La orden del fuego 19 #2
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19 #2

El fuerte contraste entre el monasterio y la isla me sorprendió al principio hasta que poco a poco me fui acostumbrando.

Aquí la atmósfera era muy especial, con la brisa fresca cargada de salitre del mar cercano.

Pero también densa, casi pesada, como si la energía del volcán estuviera latente.

Aunque sin duda lo que más llamaba mi atención era la tierra oscura que tenía bajo mis pies, marcada por la huella de la actividad pasada.

Estábamos a punto de asomarnos a las entrañas de lo que solo podía imaginarme como el Monte del Destino del Señor de los Anillos. Nunca antes me había preguntado cómo sería estar en el cráter de un volcán, ni se me había pasado por la cabeza que acabaría en uno.

—Valeee… Recordadme por qué estamos haciendo esto —dijo mientras alzaba la mirada recorriendo la envergadura del volcán que teníamos enfrente.

—Queremos salvar el mundo, prima. Es hora de lucir tus alas nuevas.

—¿Por qué os gusta tanto el peligro a los fénix elementales? —Candela aún era bastante conservadora en ese aspecto. Había que hacerlo, estaba claro, ¿pero disfrutarlo? Le parecía de locos.

—¿Y a quién no? —respondió Tirso guiñando un ojo.

—¡Tonto el último! —gritó Enara que echó a volar como un rayo hacia el cráter del volcán.

—¡Vamos! —Héctor tomó la mano de Candela y en un segundo nos precipitamos hacia el cielo azul de la isla. Por segunda vez estaba utilizando las alas, aunque no fueran las mías, y la sensación de libertad era maravillosa.

— Disfruta del vuelo hermanita. No hay una sensación igual.

—Tengo el estómago en la boca.

—El primer vuelo es el más complicado, te prometo que luego mejora.

En nada recorrimos más de tres mil metros, hasta el punto más alto del volcán. Ahí el calor se pegaba a tu piel como un velcro y la sensación era asfixiante. Y eso que nosotros estábamos diseñados para soportar calor extremo. Pero claro, este tampoco era un volcán cualquiera…

Mi madre se agachó para entrar en contacto con el volcán apoyando la palma de sus manos sobre la superficie rocosa. Todos teníamos que estar conectados con el portal, así que seguimos sus indicaciones. Solo entonces empezó con el ritual para establecer comunicación con los clanes:

Que el cráter despierte y el umbral se abra,

desde otros planos el puente se labra.

Ofrecemos nuestros dones: fuego eterno, sangre y agua

que los clanes acudan, así el pacto se fragua.

Con un asentimiento de cabeza dio paso a nuestra intervención, éramos una anomalía que pertenecía a las tres facciones, por lo tanto, podíamos donar en señal de respeto el fuego de un elemental, las lágrimas de un sanador y la sangre de un protector. Así lo hicimos, enviándolo dentro del cráter.

—¿Y ahora qué? — preguntó Elio cuando terminamos la ofrenda.

—Ahora esperamos. Con suerte — contestó mi madre con más esperanza que convicción —, acuden a nuestra llamada.

Volvimos con nuestros compañeros a la falda del volcán, que estaban sentados esperando nuestra vuelta.

—Y bien, ¿cómo ha ido?

—No lo sabemos Astra, de momento no hay respuesta.

—Esperar, me desespera… —dijo forzando contacto visual con Elio mientras se hacía una coleta con sus rastas. Sin duda esa frase era fruto de una conversación pendiente entre ellos—. Digamos que no soy un brujo muy paciente.

La única respuesta del chico ostra fue meterse las manos en los bolsillos y desviar su mirada oportunamente hacia otra parte.

El brazalete fue el primero en intuir el peligro, su brillo cálido atrajo todas las miradas olvidando esa conversación a medias.

Como respuesta al creciente frío que se abría paso lentamente en el interior de los huesos, nuestros hologramas hicieron lo mismo poniéndose en alerta.

Si Tirso quería entretenerse, parece que algo nos iba a mantener bastante ocupados.

—Yo también lo siento… —dijo Héctor expulsando vaho—. ¡Ya vienen!

El suelo empezó a cristalizar bajo nuestros pies como si fuera un río helado. Cuando quisimos reaccionar estábamos atrapados con las suelas de las botas pegadas al hielo, que escaló por encima de nuestros tobillos inmovilizándonos. Esto era un ataque totalmente nuevo.

Un humo negro brotó del suelo como azufre putrefacto, mutando en cuestión de segundos en una manada peligrosa de Fénix oscuros, que nos tenían rodeados. Sus rostros antinaturales abrían sus fauces y nos penetraban a través de esos pozos oscuros que antaño habían sido ojos, preparándose para atacar.

El desconcierto de esa emboscada a plena luz del día, perfectamente orquestada como si nos hubieran estado esperando, y la dolorosa sorpresa ante la presencia de uno de los oscuros, azotó al grupo dejándonos paralizados y sin poder reaccionar a tiempo.

—Es imposible, pero si aún no es de noche —jadeó mi madre con los esquemas completamente rotos. La oscuridad evolucionaba rápidamente dejándonos siempre un paso por detrás.

—¡No puedo moverme! —chilló la bruja aterrada un instante antes de desaparecer bajo una de sus poderosas llamas negras. No tuvo oportunidad de defenderse y fue la primera en caer consumida sin vida al suelo.

Enara lanzó su estaca, que pasó veloz y certera cortando el aire para clavarse finalmente en su corrupto corazón. Una ráfaga de aire dispersó sus cenizas que pasaron a formar parte de la isla. No había podido salvarla, pero sí la había vengado; ese oscuro no atacaría a nadie más.