La orden del fuego 15 #2
62%

15 #2

—Algunos fénix oscuros, los que estaban recientemente convertidos, han vuelto —me explicó despacio mi madre situada a mi espalda—. Como humanos, esta ha sido su última resurrección.

—Pero podemos arreglarlo ¿verdad? ¿La sangre de un sanador no puede otorgar vida eterna? —recordé lo que me había explicado Sol.

—Sí, pero no puede devolvértela si ya has perdido tu condición. Una vez que la llama se apaga, renaces vacío, solo un cuerpo que tarde o temprano volverá al polvo. Y aun en los mejores casos, no es tan sencillo… ni seguro. Podríamos acabar matándolo.

Me separé para poder mirar mejor a mi padre. Yo aún era inexperta y no notaba la diferencia. Él paseó su mirada muy despacio como si quisiera guardar una foto mental de este momento, y la sorpresa cubrió su rostro poco a poco.

—Eres tú… —le temblaba la voz.

—Pues claro que soy yo papá —somos nosotras. Puntualizó Candela en mi cabeza.

Mi madre me cogió del hombro para girarme y al verme se cubrió la boca. Empezó a llorar desconsoladamente y a abrazarme.

—¿Y tu hermana? —preguntó entre sollozos—. ¿Dónde está Estela?

¿Qué quería decir? Si estaba aquí mismo… La miré desconcertada.

—Estamos aquí las dos —dije señalando mi cabeza. La voz, los movimientos. Todo me parecía extraño, nuevo, ajeno—. Pero solo yo he vuelto físicamente. No sé qué ha pasado con el cuerpo de Estela después de la fusión. No sabía cómo decírtelo hermanita…

El golpe de realidad fue brutal como si me despertaran de repente con un jarro de agua fría en pleno invierno. Qué digo, como si me dieran con un mazo en toda la cara.

Yo solo existía en algún rincón de la mente de mi hermana. ¿Dónde estaba el resto de mí?

—Se que ahora es difícil de procesar para ti. Para todos, en realidad. Buscaremos la forma de que vuelvas por completo, te lo prometo. Pero ahora hay que ayudar a los heridos que están combatiendo la oscuridad.

Candela siempre tan resolutiva, responsable y perfecta. Dueña de sus emociones y sabiendo en todo momento lo que hay que hacer. No tenía ni un momento para respirar…

— No hay tiempo para eso, nos necesitan . Quiero a todos los sanadores conmigo para amplificar nuestro poder. Hay que agrupar a todos los heridos, ahora.

Se desenvolvía como si la magia no fuera desconocida ni nueva para ella. Absolutamente nadie dudó ni perdió un segundo en hacer lo que mi hermana decía.

Mi prima, Estrella y su amigo el pelirrojo con la ayuda de otros fénix, trajeron a rastras a Héctor y Elio hacia la extensa fila de corruptos. Había un montón de heridos que se convulsionaban mientras la negrura corroía sus cuerpos.

—¿Y Edan? —pregunté en alto. Yo también podía hablar a través de mi hermana, ella me dejaba fluir dándome algo de control. Mi prima movió la cabeza negativamente. Casi no podía contener las lágrimas.

—A algunos los han convertido, a otros se los han llevado... Lo he buscado por todas partes, pero él no está —Enara estaba destrozada por dentro, convencida de que lo habíamos perdido para siempre.

—Primero los traemos de vuelta a ellos. Y luego te juro que iremos a por Edan y todos los demás.

Mi hermana se agachó para poner las manos sobre nuestros amigos.

Los sanadores se habían apostado a ambos lados en una hilera sin romper el contacto entre ellos.

Cada uno tocaba el hombro de quien tenía al lado y posaba la mano sobre un fénix corrupto.

Tejiendo así una red para amplificar su poder extendiéndolo sobre todos los heridos a la vez.

— Curatio —pronunció solemne. Sus brazos igual que los míos, recubiertos de pequeños hologramas dorados, comenzaron a brillar con fuerza envueltos en fuego.

Esa luz intensa comenzó a propagarse bañando a todos los heridos y cubriéndolos por completo con una fina capa mágica ambarina, que luchó hasta erradicar toda la oscuridad que pudieran albergar.

Incluso a los que estaban más avanzados.

Sin duda mi hermana era más fuerte que yo. Me había absorbido incluso cuando su cuerpo estaba retenido en un contenedor natural para los fénix como era el agua, y acababa de salvar a un centenar de fénix de la oscuridad sin agotar su energía.

—Es porque estamos juntas.

—Odio que no tengamos intimidad de nuestros propios pensamientos.

—¿Sabes para lo que tampoco tenemos intimidad? Para los sentimientos —dijo señalando en un movimiento de cabeza a los chicos—. Yo flotando en aguas heladas entre sirenas carroñeras y tú eligiendo novio. La vida siempre te trata mejor, hermana.

—Sobre todo ahora.

—Candela recorrió el cuerpo de Elio de arriba abajo. El fuego había hecho desaparecer la mayor parte de su camiseta dejando a la vista sus abdominales.

—¡Ya te vale, deja de mirar pervertida! El chaval está convaleciente.

—No estoy mirando nada… Solo compruebo que hemos eliminado la oscuridad.

—Candela, literalmente estoy dentro de tu cabeza, veo a través de tus ojos. Sé perfectamente lo que estás mirando. A ti no te interesa precisamente su oscuridad…

—¿Entonces qué pasa, te gusta más este? ¿Puedo mirar al otro? —se cachondeó de mí—. También es muy guapo…

—Nuestras conversaciones mentales van a volverme loca.

—Pues ponte cómoda, parece que nos queda para rato. Pero si quieres te bloqueo.

—¿Puedes hacer eso? —No contestó, pero no tenía dudas cuando dejó escapar una risita traviesa.

Elio y Héctor se incorporaron con nuestra ayuda. Tenía muchas ganas abalanzarme sobre ellos también y abrazarlos, me alegraba tanto que estuvieran bien… Pero claro, ahora mis brazos no eran míos.

—Por mí no te cortes…

—¡Oh, cállate quieres!

—Candela… —Se giró para mirar a nuestra madre—. Tenemos que hablar. Todos —dijo refiriéndose también al grupo.

Al escuchar el nombre cayeron en la cuenta.

Quizá ahora se habían percatado de las pequeñas y casi imperceptibles diferencias que nos separaban.

Como ese lunar sobre el labio de mi hermana, su nariz un poco más respingona o la pequeña cicatriz que tenía en la ceja derecha, de cuando se la partió de pequeña al darse con el canto de la mesa de cristal en una de nuestras múltiples peleas.

—No me la partí, tú me empujaste…

—Eso no es verdad y no fue adrede. ¡Supéralo ya!

—Tranquilos, ella todavía está aquí —se apresuró a aclarar mi hermana señalándose la cabeza, antes de que empezaran a preguntar—. Solo tenemos que encontrar la manera de traerla de vuelta.

— Solo…