La orden del fuego 14 #3
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14 #3

Los oscuros chillaban como si la luz los desgarrara o les quemara por dentro. Aprovechando esa distracción me agaché para tocar la pierna de mi prima. Mis hologramas brillaron con fuerza cuando una onda luminosa surgió de ellas extendiéndose por su piel ennegrecida.

La negrura se resistía a abandonarla, notaba como se enganchaba a ella, como quería filtrarse a través de su piel y ocuparlo todo, cada centímetro de su cuerpo y de su alma. Pero poco a poco el color fue mutando, volviendo a su aspecto natural.

Cuando desapareció del todo la luz, mi prima estaba libre de oscuridad. Aunque de haber estado más avanzado no sé si hubiera sido capaz. Y cada vez que utilizaba mis hologramas me sentía más cansada, más débil.

Los hechizos de luz no eran suficiente, los oscuros estallaban, pero volvían a renacer y lo hacían con más fuerza. Solo las estacas y mis hologramas al parecer, conseguían acabar definitivamente con ellos.

Reconocí entre los fénix oscuros a la sanadora de nuestro equipo, la que había sido absorbida el día del torneo por los anillos místicos.

O por lo menos lo que quedaba de ella. Vino directa hacía mi con las fauces abiertas.

Ahora sabía cuál había sido su horrible destino.

Y no quería hacerle daño en absoluto, pero tenía que defenderme…

La esquivé y le asesté un estacazo en el corazón justo cuando saltaba sobre mí. Y vi como su cara desencajada por el dolor desaparecía y estallaba en pedazos. Lo sentía muchísimo, no quería tener que luchar contra los nuestros.

El invernadero parecía un campo de batalla, el olor a muerte invadía cada rincón y la niebla oscura seguía brotando del suelo dejando pasar la oscuridad y saltándose nuestro muro de protección.

No podríamos ganar ante esta desventaja en número y táctica, habían aparecido por sorpresa y no estábamos preparados para contener el ataque.

Además, muchos caían convertidos con su fuego negro engrosando aún más sus filas.

Veía a mis amigos esquivando sus ataques, intentando luchar contra fénix conocidos y desconocidos. Lanzando protecciones y hechizos. Pero no servía de nada… íbamos a caer.

—¿Mamá? Mamá soy yo.

La voz quebrada de Elio me puso en alerta.

La misma mujer que había visto en sus recuerdos y que luego nos habíamos topado en el pasillo, se acercaba como un depredador a su presa.

De alguna manera ya había conseguido entrar a través del objeto oscuro a la orden.

Estaba segura de que gracias a ella se habían podido orquestar los ataques. Pero aún no sabía cómo.

—Soy yo, soy yo…

Elio lo repetía una y otra vez, quería que lo viera, que recordara a su hijo y volviera de entre la oscuridad por él.

Pero eso no iba a pasar porque en sus ojos ya no había alma.

No quedaba nada de la persona que había sido antes, y yo sabía perfectamente que él no sería capaz de dañarla.

Como también sabía que nunca podría perdonarme por lo que estaba a punto de hacer.

Me moví rápidamente, ella estaba a punto de invocar un ataque de fuego, antaño debía haber sido una elemental y estaba a punto de convertir a su propio hijo.

Pero me vio justo antes de poder arremeter con mi estaca y su fuego me alcanzó en el brazo haciéndola caer al suelo y dejándome desprotegida. Quise recuperarla, pero ella, con una velocidad paranormal, le propinó una patada alejándola de mi alcance.

La tenía justo encima mientras pronunciaba las palabras para atraer la estaca hacia mí, vi como ella estaba a punto de quemarme entera. Si eso pasaba, yo ya no podría volver y me perdería para siempre en la oscuridad. Sería una de ellos.

Entonces su cara se contrajo de dolor y se esfumó convirtiéndose en ceniza negra. Elio estaba temblando y con lágrimas en los ojos mientras sostenía aún la estaca que parecía que le quemara la piel.

Se secó las lágrimas y me tendió la mano. Sentía su dolor desgarrándome y la negrura abriéndose paso mientras me corroía la piel. Me levanté con su ayuda rápidamente, no había tiempo que perder porque se acercaba un nuevo grupo.

— ¡Pāle, veni ad mē! —grité. Y la estaca voló disparada hacia mi mano cortando el aire y atravesando a dos oscuros a su paso.

Me apoyé en el hombro de Elio, la oscuridad me estaba devorando rápidamente y casi no podía caminar. Quizá porque no había acabado mi conversión completa de Fénix o porque estaba más débil. No tenía ni idea, pero me estaba consumiendo.

—Lo siento tanto… —susurré. Pero él parecía no escucharme, estaba en shock mirando mi brazo—. Ey, estoy bien. No pasa nada —mentí absurdamente.

—¡Tenemos que parar la niebla o moriremos todos aquí, entran a través de ella! —Héctor estaba a mi otro lado luchando contra tres oscuros—. ¿Alguna idea?

—¡No sé cómo pararlos!

—Prima… —Me giré para ver qué quería, y entonces lo vi y se me calló el alma a los pies. Ningún ataque podía haberme dolido tanto como ver aquello. El impacto me hizo derrumbarme de rodillas en el suelo.

Tú no, pensé. No puede ser…

Pero mi padre también era uno de ellos.