18 #2
Mas cuando cielo y tierra en crepúsculo sangrante se hallen, surgirá la salvación, en quienes del fuego estallen, nacidas en el séptimo día del noveno mes, hijas de la séptima, ahí la clave es.
Dos corazones unidos podrán a las sombras azotar, devolviéndolas al lugar de donde no debieron escapar.
El umbral de la muerte condenadas a sellar, con el fuego eterno de su linaje a conjurar, cuando el séptimo día traiga una luna sin luz, por el sacrificio de lo imperecedero y su cruz.
Unidas, reflejos de una misma alma fiel, la oportunidad de que el mundo no se pierda hecho hiel, evitando así, que, por última vez, se vea arder su piel.
—Ahora queda claro que el tercer párrafo nos avisaba de los fénix oscuros —aportó Elio cuando terminó de leer.
—La parte en la que dice lo de la luna sin luz… —Caviló Candela—. ¿Cuándo es el próximo eclipse lunar?
—No encaja —respondió Tirso—. No es el séptimo día del mes…
—Sin embargo… —empezó a decir Cael.
—¡¿Sin embargo?!
—Hay otro evento lunar que sí va a suceder el séptimo día del mes. Para eso quedan… —empezó a contabilizar— exactamente nueve días…
—Luna nueva —concluyó Héctor—. Cuando se alinea entre la tierra y el sol, entonces su cara iluminada no es visible desde la tierra.
—Correcto.
—¿Cómo sabemos que estamos en lo cierto? —Mi prima no lo tenía claro, tampoco nos podíamos poner a estudiar todos los eventos lunares.
—No lo sabemos, pero debemos estar preparados.
—¿Nueve putos días para prepararnos? —Asintieron. Nadie puso en objeción mi palabrota, ni siquiera mi madre—. Nueve putos días para mirar al mal a la cara y no cagarte viva en los pantalones.
De pronto Tirso se mordió el labio inferior para no dejar escapar una risa inoportuna.
—La explicación más gráfica y acertada de la historia ever. —Y entonces sí, unas cuantas risas nerviosas comenzaron a aflorar sin remedio.
—Nueve días para juntar a un ejército de luz, lo suficientemente motivado para querer entrar al submundo.
Y por supuesto de que vosotras, según dice la profecía, encontréis la manera de…
¿cómo decía? —Celeste le arrancó el papel a Héctor de las manos para releer esa parte de nuevo—.
Eso, para que selléis el umbral de la muerte con el fuego de vuestro linaje.
—Lo que cojones quiera significar eso… —rezongué.
—Guau, chicas sin presión. No quisiera ser vosotras, aunque estamos todos en el mismo barco —quiso aclarar rápido.
—Genial, gracias Tirso. —Su sonrisita coquetona podía cegar a cualquiera y lo hacía parecer aún más adorable. Simpatizaba con él a pesar de tirarle los trastos descaradamente a Elio.
—¿A quién vamos a reclutar? —preguntó de nuevo Enara.
—A todo aquél que quiera unirse a esta locura —le respondió Cael—. Habrá que contactar con ellos e incluso salir a buscarlos si hace falta.
Todo el mundo estaba movilizado, brujas y brujos contactando con otros aquelarres. Mis tíos también estaban centrados de lleno en el reclutamiento y en la planificación, y el resto parecía saber exactamente lo que tenían que hacer, pero yo estaba totalmente paralizada.
Ya sabíamos quién nos atacaba y por qué, también cuál era nuestro papel en todo esto… ¿Y ahora qué? ¿Cómo lo parábamos?
— Háblame Estela, llevas horas callada…
Mi hermana estaba recostada en una de las arcadas del claustro con los ojos cerrados, disfrutando un poco del sol y del silencio después de haber estado entrenando buena parte de la mañana con Héctor. Pero a mí no me apetecía hablar, quería desaparecer.
— Estoy preocupada… Quiero saber que sigues aquí, conmigo.
Eso era una treta absurda, me sentía igual que yo la sentía a ella, no le hacía falta confirmación alguna.
Mi angustia no me dejaba pensar ni respirar, sin embargo, ella solo le daba vueltas a la profecía, quería hallar la forma de salvarnos a todos.
Y yo necesitaba espacio, y quizá cinco minutos de absoluto silencio.
—¿Puedo sentarme? —Su voz le hizo abrir enseguida los ojos, a pesar de que el sol le daba directamente a la cara y no podía ver nada.
—Claro. —Mi hermana se abrazó las piernas para dejar espacio al chico Ostra, que no parecía estar seguro de por dónde empezar. Siempre le costaba arrancar—. Dispara —lo animó.
—¿Estás… Estáis tan acojonadas como yo? —Quiso romper el hielo.
Candela asintió despacio. Yo personalmente pensaba que la palabra “acojonada” se quedaba muy corta.
Elio aterrizó la mirada demasiado rato en el rostro de mi hermana y un sentimiento extraño, mezcla entre tristeza y envidia, me hizo sentir muy desgraciada.
Ahora nadie me veía a mí, ni siquiera él.
Era muy egoísta por mi parte estar pensando estas tonterías con la que se nos venía encima. Pero no podía evitarlo.
—Se me hace súper raro, os parecéis tanto…
—La echas de menos, ¿verdad? Yo también —aseguró antes de dejarle contestar—. La preferiría fuera de mi cabeza. —Mi hermana quiso sonreír, pero no pudo. Era una situación difícil para ambas.
—Lo siento mucho.
—¿El qué?
—Pues todo en realidad. Que Estela siga atrapada ahí dentro, lo que os ha pasado, lo que tenéis que hacer…
—Bueno, todos vamos a la misma guerra ¿no es cierto?
—Sí pero no todos jugamos el mismo papel.
—Al final dará igual el papel que desempeñemos, lo importante será cómo acabe todo.
— Pregúntale por su hermana .
—Estela quiere saber cómo lo llevas con tu hermana… Vaya, por fin la has hecho salir, llevaba horas en silencio. Escondida en alguna parte.
—Eso no le pega para nada. La Estela que yo conozco nunca se rinde ni se esconde, cien por cien —dijo esto último muy despacio, como si fuera un mensaje cifrado solo para mí—. Mi hermana estará bien, y yo también. Solo es cuestión de tiempo…
— Precisamente lo que no tenemos…
Se levantó incómodo, supongo que no le apetecía mucho hablar de ese tema.
—Tienes que encontrar la manera de perdonarla —dijo exactamente lo que yo estaba pensando—. Ella no podía saberlo. Además, hubieran llegado igualmente hasta nosotros, ya estaba escrito.
Elio lo sopesó por un momento, parecía tan cansado como el resto de nosotros. Tenía los hombros rígidos y en tensión, como si llevara una carga muy pesada. Lo entendía perfectamente, cada uno teníamos nuestras movidas. Cada uno cargaba con su propia cruz.
—Sé que tienes razón, también entiendo por qué lo hizo… Aun así, nos puso a todos en peligro y lo peor de todo, no acudió a mí. Podría haberla ayudado, podría…
—No te hagas eso —intervine—. Esto no se podía parar.
—Quizá tengas razón, ya da igual porque nunca lo sabremos —se pasó una mano por su pelo rapado antes de continuar y cerrarse en banda—. Bueno, si necesitas cualquier cosa, lo que sea, ya sabes dónde encontrarme.
Y no supe muy bien si se refería a mí o a mi hermana. Quizá era para las dos.
Lo vi andar a paso rápido por el pasillo hasta ser interceptado por Tirso. Ese chico no tenía freno, estaba totalmente encaprichado de él. Supongo que, si se va a acabar el mundo, tienes que aprovechar todo el tiempo que te queda.
Por un momento quise andar tras ellos para no perderme ni un detalle de esa conversación. Pero mi lado más razonable se impuso enseguida, yo no era así para nada. No, no me metería en absoluto.
—Estoy orgullosa, es una buena decisión. Mejor me voy a la cocina que estoy hambrienta.
Agradecí la distracción para perder de vista la escena de esos dos. Pero de camino, mi hermana decidió atravesar la biblioteca para curiosear, si una muerte terrible e inminente no acechara a la vuelta de la esquina, ella estaría leyendo ahora mismo. De eso no había duda.
Al cruzar por la puerta, el silencio solemne de una estancia vacía nos recibió con los brazos abiertos. Y mi hermana, como una niña recorriendo los pasillos de una juguetería, no pudo reprimir su alegría al estar rodeada de cientos de libros y empezó a husmear entre sus tomos.
— Seguro que esto también le habría gustado a Edan… —Al ver las encuadernaciones no pude evitar acordarme de él. De su arte y de todos los libros que había almacenados en su cuarto.
Apenas habíamos recorrido la primera sección cuando el brazalete del árbol mágico se iluminó como un relámpago en medio de la noche.
De él brotó un murmullo grave que se derramaba en susurros imposibles de descifrar.
Se escuchó durante unos segundos más, captando toda nuestra atención, hasta que de pronto paró, junto con un golpe seco que provenía del fondo de la biblioteca.
— Es como si nos llamara… Necesita decirnos algo.
Candela se apresuró a llegar hasta la zona, pero no había nada, solo un libro tirado en mitad del suelo. Se agachó para recogerlo y leer su título. “La Revelación en el Silencio”.
— Muy apropiado, ¿no crees?
Antes de que pudiera contestarme, el libro se abrió entre sus manos, y bajo el título empezó a extenderse una mancha de tinta negra que formó unas letras trazadas con una caligrafía perfecta.
No confíes en él.
—¿Pero en quién?
Y en ese instante el brazalete de madera pulida dejó de brillar.