La orden del fuego 14
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M e quedé la última en la sala. Todo muy impresionante hasta que intentas bajar volando con tus nuevas alas y aterrizas con el culo. Para la próxima, quizá debería calibrar mejor la potencia y el equilibrio.

Por supuesto todos los iniciados salieron murmurando y el resultado del ritual ya era de dominio público cuando me atreví a asomar la cabeza.

—Pues sí que has tardado en salir…. Parece que alguien ya tiene sus “alitas” —sus palabras me llevaron directa al recuerdo de aquel primer día en la orden cuando nos conocimos.

—Y otras cosas —susurró mi prima cogiendo mi brazo e inspeccionándome la piel—. ¿Qué puede significar?

—¿Y a mí me lo preguntas?

—No sé cómo te las apañas, pero siempre acabas por ser la comidilla de la orden.

—¿A qué huele aquí preciosa? —Edan olisqueó alrededor de Estrella—. Ese tufo que despides son… ¿celos?

—¿Celos de qué? No se puede ser más capullo. Lo sabes, ¿verdad? —Más dolida que enfadada dio media vuelta y desapareció bufando por el pasillo. El chico sin filtro lo había vuelto a hacer.

—¿Qué? Solo he dicho la verdad… Joder, cuánta hostilidad.

—Me imagino que eres consciente de que no hace falta que sueltes todo lo que pasa por tu mente. Es más, incluso sería preferible —comentó Elio.

Su mirada perpleja como si nos hubiéramos vuelto todos locos de repente, nos dio a entender que tal cosa no entraba dentro de sus planes ni de su personalidad.

—¿Entonces qué, nos divertimos ya por favor?

No puedo con tanto drama. Tú, quítate ese trapo —señaló mi túnica antes de continuar hablando—.

Yo iré a por tu hermanita, pero ni de coña pienso pedir perdón por decir lo que pienso tío.

Nos ve remos en el invernadero en cosa de media hora.

Ah… —hizo ademán de irse para buscar a Estrella, pero algo lo retuvo—, y adecentaos un poco, que me hacéis quedar mal cabrones.

Su modelito a lo Coachella con una camiseta de red dorada que dejaba ver el piercing de sus pezones y sus pantalones vaqueros cortos deshilachados, me dio a entender que me iba a costar algo más de media hora aterrizar un look decente para la fiesta.

Que gusto daba parecer una adolescente común preocupándome solo por algo tan trivial como la ropa. Me hacía gracia echar de menos cosas tan absurdas como esta.

—No, simplemente no voy a ir así —me negaba en rotundo, ese no era para nada mi estilo.

—Pero si estás pibón tía.

Estaba en el cuarto de mi prima mientras me cambiaba de ropa a base de magia como si fuera su muñeca Barbie.

Ella ya tenía seleccionado su atuendo, un diminuto y atrevido vestido de tirantes de acabado metálico como su sombra de ojos.

Y pretendía que yo fuera embutida en uno rojo con la espalda descubierta rozando el límite de lo que conocemos como culo, y unas sandalias que me parecían un atentado físico contra mis pobres pies. Ni de coña.

—Primero, no puedo ni dar un paso con estas armas de tortura a las que tú llamas zapatos. Voy a ir en Converse y eso no está abierto a discusión —chasqueó la lengua, pero pese a su reticencia, obedeció a mi petición.

—Pero el vestido se queda.

—El vestido se va, esta no soy yo.

—No puedes ir como si fuera un día cualquiera, échale un poco de ganas. Venga, piensa en algo e inténtalo tú ahora. Ya sabes cómo va esto…

Cavilé un rato frente al espejo… Algo diferente, algo apropiado, algo muy yo con lo que sentirme sexy pero cómoda…

Se formó una idea en mi cabeza y repetí las palabras que le había oído decir a mi prima durante los últimos veinte minutos un total de cuatro veces para ella, y otras siete para mí.

—¡Perfecta prima! Aprobada para la acción.

Sí, ahora podía reconocer perfectamente a la chica que me miraba a través del espejo, pero también tenía que admitir que estaba bastante cañón.

El ahumado negro de los ojos los hacía parecer más grandes y más claros todavía.

Era lo que más destacaba de mi rostro porque en los labios, ya de por sí bastante gruesos, solo llevaban una capa de brillo.

Al final me había decantado por unos shorts y una camiseta negra, transparente y larga, que los cubría por completo. Tenía un estampado con algunas estrellas más oscuras dispersas por la prenda que aun así dejaban ver perfectamente el sujetador de encaje.

La visión me cuadraba bastante, si obviaba los pequeños hologramas que ahora salpicaban mi piel por todas partes. Tardaría en acostumbrarme a las novedades que iban llegando con el pack de bienvenida de una fénix géminis.

Había pisado bastantes veces el invernadero desde que había llegado aquí, convirtiéndose también en mi lugar preferido de toda la orden.

Ya era bastante impresionante, sobre todo de noche con las plantas bioluminiscentes y el cielo estrellado.

Pero ahora con las hogueras, las antorchas dispuestas dibujando el contorno del arroyo, las luces de colores, la música y la gente repartida por todas partes bañándose, bailando o alrededor de los fuegos encendidos, me parecía la mejor fiesta a la que jamás había asistido.

—Habéis llegado justo a tiempo para la diversión. —En cuanto me giré siguiendo la voz de Edan, una nube de polvo amarillo estalló sobre mi costado derecho.

A nuestro alrededor se desató una batalla de colores neón que iban cubriendo a las personas como lienzos vivientes. Muy parecido a la fiesta de Holi.

— Así es, para nosotros también representa renacimiento y nuevos comienzos. Y al igual que en el Holika Dahan, se encienden hogueras para simbolizar la victoria del bien sobre el mal.

—Defiéndete prima ¡corre!

Ella ya estaba agachándose para perderse entre la gente mientras huía de Edan y Héctor, y cogiendo munición estratégicamente dispuesta por todo el invernadero. Era condenadamente rápida incluso encima de esas cuñas imposibles.

Un segundo ataque me hizo reaccionar, un azul eléctrico me nubló la visión por unos segundos, hasta que se disipó dejando a la vista la sonrisa lobuna de su autor y toda mi melena llena de color.

—¡Te vas a cagar! —le avisé. Acababa de lavarme el pelo y no pensaba darle tregua.

Las risas y los gritos se mezclaban con la música mientras corríamos de un lado a otro y los colores brillantes llenaban el aire y te llegaban desde cualquier parte.

Podía ver su cogote decolorado delante de mí mientras acortaba distancias.

Alargué las manos y se lo restregué por todo el pelo con ganas.

Ahora un precioso color rosa teñía su cabeza rapada.

—Te has pasado muchísimo, tía. Lo vas a pagar, y lo sabes.

—¡Pero si has empezado tú! —intentaba poner cara de enfado, pero su comisura derecha se alzaba declarando todo lo contrario.

Quise salir pitando, pero me enganchó de la cintura y me atrajo hacia él. Con la mano que le quedaba libre me embadurnó la cara restregando el polvo por todas partes. Me retorcí en su agarre para resistirme a su ataque, pero a esas alturas ya había perdido esa batalla.

Me giré hasta situarme de frente y entonces con lo que me quedaba de rosa puse mis manos a ambos lados de su cara y contraataqué. Pero él no se resistió en absoluto, tan solo se quedó mirándome fijamente a los ojos.

Sin darme cuenta la distancia entre los dos se había reducido a la nada como si nuestros cuerpos fueran dos imanes atraídos el uno por el otro.

Cargando la atmósfera de una energía densa y palpable que parecía vibrar a nuestro alrededor, como si el espacio mismo estuviera esperando a estallar al ritmo de nuestros corazones acelerados.

Podía sentir cómo el aire crepitaba como una corriente invisible que nos envolvía, cargada de tensión contenida.

Pensaba que justo en ese preciso momento iba a besarme y me mordí el labio inferior ante la expectativa, pero en el último segundo desvió la mirada y se apartó.

Y luego para terminar de romper el momento, otra nube de polvo impactó sobre nosotros desde mi espalda.

Cuando instintivamente me giré para mirar, vi como Héctor se alejaba. Mierda.

Ahora me sentía culpable e incómoda. Por nada del mundo quería que pensaran que estaba jugando con ambos o peor aún, hacer peligrar su amistad o que las cosas entre nosotros se pusieran raras.

Pero si era sincera conmigo misma, me había quedado con ganas de ese beso. Tanto como de repetir el de Héctor.

—¿Y si vamos a tomar algo? —Asentí con la cabeza despacio y agradecí que nos concediera una salida cómoda a este momento tan delicado. Lo mejor era volver con el grupo y hacer como si nada hubiera pasado.

Pero sí había pasado. Y durante el resto de la noche cada uno se situó a una distancia prudencial de mí como si tuviera la peste.

Vi como Elio se alejaba del grupo un momento para ir a hablar con su hermana.

Desde el encontronazo con Edan no había querido acercarse a nosotros, me figuraba que la persuasión y los encantos del moreno no habían aplacado lo más mínimo su enfado.

A saber qué más le habría dicho el muy bocas… Confiaba que en un par de días estuviera todo olvidado, porque la había visto comerse el morro con un pelirrojo y esperaba que el efecto Edan desapareciera para siempre de su sistema. Como también esperaba que empezara a aceptarme a mí.

Héctor se dejó caer a mi lado justo en ese momento y me miró un instante antes de preguntar.

—Entonces, ¿eso significa que ya has elegido?

—la pregunta me pilló tan desprevenida que me quedé muda mientras esos preciosos ojos azules seguían perforándome, como si intenta ran excavar para llegar hasta lo más profundo de mis sentimientos, desenterrando lo que guardaba en mi interior—. Porque yo sigo esperándote.

Sentí el calor inundando mis mejillas mientras intentaba construir una frase coherente. Siempre era tan directo que conseguía desarmarme. Su mano voló rápida sobre mi cara para apartarme un mechón de pelo y colocarlo tras mi oreja.

—Y voy a seguir esperando hasta que me digas lo contrario —entonces se acercó despacio para darme un beso en la mejilla y susurrarme unas palabras al oído—. Por cierto, esta noche estás preciosa.