14 #2
Si quería una contestación no esperó por ella, se levantó justo en el mismo momento en que Elio, su hermana y el pelirrojo llegaban hasta nosotros. Esto empezaba a ser un juego bastante peligroso. Y esa, era una pregunta a la que no sabía qué contestar.
Al otro lado de la hoguera un par de ojos me miraban. Seguro que Elio había visto la escena. O me decidía pronto o esto no iba a acabar bien.
¿Pero cómo decidir si aún no sabía lo que sentía?
Con Elio había conectado a un nivel mucho más profundo cuando me dejó entrar, había traspasado sus capas y por fin podía ver cómo era en realidad el chico ostra, tanto sus luces como sus sombras.
Tan mono y tierno conmigo… Y me gustaba mucho lo que había visto hasta ahora, estaba muy a gusto a su lado.
Héctor en cambio era más directo y descarado, me desconcertaba y conseguía dispararme el pulso. Al principio habíamos chocado y me sacaba de quicio, pero luego todo había cambiado sin darme cuenta. Es la primera persona a la que conocí y en la que confié aquí dentro.
Los dos me atraían, se preocupaban por mí y me hacían sentir cosas…
—Prima, cambia esa cara de rayada que flipas y ven a bailar conmigo.
Tironeó de mi brazo para hacerme levantar, hacía un rato que el grupo se había sentado alrededor de una hoguera para beber y hablar, pero yo no estaba prestando atención a lo que pasaba a mi alrededor desde mi casi beso con Elio y la pillada de Héctor.
—Hay que pensar menos y bailar más. Tu hazme caso a mí.
Me dejé arrastrar por su entusiasmo, Enara comenzó a dar saltos como una loca a mi alrededor con la nueva canción que empezó a sonar a todo volumen.
Los polvos neón que la recubrían entera, resaltaban sobre su piel morena, tenía tantos colores que parecía un arcoíris vibrante.
Era la artista convertida en arte, y esa visión de mi prima me hizo sonreír.
Unos brazos se deslizaron sobre nosotras, Edan se había unido también a nuestro baile y nos estrujaba en un abrazo mientras se contoneaba a nuestro ritmo.
En un movimiento rápido me cogió de la mano y empezó a darme vueltas, mientras giraba veía la cara difuminada de mi prima, y de Héctor y Elio que en algún momento también se habían sumado.
Acabé rodando entre ellos mientras seguíamos bailando.
De repente nos rodearon a traición, podía leer claramente las intenciones de Edan en su cabeza, acabar todos en el agua. Pero entonces lo sentí, antes de que pudiera levantarme para cargarme y transportarme como un saco de patatas.
Esa sensación tan desagradable me asaltó de improvisto, pero no era desconocida para mí en absoluto. Un frío que me paralizó y se extendió por todo mi cuerpo, como si yo fuera un río congelándose en pleno invierno.
Los pequeños hologramas repartidos por todo mi cuerpo se iluminaron combatiendo ese frío glacial. Mi cuerpo se estaba preparando y sin saber cómo, en mis manos aparecieron las estacas del árbol sagrado.
Me las quedé mirando porque eso solo podía significar una cosa.
—No… —una nubecilla de vapor acompañó a esa única palabra al pronunciarla. Mis labios decían que no, pero mi cabeza, mis sentidos y mi cuerpo decían todo lo contrario. Tenía el vello erizado como el pelaje de un gato.
—¿Qué está pasando? —preguntó Héctor haciéndose oír por encima de la música.
Alcé la vista, estaba segura de que él podía ver el miedo reflejado en mis ojos.
Un estruendo sacudió brutalmente las paredes rocosas de la orden como si fueran a colapsar, y entonces una neblina oscura empezó a brotar y ascender desde el suelo, apagando antorchas, hogueras y marchitando las flores para sumirnos en la más absoluta oscuridad.
Héctor reaccionó antes que yo al entender que estábamos todos en peligro.
Logró arrancar de mis manos entumecidas las estacas y las repartió entre el grupo.
Lanzándole la última a Estrella, que aún permanecía sentada frente a los restos de la hoguera con el pelirrojo.
El arma terminó aterrizando justo a sus pies.
—Vuelve con nosotros Estela. Te vamos a necesitar —me zarandeó cogiéndome de los hombros para ver si reaccionaba por fin.
La música fue sustituida enseguida por gritos en cuanto empezó el ataque. De entre las sombras empezaron a emerger veloces figuras que se abalanzaron sobre nosotros lanzando ráfagas de fuego negro. El olor a sangre y carne quemada inundó el invernadero, provocándome náuseas.
Al principio no podía ver nada, ni siquiera podía moverme, solo escuchar los alaridos que se propagaban a mi alrededor. Una sombra impactó tan fuerte contra mi pecho, que por un momento sentí que el aire abandonaba por completo mis pulmones y caí boca arriba.
Su peso sobre mí, me hizo rodar por el suelo mientras intentaba contenerlo con todas mis fuerzas.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la negrura pude ver su rostro, dos agujeros profundos como dos cuchillazos en plena cara, una piel pálida y traslúcida, un rictus en lugar de sonrisa por la que asomaban dientes afilados.
Sus garras me desgarraban la piel mientras me retenía con fuerza y gruñía a dos centímetros de mi cara.
Si antes había sido humana, ahora no quedaba ni rastro en todo su cuerpo de esa humanidad pasada.
Me preparé para recibir su ataque, pero en ese momento estalló en una lluvia de cenizas. Elio estaba de pie empuñando su estaca.
—¡Levántate, corre! Tenemos que…
Pero no le dio tiempo a terminar la frase, fue derribado por dos sombras más.
Aparecían por todas partes como si fueran una plaga de cucarachas letales.
Elio se revolvió y le asestó un estacazo en plena cara a una de ellos y el segundo recibió otro por la espalda, de Héctor.
Era como una especie de baile macabro, una coreografía que se sucedía como en las escenas de película cuando hay una batalla brutal. Solo que esta era real.
Volví a sentir el agarre de otra de esas criaturas perdiendo de vista a mis amigos, sus uñas como garfios me arrancaron la carne del brazo derecho, cuando quise darme cuenta y reaccionar, estaba completamente rodeada.
Saltaron sobre mí a la vez, pero entonces mis hologramas empezaron a brillar con tanta fuerza y tanto calor, que cuando me tocaron explotaron en llamas.
—¡La luz les hace daño! —grité al darme cuenta.
Por eso habían apagado los fuegos, necesitaban la oscuridad—.
Diurnus —farfullé para intentar traer la luz del día al invernadero como me había enseñado Héctor.
Pero no ocurrió absolutamente nada, era como si se hubieran asegurado de bloquear el tiempo a una noche eterna.
Mi prima se acercó cojeando hasta llegar al grupo. Entre los cuatro hicimos un corro para protegernos las espaldas.
—¿Estás bien? ¿Dónde está Edan? —Su vestido desgarrado pendía de un solo tirante y tenía marcas negras por toda la pierna. Asentí lentamente.
—No lo he visto. ¿Y tú? —le dije señalando a su pierna.
—Que no os de su fuego, su oscuridad se extiende. Y duele.
— Y cuando recubra todo su cuerpo se convertirá en una de ellos.
Ni de coña, pensé. No dejaré que eso pase.
Otros oscuros nos cercaron como animales a punto de atacar. Pero yo solo podía pensar en mi prima.
— ¡Lux protectrix! —Héctor lanzó un hechizo de luz para mantenerlos alejados.