12 #3
Seis de sus ramas se desprendieron del tronco sobrevolando nuestras cabezas y perdiendo todas sus hojas a la vez, se derramaron sobre nosotros como una cortina vegetal y su contacto me pareció eléctrico.
En tan solo un segundo sus formas mudaron, convirtiéndose en unas armas exquisitamente talladas que cayeron a mis pies de golpe con un ruido sordo.
Si hubiera sido rubia, ahora mismo podrían haberme confundido con Buffy la cazavampiros. Aunque las estacas eran más grandes de lo que yo recordaba haber visto en esa vieja serie.
Él árbol ahora se veía más desnudo sin llegar a ser dramático, pero notarlo lo iban a notar. Eso seguro.
—Gracias por tu sacrificio —musité pasando los dedos por su superficie irregular. Él sabía que tarde o temprano deberíamos volver a por más. Pero mi intención no era verlo desaparecer por nuestra culpa. Tenía que encontrar una manera de salvarlo a él también.
—Vámonos volando, antes de que nos pillen —y la expresión fue literal, porque desplegó sus alas de fuego y me sacó de allí junto con las armas.
Una vez salimos del invernadero, pude notar cómo ralentizó el vuelo a propósito.
Me tensé un poco entre sus brazos pensando que igual quería retomar el tema, pero se mantuvo en silencio.
Me dio la impresión de que quizá solo pretendía alargar un poco más ese momento a solas.
Así que me relajé y apoyé mi cabeza sobre su hombro.
Me sorprendió cómo estrechó más su agarre para acortar la distancia entre nosotros, si es que eso era posible porque estábamos totalmente pegados.
Era plenamente consciente de su cuerpo y el calor que irradiaba, de cómo su pecho se hinchaba y deshinchaba a causa de su respiración acelerada. También de cómo se había acercado para olerme el pelo, y como eso me había provocado un pequeño terremoto que me había recorrido de la cabeza a los pies.
Antes de llegar a mi cuarto lo supe, estaba perdida. Era un momento nefasto para empezar a sentir algo por alguien, y mucho menos si se trataba de dos personas a la vez. Esto no me podía estar pasando a mí.
No, simplemente no podía ser. Y punto.
Estábamos reunidos en mi habitación de nuevo para empezar con la segunda ronda del combate cuerpo a cuerpo contra el objeto oscuro. En la primera me había noqueado como a un púgil amateur , sin necesidad siquiera de subirse al ring .
Y exactamente me sentía como tal, aunque no se me podía ni considerar una iniciada, porque estaba improvisando sobre la marcha y no tenía ni idea lo que hacía. Apenas me habían enseñado a luchar, metafórica y literalmente hablando. Pero ahora venía preparada, o eso esperaba.
La imagen se repetía como un déjà vu en mi cabeza, porque estábamos repartidos por mi cuarto como momentos antes de ir a profanar el árbol mágico. Y Sol intentaba desesperadamente soltarse para saltar sobre el medallón igual que una leona sobre su presa.
Me volví hacia el objeto oscuro y su fulgor maléfico parecía estar provocándome a propósito. Me llamaba e intentaba filtrarse bajo mis uñas, mi piel y mi torrente sanguíneo. Me vendía las maravillas de estar al otro lado, me invitaba a su oscuridad con la promesa de un poder infinito.
Un poder que no me interesaba y rechazaba con cada fibra de mi ser.
Esa oscuridad se había llevado a mi hermana y me había alejado de mi familia.
Con toda mi fuerza, mi rabia y mi pena, me abalancé sobre esa monstruosidad y le asesté un estacazo en mitad de su ónix mientras repetía una y otra vez el hechizo:
— Comburo tenebras animi tui, in cinerem te cernis periturum —lo que venía a significar algo así como: Quemo la oscuridad de tu ser, en cenizas te verás perecer .
Al principio su piedra parecía impenetrable, pero poco a poco con la fuerza de mis palabras la estaca empezó a introducirse como si su ónix se estuviera convirtiendo en mantequilla.
Su luz se hizo más potente abrasándome la piel, pero yo aguanté el dolor en mis manos y mi cara, y ni siquiera aparté la vista mientras de su interior empezaba a expulsar un líquido negruzco y viscoso.
Dolorosas ampollas empezaron a brotar primero en mis dedos y luego en el resto de mi cuerpo, pero no cejé en mi empeño a pesar de sentirme en carne viva. Aguanté con más fuerza la estaca y repetí más alto y más deprisa el conjuro. Hasta que una onda expansiva nos lanzó a todos por los aires.
Mi espalda chocó fuertemente contra la pared que tenía detrás con un crack espeluznante que me dejó sin aliento. Me sentía como una ramita quebrada bajo su peso.
Me deslicé sin fuerzas sobre la pared hasta caer al suelo. Quise ponerme en pie para ver si lo había conseguido, pero un latigazo atroz que azotó mi espina dorsal, me impidió moverme del sitio y me hizo perder la visión por un momento.
Notaba como me pesaban los párpados y me daba vueltas la cabeza embotada, como si de repente estuviera llena de serrín. Mi cuerpo no me respondía y no podía hacer nada al respecto, así que me rendí frágil y rota.
Solo pude ver desde lejos cómo mi prima se retorcía en el suelo, convulsionando y expulsando por su boca el mismo líquido espeso y oscuro que salía del medallón. Entonces una lluvia de cenizas cayó sobre nosotros antes de cerrar los ojos y perderme completamente en la negrura.