19
N o era nada nuevo eso de recibir mensajes en una biblioteca, pero la duda una vez más era quién los mandaba y qué tenía que ver ahora el brazalete.
Pero bueno, la primera vez estaba de nuestro lado, así que… ¿Por qué no confiar?
Candela se llevó el libro bajo el brazo y anduvo por el monasterio hasta llegar a la cocina, donde podía sentir claramente a Enara. Estaba preparando un sándwich para Sol, mientras Héctor se tomaba un café apoyado en la encimera. Por suerte no había nadie más.
—Esa cara es exactamente igual a la que pone tu hermana cada vez que tiene algo importante que contarnos… —dijo por encima de su taza humeante en cuanto entramos a la estancia a toda prisa. Nuestra irrupción le pilló a medio camino de dar otro sorbo.
—Ya, bueno… ¿Por qué no dejamos que Sol coma tranquila mientras nosotros hablamos en la habitación de Elio?
Más que una pregunta fue una orden disfrazada, acompañada de un ademán de cabeza que indicaba: Moved el culo ya.
—Traducción, por qué no dejamos a la enana fuera de la ecuación para que no pueda enterarse de absolutamente nada de lo que esté pasando en este mismo momento. Algo que será muchísimo más interesante que comerme un triste sándwich sola, en una cocina extraña… —rezongó—. Soy pequeña, no gilipollas.
—¿Cómo que triste sándwich? Pero si le he quitado hasta los bordes… Tú come, calla y no digas palabrotas, o mamá me cortará a mí la lengua.
—Estaré aquí, esperando, por si a alguien le interesa ponerme al día en algún momento… —No le hacía ni pizca de gracia que la mantuviéramos al margen, pero no siguió rechistando. En lugar de eso, le pegó un buen mordisco al sándwich.
Cuando llegamos a su habitación él estaba esperándonos apoyado en el marco de la puerta, solo. Cosa que me alegró bastante, aunque no lo quisiera admitir.
—¿Y ahora qué pasa? ¿Alguna otra nueva profecía que indique cuándo vamos a morir lenta y dolorosamente?
—El sarcasmo no te sienta bien amigo —Héctor le palmeó la espalda justo antes de entrar.
—Ya, pues ahora mismo no tengo otra cosa más que eso. Sarcasmo y ganas de mear.
—Bueno, lo segundo te lo concedemos. ¿Oye, avisamos también a Estella? —preguntó mi prima. El grupo parecía incompleto sin ella.
—Así está bien —dijo mirándonos serio.
Ahí estaba de nuevo, de momento no quería involucrar a su hermana en estos líos o simplemente no le apetecía compartir espacio con ella por ahora.
Necesitaba tiempo y lo entendía, pero su hermana era la única familia que tenía y me sentía mal por ellos.
Y eso que precisamente yo, no era muy fan de Estrella.
Al pasar por su lado Candela rozó intencionadamente su brazo para comunicarse con él, introduciéndole un pensamiento, uno mío de tan solo hace un momento. Elio se agachó para susurrarme algo al oído de mi hermana.
—Vaya, vaya… Con que esperabas encontrar a alguien más aquí. Pues ya ves que no. —Y esta vez no se molestó en contener una pequeña sonrisita traviesa que se marcaba en la comisura de sus labios.
Mi hermana la entrometida…
— Al menos dale una alegría al chico y deja que pueda divertirme a través de tus líos amorosos. No puedo leer nada mientras nos preparamos para luchar contra el mal.
— Mejor ocúpate de tus asuntos. Mírame, bueno míranos, no es el mejor momento para jugar a las parejas.
—Ser una fénix te ha vuelto de lo más aburrida…
— Perdona si me preocupo por no tener cuerpo y por una guerra inminente .
Los tres miraban a Candela expectantes. Los lapsus de tiempo mientras manteníamos conversaciones internas se hacían cada vez más evidentes.
—Perdón, vamos al lío —dijo antes de entregarles el libro. Héctor enarcó una de sus perfectas cejas claras.
—¿Es una recomendación de lectura?
—Pero qué os pasa a todos, se me está atragantando vuestra ironía.
—Sin duda esa es Estela, probando de su propia medicina —dijo mi prima riéndose—. Tía, son tiempos difíciles. Hay que ser comprensiva.
—Y lo dices precisamente tú, la chamuscadora de cejas oficial. Anda, mirad en la hoja del título.
—¿El qué, la editorial? —me respondió confusa.
Le arranqué el libro de las manos, ¡cómo no lo veían! Pero tenía fácil respuesta, porque ya no estaba.
—No me jodas, mensajes que se borran… ¡¿Va en serio?! Vaya puta broma.
—¿Qué mensaje? —quiso saber Héctor.
—Estaba ahí, lo juro. Ponía no confíes en él.
—Estupendo, y por lo que sea no le venía bien poner nombre y apellidos ¿no?
Es cierto que estaba mejorando respecto a la primera vez, ahora teníamos más de una palabra con la que trabajar, pero no era suficiente. Siempre faltaba más información.
—Lo siento —dijo mi prima en cuanto se dio cuenta de su comentario sarcástico—. Estoy hasta el higo de toda esta mierda.
—Correcto, todos lo estamos, con la pequeña variación de higo a rabo —soltó frustrado mientras se tiraba en su cama.
—Bueno, pues sorpresa para nadie, tenemos un enemigo más.
—Pero Enara, si dice que no debemos confiar —puntualizó acertadamente Héctor—, eso es que ahora mismo creemos que es de los nuestros. Me preocupa cuál será su próximo movimiento.
—Cuidado, viene alguien —susurré haciendo el gesto de silencio.
Unos golpecitos en la puerta confirmaron que estaba en lo cierto, Héctor se acercó para abrirla y entonces la figura de mi padre apareció en el umbral.
Había reconocido sus pasos incluso antes de percibirlo.
Ahora me daba cuenta, los humanos caminaban despacio, con una cadencia que delataba la fragilidad de su mortalidad.
—Y aquí estáis todos… —en su voz asomaba la sospecha.
Cruzó los brazos sobre el pecho y empezó a mirarnos como si estuviera en una rueda de reconocimiento, observando a unos posibles delincuentes—.
Sabéis chicos, casi preferiría que estuvierais haciendo orgías como en Élite, en vez de andar urdiendo planes paralelos.
—Papá por favor… —mi hermana se pinzó el puente de la nariz avergonzada, si hubiera podido desaparecer, lo habría hecho. A mí padre siempre le había encantado torturarnos delante de nuestros amigos.
—Eso le encantaría a Edan —susurró triste mi prima. Al instante se arrepintió de haberlo dicho en voz alta y negó con la cabeza como si pudiera suprimir así su broma.
—He dicho casi, que quede claro para cuando vuelva Edan, solo era una broma —quiso suavizar el momento y darle algo de ánimos—, pero ni orgías ni planes paralelos. Sobre todo, porque ya nos estamos encargando nosotros de esto último, ¿entendido?
—Queda clarísimo, ¿qué querías papá?
—Os andaba buscando y Sol me ha dicho donde os podía encontrar. Hay novedades.
Por lo visto ya teníamos un plan, empezaba mañana y mi padre no podría participar en él por su condición humana. No me gustaba nada dejarlo al margen y mucho menos percibir su impotencia al no poder ayudarnos en nada. Aunque era por su seguridad…
Podíamos intentar protegerlo del peligro, pero no del paso del tiempo.
Acabaría sucediendo de una manera u otra, porque él seguiría cumpliendo años humanos, mientras que el ciclo de vida de un fénix se estanca a partir de los diecisiete tras su primer re nacimiento.
Cuando llegáramos a la edad adulta, mi padre ya no existiría.
Pero ese era otro tema con el que no quería lidiar ahora.
Supuestamente, todos los contactos se reunirían con nosotros en la fecha señalada, en el lugar del accidente, a la hora crepuscular. Con tiempo suficiente para abrir el portal al submundo durante la luna nueva.
Fénix de todas partes del mundo y los aquelarres de Zugarramurdi, Baztán, Trasmoz, Jerte y San Andrés de Teixido habían dado su palabra de que acudirían. Debíamos confiar.
Ahora quedaba lo más difícil, salir de nuestro escondite para unir a tres clanes independientes de cambiaformas que dominaban el elemento fuego y podrían enfrentarse contra las llamas corruptas de los oscuros, e incluso ayudarnos a revertir su estado, para traerlos de vuelta a la luz sin perder la inmortalidad como mi padre.
Estos metamorfos elementales descendían de criaturas míticas y antiguas igual que nosotros, pero existían separados en diferentes planos sin relación alguna con la tierra.
Por lo que, en teoría, lo que pudiera pasar aquí en nuestro plano terrestre, podría darles exactamente igual porque no les afectaba en absoluto.
—¿Entonces por qué iban a unirse a nuestra lucha?
—Porque somos gente maja… —aventuró Tirso.
—Creo que nos hace falta algo más que eso.
—Confía cariño, al final todo está entrelazado. La unión sería tanto por protección mutua como para preservar el equilibrio esencial para su supervivencia y de la magia misma. Al final metamorfos y fénix, estamos hechos de lo mismo.
Quizá mi madre tenía razón, al final éramos seres ancestrales hechos de fuego y magia. Y había algo aún más fuerte que hacía reaccionar a todo ser vivo aunque fuera inmortal, la necesidad de supervivencia y permanencia.
Si podían corromper a un fénix y destruir a todo aquel que habitara en la tierra, ¿qué impedía que hicieran exactamente lo mismo con ellos? Podían ser los siguientes si llegaban a su plano, y ese era el hilo del que tirar.
—¿Por qué clan empezamos?
—No tenemos tiempo para ir de plano en plano, los convocaremos a través de nuestro elemento y del portal que comunica con sus mundos. ¿Preparados para pasar calor? —preguntó mi madre al pequeño grupo que encabezaría esta expedición.
Pero nadie está preparado para el calor abrasador de un volcán mágico, ni siquiera un fénix.
Celeste y Eloisa fueron las encargadas de hacernos llegar hasta los pies del Etna.
También se ocuparían de hacernos volver, por eso no podían acompañarnos.
El resto vendría en representación de su aquelarre como prueba de unión ante los clanes.
Obviamente no podían acercarse al cráter sin derretirse como un cubito de hielo en pleno verano, por eso nos esperarían a salvo al pie del volcán.