La orden del fuego 13 #2
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—Veo que te has despertado con buen humor —ironizó—. Tampoco me extraña, es todo bastante mierda por aquí.

—Gracias, yo también lo pienso —me gustaba saber que alguien estaba de mi parte y veía perfectamente hasta dónde nos cubría la mierda—. A veces una solo necesita que NO le digan que todo va a salir bien, y que la dejen quejarse y regodearse en su miseria.

—Perfecto, porque soy la persona indicada para eso —sus labios se curvaron y me dejaron ver su sonrisa traviesa por un pequeño instante.

—Dime que puedo escapar de la orden ahora mismo y mandarlo todo a tomar por culo.

—Podrías, pero no lo harías. Yo te ayudaría si me lo pidieras, me iría contigo sin pensármelo. —Lo miré y solo encontré verdad. Me lo estaba diciendo completamente en serio.

—Sea lo que sea lo que vaya a pasar, no cambiaría nada por el hecho de estar fuera ¿verdad? —No me hizo falta que me contestara con palabras, su cara lo decía todo.

—Seguramente estar fuera sería aún más peligroso para ti. Además, no te irías sin encontrar a tu hermana o cerciorarte de que la orden vuelve a ser segura para todos.

—No soy esa persona que tú crees. No soy una guerrera que ha venido a salvar a la humanidad, que no tiene miedo a nada y sabe exactamente lo que hace.

—Nadie te ha pedido que lo seas tampoco. Más bien eres una chica de dieciséis años que tiene que tomar decisiones difíciles, que no conoce del todo este mundo y que a pesar del miedo sigue adelante porque es valiente. Creo que eso es más que suficiente. Y hasta ahora no ha ido tan mal… ¿No?

—No me hagas reír que aún me duelen las costillas, ¡pero si todo es un completo desastre! Con buenas intenciones no consigues mantener a salvo a las personas que quieres… Ni traerlas de vuelta. —Me rodeé las piernas con los brazos; a veces simplemente me apetecía hacerme un ovillo y desaparecer.

—No voy a decirte que todo saldrá genial, porque ni lo sé ni es lo que necesitas escuchar ahora. Solo puedo garantizarte que puedes contar conmigo. Estaré a tu lado siempre que me necesites.

—Vale, pues eso también es más que suficiente para mí. —Dejé caer la cabeza sobre su hombro. Durante un buen rato estuvimos así hasta que la puerta se volvió a abrir de nuevo.

—Es la hora. —Mi prima se coló también dentro de mi cuarto con una infusión entre las manos—. Tienes que prepararte para el ritual. Debes beber esto.

—Ahora mismo preferiría tragar clavos antes que pasar por el ritual, gracias —dije al coger la taza que me tendía—. ¿Qué es esto?

—Es solo una infusión de hibisco, para revitalizar y limpiar el organismo. También te ayudará a calmar un poco los nervios. No va a pasar nada malo, prima.

—Tampoco lo podemos asegurar, ¿verdad? —la pregunta se quedó flotando sobre nosotros.

La realidad era que nadie sabía que iba a pasar durante mi ritual porque no había precedentes. Ya sé que mi prima solo tenía la intención de tranquilizarme, pero prefería siempre el camino de la verdad. Sin tapujos, adornos o medias verdades.

—Solo podemos asegurarte una cosa —Elio ya se estaba poniendo en pie para marcharse y dejarnos a solas.

Pero se tomó un momento para girarse y terminar la frase—.

Te estaremos esperando al otro lado de la puerta, y cuando termine la ceremonia, nos tomaremos una maldita noche para celebrar juntos el solsticio de verano y que ya formarás parte de una de las tres facciones.

—Y luego ya volveremos a preocuparnos por el resto. Esta noche es solo nuestra, prima.

Para el ritual los fénix deben “limpiarse” por dentro y por fuera; el primer paso ya lo había dado al beber la infusión. Para la segunda parte, mi prima me estaba preparando un baño con lavanda y la hierba de San Juan recogidas durante el solsticio del año anterior.

Por lo visto, diez minutos sumergida como una bolsita de té humano, es el tiempo necesario para que te consideren purificada y lista para unirte a tu facción.

La ceremonia daba comienzo al atardecer justo cuando el sol comienza a ponerse, ya que ese momento marca la transición del día más largo hacia la noche. Por eso ya estaba a las puertas de la sala de la verdad haciendo cola junto con el resto de no iniciados.

Una hilera blanca considerable ocupaba el pasillo de la orden, todos vestidos como copias idénticas, una especie de túnica blanca de lino ligera, porque el blanco también representaba esa pureza.

Mi túnica empezaba a estar arrugada por debajo porque no dejaba de retorcer nerviosa la tela.

Hacía un rato que mi prima me había acompañado hasta allí.

Y aunque no podían estar en los pasillos hasta que los participantes de la ceremonia estuvieran ya encerrados en la sala, sabía que estaba cerca. La sentía.

Los portones se abrieron y uno a uno entramos a la sala formando un círculo perfecto alrededor del altar donde están situadas las pilas.

Cuando se hubo completado el círculo sagrado que representa la eternidad y el ciclo de muerte y renacimiento del Fénix, las luces de la sala se rebajaron hasta quedar en la penumbra.

Y solo entonces, tres figuras aladas cubiertas al completo con túnicas doradas volaron por encima de nuestra formación hasta situarse delante de las pilas.

La primera figura al descubrirse dejó caer una única lágrima sobre la pila, que al entrar en contacto produjo una llama azul que empezó a crepitar con una suave danza. Su llama era como ella, elegante y esbelta.

Su piel de un tono marfil casi translúcida, como si estuviera bañada en una luz, contrastaba con su larga melena entrelazada en rastras de un azul profundo, similar al de sus iris.

Era tan imponente, como deslumbrante. Pero a pesar de su belleza apabullante sus delicadas facciones transmitían una sensación de calma y paz que no podías dejar de mirar.

El fénix central por el contrario era de un tamaño descomunal, su aspecto robusto y resistente, y su piel bronceada era como si se hubiera forjado bajo el sol y el viento durante miles de millones de años.

Su espesa cabellera rojiza salpicada de alguna hebra plateada era exactamente del mismo color que su llama, del rojo intenso de la sangre, el elemento del cual había nacido.

Y, por último, la fénix elemental, que creó su llama a través de su propio poder. Era la viva personificación del fuego. Sus ojos dorados como oro líquido y esa piel de un tono cobrizo como si reflejara la luz de las llamas, parecían prender su pelo de color ámbar oscuro.

Empezaron a recitar una letanía en un tono solemne y rítmico que resultaba casi hipnótico. De hecho, los fénix de mi alrededor iban cerrando los ojos, podía ver cómo sus cabezas colgaban hacia delante completamente dormidos. Cada uno a su tiempo, todos menos yo.

De pronto las tres figuras centrales abrieron los ojos a la vez, como si percibieran que algo no estaba funcionando correctamente, pero no dejaron de pronunciar su cántico en nin gún momento. Barrieron toda la sala hasta encontrar la única resistencia a su poder y a finalizar el ritual. Yo.

Solo cuando me perforaron con su mirada sentí que sus palabras por fin me alcanzaban, se enredaban en mis pensamientos y lo cubrían todo como una espesa niebla. De la niebla blanquecina brotaron colores en espiral que fueron formando poco a poco una imagen nítida.

El suelo de mármol mutó bajo mis pies descalzos y se transformó en tierra y guijarros de piedra.

Ahora el sol del exterior me quemaba la piel y levantaba una nube de polvo a cada paso.

No me importaba clavarme las piedras en la planta de los pies, ni sabía hacia dónde caminaba, solo sentía que tenía que hacerlo.

Por fin el camino irregular llegaba un punto donde se bifurcaba en tres direcciones aparentemente iguales y sin ningún indicador.

No había que ser un genio para entender la analogía, tres facciones, tres caminos que no sabías hacia donde te podían llevar y una sola elección.

Pero no sentía que tuviera que recorrer ninguno.

A los lados del camino la hierba se alzaba densa y salvaje. Me acerqué a tocar sus hebras que ahora eran azotadas por el viento y juguetonas, me hacía cosquillas en la palma de la mano. ¿Qué pasaría si me quedaba ahí mismo a esperar? Tumbada sobre ese extenso manto verde.

— Tienes que elegir.

—Otra vez tú.

— Yo soy tú, eres la única que puede obligarte a tomar una decisión para empezar a recorrer tu propio camino. Tarde o temprano tendrás que hacerlo.

—Recorrer mi propio camino… —esas palabras revolotearon y me acariciaron como mariposas blancas aleteando a mi alrededor—. Eso es.

Empecé a recoger todas las piedras que encontraba por ahí cerca para dejarlas en un montón. Cuanto más grandes y planas, mejor. Tardé bastante tiempo en reunir una cantidad con siderable, solo entonces empecé a ponerlas unas al lado de las otras aplanando la hierba.

Era un trabajo tedioso y lento, pero me encontraba a gusto haciéndolo. Salía al camino, recogía unas cuantas piedras, las colocaba y volvía a repetir la operación una y otra vez. Y otra. Y otra más.

Hasta que desemboqué en un claro donde la hierba era más corta y estaba repleta de caléndulas mecidas por el viento. Ya lo había encontrado, justo cuando coloqué la última piedra poniendo fin a mi camino. Ese era mi sitio.

En cuanto lo sentí abrí los ojos. Me di cuenta que los encapuchados se habían esfumado y que todos mis compañeros de ritual me miraban sorprendidos desde el suelo.

Al principio pensé que estaba levitando sobre las tres pilas, donde se habían formado tres hileras de fénix que ya habían hecho su propia elección.

Pero no, estaba volando con mis enormes alas de fuego desplegadas a los lados, y toda mi piel recubierta de delicados hologramas dorados. Y lo que aún era más llamativo…

No me había posicionado frente a ninguna facción.