.
La primera prueba, representaría la sabiduría y justicia que veneraban los Esfingios, era la que determinaría si podríamos entrar.
La siguiente consistiría en atravesarlo hasta llegar a su centro, eso demostraría a los quiméridos nuestra valentía y resiliencia, las dos patas sobre las que se regía su clan.
Y por último, la prueba de los draganos: lealtad y resistencia.
Debíamos de encontrar y transportar algo muy preciado para ellos, el legado del primer Dragón.
Si completábamos las tres pruebas seríamos dignos de luchar a su lado.
Y por lo tanto se convertirían en nuestros aliados en la guerra contra la oscuridad.
—Ahh bueno ¿solo eso? —bromeó Edan—. Está chupado.
—Y tú estás fuera —contestó categórica la dragona que no toleraba las tonterías de nuestro amigo—. Si por mi fuera, te echaba mi aliento hasta hacerte llorar como el bebé que eres.
—Los hombres tienen derecho a llorar y a mostrar sus sentimientos, no hay nada malo en ello, eso no nos hace débiles… —La dragona estaba a punto de explotar, la vena que tenía sobre la frente cada vez se hinchaba más.
—¿Podemos dejar la deconstrucción masculina para otro momento, y empezar ya con la prueba? Por favor… —Candela no quería que nos negaran la oportunidad antes de empezar—. Y tú deja de hablar —apuntó al moreno con el dedo.
—Te quiero a ti —el quimérido había hecho la primera elección, Candela estaba dentro.
—Yo me quedo con el rubito de pelo largo —se adelantó la dragona para no quedarse la última. Dio un par de vueltas para inspeccionar a Héctor como si fuera un filete tierno al que hincarle el diente, parecía contenta con su decisión—. Sí, es él —se reafirmó.
—Tú, eres el último elegido —se pronunció por fin señalando a Elio, cerrando así el cupo de candidatos. La elección ya estaba hecha.
La esfinge hizo aparecer un espejo en ese mismo momento. Supuestamente esa debía de ser la puerta de entrada. ¿Pero cómo la podíamos cruzar?
Los chicos se miraban con la indecisión dibujada en la cara, ninguno parecía preparado para arrancar y ser el primero en enfrentarse a la prueba. O más bien, no sabían cómo hacerlo.
Entonces Candela empezó a caminar lentamente hacia el espejo, y lo tocó insegura con un dedo.
Por un momento pensó que podríamos atravesarlo sin más como la Alicia de Lewis Carroll.
Pero esa no era la historia de este espejo, cuando nos pusimos enfrente se reveló la verdad ante todos y quedamos expuestas.
Su reflejo no solo nos proyectaba a las dos, también enseñaba nuestras virtudes y los secretos más oscuros.
Por primera vez en mucho tiempo mi hermana y yo coincidíamos en algo: el miedo.
Miedo a no ser lo suficientemente fuertes para liderar y proteger a los demás. De no ser capaces de cumplir la misión que la generación anterior llevaba escrita sobre su piel.
Candela lo sentía como un peso calculado, medido, capaz de desbordarse si no lo contenía con todas sus fuerzas.
No era distinto a cualquiera de sus emociones, que se empeñaba en dominar para no dejarlas salir nunca.
Dudaba de su capacidad para guiar y consideraba su prudencia un lastre, mientras yo temía a mi propia impulsividad, la certeza de que podía estropearlo todo a cada paso y decisión que tomaba.
Ese peso que llevaba tanto tiempo soportando estaba poco a poco erosionándome por dentro.
Y luego había otro miedo más egoísta, más íntimo, que no podíamos esconder por más que quisiéramos, nos aterraba la idea de que yo no pudiera volver y tuviéramos que compartir cuerpo para siempre.
No poder funcionar la una sin la otra, tan mezcladas y perdidas, que dejáramos de ser para siempre una entidad propia para formar una sola.
Era la peor pesadilla de Candela hecha realidad, ser completamente invisible, más de lo que ya lo era viviendo siempre a mi sombra. Estábamos atrapadas, y la sensación era completamente asfixiante.
Pero también había valentía en mí y sabiduría en ella. Había fuerza en nuestro binomio.
Eso nos sorprendió a ambas, puesto que nosotras no creíamos en nuestra fuerza.
En muchas ocasiones era más sencillo reconocer los miedos que aceptar nuestras virtudes.
El espejo nos había ofrecido una verdad completa que ni nosotras mismas éramos capaces de ver y la habíamos aceptado sin reservas, porque resonó en cada fibra de nuestro ser.
Creíamos lo que nos revelaba, la mezcla no nos anulaba ni nos diluía, nos potenciaba. Cada una con su voz y su fuego, pero juntas éramos más que la incertidumbre y el miedo.
Por eso, tras la aceptación, el espejo dejó de mirarnos por dentro y solo ofreció la imagen que todo el mundo podía ver, la de la única persona que estaba situada delante. A mi hermana.
Entendimos que había acabado con nosotras por el momento, por eso se hizo a un lado y dejó que el siguiente se asomara para enfrentarse a su propia verdad.
Héctor tenía miedo de que pudiéramos ver dentro de él, porque entonces todo el mundo sabría la verdad, el secreto que jamás había revelado y que le pesaba como una losa. Que su conexión mágica era una carga. Que era un fraude.