La orden del fuego 20
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S e escuchaban sus aullidos de dolor y el crepitar de su carne quemada entre las llamas.

La potencia de nuestro ataque combinado era muy poderosa, y eso me devolvió por un momento la esperanza que se mezclaba con la pena de dañar a los que una vez habían sido de los nuestros.

Incluso aunque fueran completos desconocidos.

Detrás de cada oscuro había una historia. Unos padres que no recuperarían a su hija. Un hermano que jamás volvería, una familia que perdía a alguien irremplazable. O quizá aún no estaba todo perdido y podrían recuperarlos…

Nuestro fuego implacable siguió azotándoles hasta que ya no hubo resistencia y sus voces se apagaron en un murmullo igual de rápido que se consume una cerilla. Cuando cesó el ataque y las llamas se disiparon, de la docena de oscuros, tan solo quedaron dos cuerpos tendidos en el suelo.

El alivio que sentí al ver la larga melena de Edan esparcida por el suelo, se esfumó cuando le di la vuelta para descubrir que aún seguía corrupto y que estaba inconsciente.

—¿Qué pasa, por qué no ha vuelto? —balbuceó mi prima histérica posando las manos sobre la mancha negra que se extendían por su brazo derecho.

—No lo sé, parece que la oscuridad cada vez es más fuerte.

Inspeccioné a la otra chica que estaba tendida a su lado.

La mitad de su cara también estaba teñida de un negro profundo que se arremolinaba alrededor de su ojo izquierdo, o mejor dicho, de lo que ahora mismo solo era un agujero aterrador.

Intenté reprimir una arcada, y en lugar de eso, concentrarme en pensar qué podríamos hacer por ellos.

Posé mis manos en sus cuerpos e intenté traerlos de vuelta, pero era distinto, podía notar cómo la negrura se aferraba fieramente a sus células y se resistía casi como si tuviera vida propia.

—Esto no es bueno… —susurró Candela para todos—. Antes se podía revertir mientras se estaban convirtiendo.

—Deberíamos probar de nuevo con nuestro fuego combinado —dijo la esfinge. Parecía que durante la metamorfosis solo ella podía comunicarse—. Probemos hasta eliminar la oscuridad del todo o… a eliminarlos a ellos por completo.

No me gustaba la segunda alternativa. Pero era cuestión de tiempo que la masa negruzca que consumía su carne volviera a apoderarse de ellos de nuevo.

—Aquí también necesitamos ayuda. —Cael sostenía a Tirso entre sus brazos que aún permanecía desmayado—. Ha drenado su energía, necesita chute de fénix, pero está vivo.

Nos habíamos equivocado al no traer más sanadores, solo habíamos contado con la protección y el ataque, esto no debía de volver a pasar. Aunque en teoría era una simple misión de reclutamiento, pero estaba claro que siempre nos llevaban ventaja.

Candela se precipitó sobre Tirso lo más rápido que pudo y derramó unas lágrimas sobre su cuerpo inmóvil. Las lágrimas resbalaron por su piel morena dejando un reguero ambarino a su paso.

—Esto debería bastar. Démosle unos minutos.

—Se puso en pie de nuevo con la adrenalina por las nubes.

Su corazón golpeaba ruidosamente el pecho como si quisiera escapar.

Cuando todo hubiera terminado seguramente se desplomaría agotada en el suelo—.

Ahora el siguiente turno, vamos a traerlos de vuelta.

Pero su voz denotaba lo insegura que estaba al respecto.

—Un momento, mirad… —mi prima se agachó entre los cuerpos cogiendo sus manos. Ambos llevaban un anillo idéntico desde donde nacía el reguero oscuro que se aferraba todavía a su piel—. ¿Esto podría ser un objeto para aumentar su poder?

Simplemente lo rozó con la yema de sus dedos y tuvo que apartarse, el frío la mordió como una piraña rabiosa. Se concentró para lanzar los anillos lejos sin tocarlos de nuevo, que aterrizaron certeramente dentro del volcán. Esperando que su fuego pudiera hacerlos desaparecer para siempre.

—Probad ahora —se aferró a la esperanza de que los anillos fueran la explicación más razonable por la que ahora los oscuros pudieran salir bajo la luz del sol y fueran más fuertes. Confiaba en que esa tenía que ser la clave para recuperarlo.

Los metamorfos cogieron aire y se prepararon para iniciar su fuego y Candela hizo también su parte, levantando las manos temblorosas y apuntando hacia los cuerpos que aún luchaban contra la oscuridad.

Supuestamente la combinación de nuestro fuego era purificadora y también retroalimentaba nuestro poder, y eso debería de ser suficiente para traer de vuelta a los que no llevaban mucho tiempo convertidos sin perder su inmortalidad.

Si las reglas del juego habían cambiado porque cada vez eran más fuertes o la teoría de mi madre era equivocada, estábamos bien jodidos.

Habíamos venido hasta aquí suplicando la ayuda de los clanes para contar precisamente con esa baza.

Todos permanecimos en absoluto silencio mientras el fuego los devoraba de nuevo, a mi espalda escuchaba a Enara absorber mientras intentaba contener su llanto abrazada a Héctor.

Las llamas anaranjadas danzaban en un baile hipnótico hasta que alcanzaron su momento más álgido creciendo de manera descomunal casi dos metros de alto, para consumirse repentinamente del todo.

Como si el único cuerpo que quedaba tendido en el suelo las hubiera absorbido.

Al principio no se movió, y Candela dio un par de pasos para acercarse hasta estar totalmente inclinada sobre su cara que permanecía con los ojos cerrados.

—¿Por qué cojones habéis tardado tanto, pelirroja? ¿es que teníais algo mejor que hacer? —quiso incorporarse muy rápido, pero volvió a caer mareado sobre el suelo—. Estaré un rato aquí tumbado, pero no porque no me pueda levantar, sino porque no me sale de los huevos.

—Bienvenido tío. Tenía ganas de volver a ver tu cara de troll —dijo Elio detrás de mí.

—Mi jeta debería de estar en un museo como si fuera el puñetero David de Miguel Ángel, y lo sabes. Es una obra de arte.

Mi prima corrió a su encuentro y se tiró junto a él en el suelo. Así que nos apartamos para dejarles un poco de espacio.

—Aquí estás gilipollas.

—Eso parece… —Y se agachó para darle un beso ansioso, uno que parecía haber estado guardando desde hace mucho tiempo.

—Tío por favor, contrólate —murmuró Héctor mirando la tienda de campaña que se abría paso en su entrepierna—. No sé por qué te echábamos tanto de menos.

—El cuerpo quiere lo que quiere —dijo en cuanto mi prima consiguió despegarse de sus labios—. He estado mucho tiempo solo.

—Un momento, ¿te acuerdas de todo mientras eras un oscuro?

—Los cabrones me han torturado y se han encargado de que no pueda olvidar ciertas cosas —la expresión de sus ojos opacos reflejaba el daño irreversible que le había causado estar perdido en ese infierno—. Me han dado un mensaje para ti.

—¿Un mensaje?

— ¿Por qué querrían comunicarse con nosotras?

—La muerte siempre cumple sus promesas, y nosotros somos su mano —las palabras se le atragantaron y tuvo que parar un momento antes de continuar—. Las pocas victorias que creéis haber conseguido son porque nosotros lo hemos permitido. Pero la oscuridad ya es imparable y llegará hasta vosotras.

—Solo intentan desmoralizarnos —se apresuró a decir Héctor. No quería que ese mensaje calara e hiciera mella en el grupo.

Pues la verdad, había surtido bastante efecto, porque la sombra de la duda ya estaba sembrada. Cualquiera que fuera a la batalla, iría pensando que caminaba hacia una muerte segura.

—Pero dice hasta vosotras —apuntó Elio—, no a todo el mundo, ni a todos los fénix o a toda la humanidad… La amenaza es muy clara y directa, no me gusta.

Que estábamos en el punto de mira no era ninguna novedad, pero ahora más que nunca, sentía como si lleváramos una diana colgada en la espalda de Candela. ¿Estarían al tanto de la existencia de la profecía?

—Cuando dice vosotras, es que tu hermana… —Claro, él no lo sabía.

—Yo soy Candela. —le escrutó la cara de arriba a abajo—. Estela está aquí conmigo. Lo sé, es complicado de explicar…

—Sois jodidamente idénticas.

Edan se quedó asimilando la nueva información y buscando las siete diferencias.

Le había sorprendido muchísimo la noticia y quería saber qué me había pasado, pero decidió que ya lo haría una vez llegáramos a casa.

Otra novedad que también le tendríamos que explicar…

Demasiadas cosas habían cambiado en tan poco tiempo.

—¡Ya despierta! —Tirso empezó a moverse en los brazos de su compañero. Un corro de cabezas se asomó para ver el estado del brujo, incluida la de Edan que ya estaba en pie.

—¿Quiénes son estos tíos? —preguntó a Héctor que estaba justo a su lado.

—Te has perdido muchos capítulos, luego te ponemos al día.

Tirso empezó a abrir los ojos despacio, y cuando por fin pudo enfocar la vista, paseó su mirada entre los chicos un par de veces antes de hablar.

—¿Estoy muerto y he subido al cielo? —extendió su brazo despacio hasta colocar la mano sobre la cara de Edan y comprobar que era real.

—Aprecio tu buen gusto tío, y eres guapete, pero no me interesa —repetía esta frase sin parar como si nadie pudiera resistirse a sus encantos. Tirso hizo un puchero al darse cuenta que ni era el cielo, y muchos menos, su coro celestial de ángeles que venían a recibirlo.

—Esto es peor que una resaca —musitó incorporándose despacio mientras se sujetaba la cabeza entre las manos.

En su expresión pude ver el momento justo cuando le vino a la memoria todo lo que había pasado.

—Joder Astra, no… ¡Joder! —se lamentó tapándose la cara, evitando mirar el sitio exacto donde la habían atacado.

—Lo siento de verdad tío —le dijo Elio ayudándolo a ponerse en pie.

—Yo también —Candela lo rodeó con sus brazos hasta que se relajó y también le devolvió el abrazo. Y luego hizo lo mismo con Cael.

— Qué harta estoy de ir perdiendo gente por el camino.

Los tres metamorfos que se habían mantenido al margen hasta el momento se acercaron al grupo.

—Hostia puta… —dijo Tirso levantando la cabeza para ver las fauces del dragón—. ¿Qué cojones…?