La orden del fuego 15
61%

15

P or un momento sentí que se me paraba el corazón y dejaba de latir mientras veía a mi padre avanzar veloz hacia mi prima. Sus ojos claros que me miraban siempre con amor y cariño estaban completamente vacíos y perdidos en la oscuridad.

Reconocía su pelo ondulado y sus facciones, ahora espeluznantes, que conseguían ponerme el vello de punta. Era él, pero a la vez también un completo extraño. Una criatura que ya no pertenecía a mi mundo.

No podía moverme, no podía mirar y ver aquel desenlace fatal. No quería recordar esa escena en mi cabeza como una película macabra que se reproduciría una y otra vez en mi mente provocándome pesadillas.

Las lágrimas me quemaban mientras rodaban por mis mejillas. El dolor de la negrura extendiéndose por mi cuerpo no era comparable con el que sentía en el corazón.

Sé fuerte y no te rindas. Hazlo por mí. Por todos.

Su voz triste y suave se filtró en mi mente como una caricia, él sabía perfectamente lo que estaba sintiendo porque acababa de pasar exactamente por lo mismo. Sentí sus palabras como un abrazo cálido que me envolvía por completo.

Podemos con esto, te lo prometo. Cien por cien.

Apoyé mis manos en el frío suelo, bajo las palmas notaba esa brecha oscura, ese portal mágico por el que se filtraba la niebla dejando pasar a los fénix oscuros que se reproducían sin parar entre las sombras.

Mi cuerpo estaba al límite, pero tenía que intentarlo. Mientras trataba de conectar nuevamente con mi poder, un grupo grande de Fénix entró en el invernadero como una tromba de agua arrasando con las sombras a su paso, que estallaban y volvían a renacer al instante.

Mi madre y cuatro mujeres más de parecido asombroso, extendieron unidas una protección poderosa a nuestro grupo, dejando fuera a mi padre que arremetía contra el muro invisible mientras nos intentaba alcanzar junto con otros oscuros.

Vi como sus ojos al otro lado del invernadero se posaban en mí antes de seguir concentrada extendiendo su protección para mantener a salvo al mayor número posible de Fénix, sin que llegara a romperse.

Nos estaba dando una tregua para gastar el último cartucho.

Si tenía que intentarlo, el momento era ahora.

Mis hologramas parpadearon débiles y contaminados por la oscuridad. No podía curarme y sellar la entrada en ese estado. Mi último esfuerzo sería para proteger a la orden.

— Así acabarás siendo una de ellos. ¿Y entonces qué?

Mi vocecita interior estaba alarmada, pero yo sentía paz, no tenía ningún miedo. No se me ocurría mejor manera de desaparecer que dando mi vida por las personas que quería.

— Pero entonces habrán ganado porque estarás en su bando.

Ese era un riesgo que estaba dispuesta a correr…

— Claude hiatum, qui tenebras transire sinit —grité con las manos extendidas en el suelo. Lo repetí como un cántico mientras mis hologramas parpadeaban más rápido y la energía empezaba a crepitar a mi alrededor.

Minúsculas chispas de fuego brotaron de mi cuerpo, me miré las manos y los brazos, y me di cuenta que ese intenso calor que sentía era porque estaban recubiertos de fuego.

De mis hologramas salieron rayos de luz que empezaron a traspasar las sombras haciendo explotar a los oscuros más cercanos y suturando puntada a puntada, como si de un hilo mágico se tratara, la brecha que les hacía llegar hasta nosotros.

La brecha era tan extensa y poderosa que notaba como estaba consumiendo mi energía y hacía que la negrura se extendiera más rápido por mi torrente sanguíneo. Una vez me alcanzara el corazón, me perdería para siempre y no podría terminar de cerrarla…

La cabeza me daba vueltas y empezaba a ver borroso. No alcanzaba a enfocar la vista para ver siquiera mis manos. Las fuerzas me estaban fallando, pero yo no quería dejar de luchar. Me temblaban tanto los brazos que acabé derrumbándome sobre el suelo, pero en ningún momento rompí el contacto.

Aunque estaba tendida y agotada, continué repitiendo el hechizo una y otra vez sin descanso. Ya quedaba poco, y una vez hubiera terminado, estarían todos a salvo.

— Por ahora…

Los oídos me pitaban, no podía escuchar nada de lo que pasaba a mi alrededor. Estaba perdiendo uno a uno mis sentidos mientras me convertía en un Fénix oscuro.

— Estoy contigo, estoy aquí. —Ella había conseguido llegar de nuevo hasta mí.

—No puedo más Candela, estoy cansada —quería llorar, me escocían los ojos, pero no tenía fuerzas ni para eso. Miles de puntitos negros emborronaban aún más mi visión.

— Fusiónate conmigo y toma mi poder. Podemos hacerlo. ¿Me sientes? —dos manos se posaron sobre las mías. Su calor hizo retroceder un poco la negrura que me estaba engullendo—. Repite conmigo…

¿Pero cómo era posible? La notaba como si de verdad estuviera junto a mí, piel con piel, cogiendo mis manos.

— Dos fénix géminis fusionándose en una sola entidad a través del poder del fuego eterno… —comenzó a decir en latín—. Dos almas que son una. Dos poderes unidos para combatir la oscuridad que cae sobre el mundo.

En cuanto empecé a recitar el conjuro junto a ella, mi cuerpo roto por la oscuridad empezó a levitar en el aire con las alas desplegadas.

Las llamas que me cubrían los brazos, se extendieron rápidamente haciéndose más grandes e intensas como si me envolviera una nube de gas y hubiera entrado en combustión por completo.

El proceso había sido tan natural como respirar. Y ahora me sentía mucho más fuerte porque nos habíamos convertido en un único ser, a pesar de que su cuerpo estaba atrapado y con tenido en el agua, habíamos conseguido fusionarnos. Uniendo nuestras mentes, corazones, almas y poderes.

Mi cuerpo empezó a sanar destruyendo el reguero de oscuridad ponzoñosa que se había expandido por todas partes, y los hologramas dejaron de titilar recobrando su fulgor para despedir rayos de luz más potentes.

Eran como brazos cegadores que salían de mi piel y se extendían para sellar definitivamente la abertura que dejaba paso a las sombras.

De pronto una potente explosión nació desde nuestro centro, destruyéndonos por completo en un fogonazo intenso. Casi como si el mismo sol se hubiese fragmentado en miles de partes llameantes, arrasando con todas y cada una de las criaturas oscuras de la estancia convirtiéndolas en polvo negro.

—Lo hemos conseguido… —su voz fue lo último que escuché.

Pensaba que dolería, pero en cambio, solo había calma.

No se parecía en nada a la primera vez, ahora era consciente de cómo mis cenizas inertes comenzaban a moverse atraídas por una fuerza invisible que quería reconstruir todas mis partes.

Arrastradas por un remolino suave como una caricia, que las hacía girar lentamente, elevándolas desde el suelo en un delicado baile.

Flotaban y se entrelazaban, formando un vórtice de partículas que se iluminan con un resplandor interior, una chispa dorada que crecía y crecía, llenando el aire con su luz cálida y vibrante.

Las cenizas, tocadas por la chispa de la vida eterna, empezaban a solidificarse, a cambiar. Lo que había sido polvo y ceniza, ahora se convertía en carne, huesos y vida.

Sentía la chispa de la creación dentro de mi pecho, el calor de la vida que vuelve a arder, más brillante y fuerte que nunca. Como una celebración del ciclo infinito de muerte y renacimiento. Como una promesa de que la luz siempre regresa, incluso en la oscuridad más profunda.

Su voz fue lo último que escuche, y también lo primero al volver. Porque durante nuestra muerte ella había formado parte de mí, y como no había podido regresar a tiempo, simplemente había vuelto conmigo.

Candela sabía que esto podía pasar, que cabía la posibilidad de que una de las dos ya no pudiera regresar jamás, y aun así lo había hecho igualmente.

Lo que ella no sabía, es que en vez de desaparecer para siempre y ser absorbida por tu otra fenix géminis, se había quedado atrapada dentro de mi cabeza.

—Despierta, hemos vuelto.

Seguí la orden que parecía llegar directa desde mi cerebro. Estaba tumbada en la sala de renacimiento, pero a diferencia de la primera vez, ahora estaba sola. Más bien la única compañía estaba dentro de mi cabeza.

Dios mío me iban a volver loca, cuántas voces iba a escuchar pululando por mi mente… Puse toda mi atención mientras buscaba su rastro. Pero nada, no escuchaba a mi fénix. ¿Se habría ido para siempre después de la fusión?

Me levante a rastras del altar, nadie te cuenta que eres plenamente consciente de la acumulación del dolor y el cansancio en cada una de tus células cuando regresas de la muerte. Como si pudieran tener memoria de tus vidas pasadas de fénix.

—Tenemos que buscar a mamá.

No sabía cuánto tiempo había pasado, la última vez tardé una semana en regresar, así que me dirigí directamente hacia el invernadero porque era mi único punto de referencia antes de morir.

La visión de más de un centenar de fénix heridos repartidos por el suelo mientras los intentaba sanar, de las flores muertas y las manchas negras como el alquitrán de las llamas y restos de los oscuros, era completamente desoladora.

Suponía que no habían pasado ni un par de horas desde que desaparecimos, porque el olor a muerte y destrucción seguía intacto flotando en el ambiente. Barrí la escena con la mirada para encontrarla. Estaba junto a sus hermanas y mi tío acuclillada sobre alguien.

Corrí a toda prisa hacia ella, tenía tantas ganas de abrazarla… Pero cuando llegué a su altura me quedé de piedra, bloqueada, como si me hubiera convertido en una estatua. ¿Acaso me estaban engañando mis ojos?

—¿Pa-papá? —mi voz sonaba tan extraña… Esa palabra salió de mi garganta como un graznido ronco— Pero, ¿cómo es posible?

Me tiré encima de él en plancha sin pensarlo, abrazándolo y llorando sobre su pecho. Pensé que lo habíamos destruido con el resto de los oscuros. Estaba tan convencida y me sentía tan culpable por ello… Pero ahora estaba ahí conmigo, acariciándome el pelo.

—Estoy aquí pequeña, he vuelto con vosotras. He vuelto —repetía mientras me besaba el nacimiento del pelo.

—No lo entiendo…