La orden del fuego 13
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E l agua helada estaba por todas partes, me cubría entera como si estuviera sumergida a muchísima profundidad, apenas podía ver nada a mi alrededor y los sonidos estaban amortiguados. Un movimiento a mi izquierda me sobresaltó y me giré para ver de qué se trataba.

Era ella. El mismo cabello pelirrojo flotando alrededor de su cara, esos ojos ambarinos que me miraban con pena y su piel extremadamente pálida, parecía mi reflejo, excepto por el lunar que tenía sobre sus labios ahora azulados por el frío.

—¿Qué haces aquí? Deberías volver —su voz sonaba cansada, frágil. Como si no pudiera luchar más y estuviera a punto de romperse en pedazos.

Quise tocarla, pero no pude mover ni un solo músculo. Tampoco sabía cómo había llegado hasta ella, solo sentía que quería quedarme y abrazarla. La echaba tantísimo de menos…

—No puedes quedarte —su negativa me escoció un poco y no supe cómo intuía lo que estaba pensando—. Desde el intercambio estoy totalmente conectada a ti. Puedo ver todo lo que está pasando. También puedo ver otras cosas…

—¿Y qué ves?

—La mayoría del tiempo a ti. Lo estás haciendo bien Estela… —sus cariñosas palabras fueron como un bálsamo calmante para mí. Pero había algo, algo que no me estaba contando.

—¿Qué pasa? Yo también te veo. Nunca has podido esconderme nada, no empieces ahora.

Me pareció captar una mueca escurridiza que pasó veloz por su cara, como si fuera un reflejo en el agua que desaparece por el movimiento de las olas.

Tan rápido y fugaz, que no sabes muy bien si te lo has imaginado.

Podría haber engañado a cualquier otra persona, pero no a mí, que la conocía casi tan bien como a mí misma.

—Estoy muy preocupada por papá, ya no lo siento, lo he perdido… Sé que algo terrible ha pasado. Y esto solo es el principio, se va a poner peor.

La noticia impactó contra mi pecho con una sacudida brutal. Sabía que algo estaba a punto de ocurrir, para eso ya estaba prevenida, pero lo de papá me dejó sin aliento…

No podía procesar lo que eso podría llegar a significar o me derrumbaría. Así que hice una pelotita imaginaria con mis sentimientos e intenté tirarla muy lejos.

—Pues ven conmigo, necesito tu ayuda. No puedo sola.

—Puedes y lo harás. Sabes que estoy aquí atrapada. Además, ya es hora de que vuelvas…

Sentí que sus palabras nadaban directas hacia mí y me empujaban con la intención de sacarme a la superficie. Me resistí con todas mis fuerzas, negándome a ser arrastrada, pero ella también se había hecho fuerte durante todo el tiempo que habíamos estado separadas.

Estaba tan enfadada… ¿por qué no utilizaba su fuerza para intentar escapar conmigo en vez de echarme?

—¡Inténtalo al menos, joder! —En el fondo sabía que estaba siendo infantil y muy injusta. Pero necesitaba que volviera conmigo.

—Yo también te quiero hermanita…

Y entonces abrí los ojos.

—¡Mirad se está despertando!

El murmullo de voces se intensificó a mi alrededor, y de repente un montón de caras aparecieron en mi campo de visión mirándome desde arriba. Mis ojos tardaron en enfocar unos segundos hasta que todo se volvió nítido.

Reconocí mi cama, y cada uno de los rostros que no dejaban de escrutarme. Estaban todos, incluso mi tío que parecía debatirse entre la alegría de verme de nuevo y el cabreo monumental de un adulto preocupado.

—Salid todos de la habitación, por favor. Estela y yo tenemos que hablar.

“Aguanta prima” escuché claramente en mi cabeza. Enara me apretó levemente en el hombro y me miró con cara de circunstancias antes de abandonar la estancia.

Definitivamente había ganado el cabreo. ¿Pero que iba a hacer, castigarme sin paga? ¿Quitarme el móvil? No, porque esto último ya lo habían hecho.

En fin, me preparé para la inminente charla. Estaba demasiado cansada y dolorida como para preocuparme. Mi tío paseó dando vueltas alrededor de mi cama y tardó en pronunciarse, incluso cuando ya estábamos a solas en mi cuarto.

—No sé ni por dónde empezar… —carraspeó meditabundo—.

No sé si comenzar diciéndote lo imprudente e irresponsable que has sido por no acudir a mí desde el principio, por saltaros el toque de queda, profanar el árbol mágico, mandar a la mierda las normas de la orden, por poneros a todos en peligro o…

darte las gracias por lo que has hecho por Sol.

Giró sobre sus pies y fijó sus ojos grandes en mí.

Sus rasgos endurecidos por el cansancio y la preocupación se dulcificaron al mirarme justo antes de agacharse sobre mi cama y cubrirme con un cálido abrazo.

Para mí fue tan inesperado como necesario.

Por un segundo me sentí protegida. Me sentí en casa.

—Estela, qué susto me has dado… —de repente su tono cambió a uno más serio y autoritario.

La dualidad voluble de los adultos. Siempre había querido ser mayor para hacer lo que me diera la gana sin tener que dar tanta explicación.

Ahora no lo tenía tan claro, intuía que hacerse mayor en realidad era una trampa llena de obligaciones—.

Tus compinches no han abierto la boca, dime lo qué está pasando ahora mismo.

—Sinceramente, estoy improvisando sobre la marcha. Voy siguiendo a mi fénix según pasan las cosas, y tengo la sensación constante de que algo horrible se avecina. No sé qué hacer la mayoría del tiempo, mi hermana también lo percibe y piensa que mi padre…

Fue imposible continuar, me empezó a temblar el labio inferior y un llanto involuntario brotó angustioso y sin control. Me abracé de nuevo a mi tío y lloré un buen rato hasta conseguir calmarme.

Nunca había sido una persona de lágrima fácil, y a pesar de todo, calculaba que desde que estaba en la orden podría haber llenado ya el 80% de una piscina olímpica.

Él esperó paciente mientras me acariciaba el pelo igual que solía hacer mi madre cuando estaba triste. Como la vez que discutí con Gabi y cortamos durante una semana, pensando que me moriría sin él y que ese podría ser el mayor drama de mi vida. Qué equivocada estaba…

—El árbol también lo sabe —moqueé y absorbí por la nariz—. Dice que nos preparemos para luchar, que debemos de ir armados con sus estacas, lo he visto. Si no lo hacemos no tendremos ninguna oportunidad. A él también tengo que salvarlo…

—Espera un momento... ¿Tu hermana? ¿Él árbol?

Lógicamente mi tío no entendía nada porque no estaba al día de lo que había pasado últimamente.

Así que se lo conté absolutamente todo, y en cuanto hube terminado me sentí un poco más ligera.

Quizá si él lo sabía, el peso de las decisiones podría recaer en ambos.

Al fin y al cabo, aquí el adulto y el mandamás de la orden era él.

—Tranquila, lo vamos a solucionar. —Su mano hizo contacto con la mía dándome un apretón para darme ánimos. Pero yo notaba como flotaba a su alrededor el aroma del miedo.

Ahora podía percibir más cosas, y había aprendido que tiene un olor muy característico de trazas agrias y penetrantes.

Es una esencia punzante, áspera y persistente, con un toque metálico y ferroso, que se adhiere a tu conciencia de una manera lenta y dolorosa, avivando una alarma interna que nunca se calla.

El miedo es agotador, y yo estaba harta de sentirlo por todas partes.

—Voy a ponerme a trabajar en el tema de las armas ahora mismo si estás tan segura de que es de vital importancia para nuestra supervivencia —asentí en silencio, porque tenía muy pocas cosas claras, pero esta no era una de ellas—.

De acuerdo, no hay tiempo que perder. Y tú descansa, esta noche es muy importante.

—¡Espera! —le detuve antes de que cruzara la puerta—. ¿Qué pasa esta noche?

—¡Ah, claro! —cayó en la cuenta de pronto—.

Has estado recuperándote del ataque del objeto oscuro dos días, así que hoy es la noche del ritual.

Por fin serás una iniciada y abrirás la puerta para recibir todos tus dones.

A partir de hoy, ya podrás prepararte con tu facción. Y cuando cumplas diecisiete, bueno…

—Durante mi cumpleaños es cuando debería de haber renacido por primera vez para ser un fénix completo —terminé por él.

Mi cara debió reflejar la inquietud que sentía por dentro. Había estado temiendo este momento porque no sabía lo que me iba a encontrar, yo era como una anomalía del sistema y dada mi situación, nadie podía asegurar a ciencia cierta lo que iba a pasar esta noche.

—No debes preocuparte, todos pasamos por esta ceremonia. Necesitamos encontrarnos con nuestro fénix y dejarlo salir. Este es solo el primer paso. Ha sido así a lo largo de toda nuestra historia. Enara te ayudará a prepararte.

Me sonrió y sin más, me dejó a solas con mis pensamientos y mis dudas. Decía que no había nada de lo que preocuparse, entonces ¿por qué lo estaba él?

— No somos una anomalía —su vocecita ocupó todo el espacio en mi mente.

—Tú te callas. Apareces cuando nadie te llama y es imposible llegar hasta ti cuando te necesito.

— Yo soy tú, porque formo parte de ti. Cuando lo aceptes y me dejes salir sin reservas, será todo mucho más fácil.

—Más fácil o más incontrolable.

— No vas a desaparecer ni vas a ser un monstruo, no tengas miedo al cambio porque es lo natural. Eres lo que eres y debes asumirlo.

—¿Y qué hay de lo de haber renacido antes de tiempo?

— Eso solo es una muestra más de nuestro poder.

—Ah bueno, pues eso me tranquiliza mucho —moví la mano delante de mi cara como si con ese gesto pudiera deshacerme de su voz. Ahora no quería hablar.

— No me voy a ir a ninguna parte. Todo lo contrario.

Justo cuando se abría la puerta de mi cuarto solté lo primero que me vino a la cabeza con frustración. Solo quería silencio en mi mente, ¿era tanto pedir?

—¡Me tienes hasta el culo!

—Ehmmm… Lo-lo siento, volveré luego.

—¡Tú no, ella! —le contesté señalando mi cabeza—. Perdona, pasa.

Elio cerró la puerta y se quedó apoyado sin moverse. Como si de repente un pegamento invisible lo hubiera unido a la madera para siempre.

—Acércate sin miedo para ver a tu amiga la lunática. Te aseguro que no muerdo.