16 #2
Elio salió a paso rápido del invernadero mientras Héctor se quedaba apostado en la puerta de entrada. Nosotras nos despedimos del árbol a la vez que recitamos el conjuro que él mismo nos había mostrado.
Sus hojas rojizas fueron perdiendo su color hasta quedar de un gris ceniza. Parecía solo un recuerdo inerte de lo que antaño había sido. Como una foto antigua y ajada olvidada en un cajón.
De hecho, ya no podíamos percibir su energía. Y aunque en teoría esa era la finalidad y debía de estar vivo, la sensación de pérdida era real.
—¿Ya está? Porque es hora de irse.
—Aún queda una cosa más, por si esto falla… Raíz viva, raíz de vida, raíz de poder. Que a tierra nueva siempre puedas volver.
De entre la tierra se abrió paso una de sus fuertes raíces, que reptó como una serpiente hasta enroscarse en el brazo derecho de mi hermana como un brazalete de madera pulida. Ahora siempre lo llevaríamos con nosotras. Y siempre podría volver.
—¡Listas!
Cuando llegamos al comedor una fila interminable de adultos aguardaba para cruzar el portal de manera ordenada. Las brujas lo habían abierto para nosotros porque era más seguro que salir a la superficie.
—¿Dónde estabais? —graznó mi madre.
Qué raro se me hacía que hablaran en plural cuando físicamente solo había una gemela. Y qué extraño permanecer encerrada dentro de la mente de mi hermana. Igual que el árbol, no sabía cuándo iba a volver.
—Estábamos en el invernadero despidiéndonos del árbol.
—Mi madre levantó una ceja inquisitiva. Sabía perfectamente que detrás de lo que contábamos siempre había algo más.
Pero también confiaba en nosotras y nuestro poder.
Ella siempre había pensado que seríamos importantes para la orden—. Luego hablaremos de eso —soltó Candela.
—¿Hablar sobre qué?
—Ahora que estamos juntos ya va tocando que nos pongáis al día de todo, y lo primero será que nos cuentes lo de esa profecía familiar.
—Mi madre puso cara de sorpresa. A veces se olvidaba de que ya no éramos las mismas niñas que habían criado en Madrid que no tenían ni idea de nada—.
Si no quieres que te escuchemos sube tus barreras, estás oxidada mamá.
—Sí que lo estoy —coincidió sonriendo—. Pero aun así podría patear tu culito de fénix. No lo olvides.
La cola poco a poco fue menguando hasta quedar a la altura de la abertura que las brujas estaban manteniendo abierta para nosotros.
Al otro lado un pequeño grupo de desconocidos nos esperaba para enseñarnos la que sería nuestra casa durante los próximos días o de manera indefinida.
Por supuesto Celeste estaba entre ellos.
—Bienvenidos. Nos alegra teneros aquí.
Alguna cara opinaba lo contrario. Había siete personas contando a la bruja y sus expresiones navegaban entre la curiosidad, la indiferencia y, por último, el fastidio total. Claramente no todos nos querían en… ¿qué carajo era este lugar?
—Estamos en una cripta. — La sabionda de mi hermana…
—¿Dime, hay algo que no sepas?
—Qué puedo decir, me gusta la arquitectura renacentista y esto ya lo he visto antes, es muy particular… de planta circular, con una especie de óculo...
—Mimimimi, pedante.
—Estoy segura de que estamos en el monasterio de San Miguel de los Reyes, bajo el altar mayor de la iglesia. Tiene un fenómeno muy místico que se produce alrededor del 29 de septiembre, un haz de sol se proyecta en el suelo de la cripta.
Había perdido completamente el hilo de lo que estaba diciendo Celeste, porque en su lugar estaba siguiendo las cavilaciones de mi hermana que no pudo evitar preguntar.
—¿Qué hace un aquelarre viviendo en un monasterio, es algún tipo de broma? —A Celeste se le escapó una risotada, parecía encantada, pero en su lugar respondió un chaval que llevaba una cresta morada.
—Me alegra que aprecies la ironía, ¿no es perfecto? Escondidos en el último lugar en que nos buscarían, bajo el techo de quienes siempre quisieron vernos arder.
—Pero, ¿cómo es posible meter una ciudad entera de fénix en un monasterio?
—Hechizo de expansión espacial, el espacio interno se amplía más allá de sus dimensiones físicas. Si quisiéramos podría vivir aquí el planeta entero. No es el caso, tampoco os acomodéis demasiado.
—No seas maleducado Cael, son nuestros invitados.
Siguiendo con la ironía, parecía que habíamos hecho un nuevo amigo.
Su lenguaje corporal lo dejaba muy claro, brazos cruzados, espalda rígida, sonrisa apretada y forzada.
Ni siquiera hacía falta tirar de poderes.
Pero tampoco sabía por qué, ¿había alguna especie de enemistad ancestral entre fénix y brujos o simplemente es porque estábamos invadiendo su casa?
Eso no podíamos saberlo, lo que si notaba era su magia espesa como el aire justo antes de una gran tormenta.
Se esparcía por todas partes, estaba contenida en el portal, recubriendo todo el monasterio y sobre cada una de las brujas y brujos para que no pudiéramos percibir nada. Habían hecho sus deberes.
Celeste dividió a su pequeño grupo, la primera mitad acomodaría a los fénix.
Y los tres restantes, ella, nuestro nuevo mejor amigo y Eloisa, una bruja joven de ojos violáceos y pelo caoba, nos acompañarían a interrogar al nigromante que tenían encerrado en una de las habitaciones situadas cerca del claustro norte.
—¿Y cuántos sois en el aquelarre? —la curiosidad de Candela no tenía límites. Yo sabía que había más, las había visto durante el ritual para encender mi fuego de fénix.
—Preguntas demasiado, ¿no te parece?
—Y tú eres un brujo muy borde. ¿No te parece? —contraatacó. Una pequeña y diminuta molécula de sonrisa parecía asomar en su cara de palo. Le gustaba meter caña a la gente. En eso, al contrario que mi hermana, nos parecíamos un poco.
Anduvimos por el monasterio hasta llegar a la zona donde lo tenían retenido. Delante de la puerta habían apostadas dos brujas haciendo lo que supuse sería su turno de vigilancia, y que solo se apartaron de la puerta cuando Cael estuvo a su altura.
Cuando entramos a la pequeña estancia, el nigromante estaba arrodillado en el suelo con la cabeza gacha mientras una cascada de pelo oscuro cubría sus facciones.
A su alrededor un círculo de sal negra mezclada con cenizas y cuatro espejos, uno en cada punto cardinal con runas de contención grabadas, lo aislaban de sus fuentes de energía oscura.
—El círculo forma una barrera mágica que los seres oscuros o los espíritus no pueden cruzar, y los espejos redirigen cualquier intento de hechizo de fuga hacia él mismo. Esto atrapa tanto al cuerpo como al espíritu del nigromante —aclaró el brujo a nuestra espalda.
A Candela le parecía fascinante, quería saber y entenderlo todo. Su cerebro de empollona almacenaba cada dato. Y una vez estos datos pasaban al disco duro, jamás se volvían a borrar.
—Ya suponíamos que no estaban ahí de adorno. —La mente analítica de mi hermana estaba procesando todo lo que había en la estancia, mientras sus ojos repararon en unas marcas que el nigromante tenía en las manos—. ¿Y esos sellos?
—Los dibujamos con nuestra sangre en puntos energéticos como la frente, el dorso de las manos y el pecho.
Bloquean sus puntos clave de poder internos, manteniéndolo controlado.
Además, nuestra sangre nos vincula a los sellos, permitiéndonos absorber todo tipo de magia.
Cualquier intento lo debilita mientras nuestro poder crece. Básicamente nos alimentamos de él.
—Lo que quiere decir que, si lo mantenéis así durante mucho tiempo, se irá consumiendo como una vela hasta desaparecer.
—No deberías sentir lástima de los que quieren acabar contigo.
—Si no la tuviéramos entonces seríamos como ellos. Quizá a ti te de igual, pero yo no tengo pensado perder mi humanidad. —Cael torció el morro como si acabaran de propinarle una bofetada en toda la jeta.
El comentario le había escocido un poquito, lo que demostraba que en sí no era mala persona, solo se estaba defendiendo a él y a su aquelarre de un peligro mayor. A veces el miedo y la necesidad de supervivencia nos hacen tomar decisiones difíciles.
—¿Y qué propones, lo dejamos suelto para que acabe con nosotros mientras le invitamos a cenar? —La vena moralista de mi hermana palpitaba con fuerza, y tuvo que morderse la lengua para no contestar. Porque la realidad es que ella no tenía una alternativa mejor que ofrecer.
Todo eso pasó a un segundo plano cuando el nigromante levantó la cabeza para hablar y entonces se nos heló la sangre.
—Y por eso no tenéis ninguna oportunidad. —Su risa grave nos puso la piel de gallina, mientras sus pupilas se clavaron en mí como estacas. Al parecer sabía perfectamente que estaba aquí dentro, en alguna parte—. Hola chicas.
Sentí todos los ojos de la habitación puestos sobre nosotras a excepción de mis padres que solo podían mirar al nigromante. Me había tenido engañada y vigilada todo este tiempo.
—Hola Gabi —esas dos palabras me dolieron como si me estuvieran arrancando la piel a tiras.